Todo está en equilibrio

Sentado en medio del tiempo, viendo cómo los minutos vuelan a tu alrededor, cómo los segundos te rozan y pasan, sintiendo que el tiempo se detuvo por tu voluntad.
Respirando el aroma que deja el sentirse vivo, libre, lleno de todo, vacío de nada. Nada que sumar ni que restar.
Descubriendo el poder de tu propio existir, respiro, toco, siento, escucho, observo, pero no pienso. No, porque me estoy dando un respiro. O quizá también he aprendido a pensar con una sonrisa.
Estoy sentado sobre el tiempo, lo controlo. No, mejor, no me importa, porque soy su dueño y le he dejado salir al recreo. Hoy quiero usarlo así.

Las personas pasan, como sombras, y se nublan delante de mi.
Palpita algo en mi pecho, en mis sienes, en mis oídos, en mis manos. Los pies me elevan hacia el infinito, o más allá, porque ya no toco el suelo, sino el sueño.
Y me quedo ahí, deteniendo el tiempo, moldeándolo, adaptándolo a mi ser, a mis deseos. Y ahora deseo que se quede conmigo, que no se mueva, que no me mueva y podamos compartir cómo pasa el tiempo sin el tiempo.
Solo quiero sentirlo aleteando a mi alrededor, esperando que me mueva.
Me muevo, comienzo a latir o es él quien me late, y mis pies dejan una huella mojada en el aire que atraviesan.

Caminar por una calle vacía, el poder de cruzar en rojo despacio, incitando al peligro a que se acerque.
Pisar una acera que se convierte en agua a tu paso. Ese paso que imita al de Frankenstein y te empuja a elevar los brazos pidiendo un amigo o una bebida, como en blanco y negro.
Sin que nada ni nadie te importe, solo tú y el aire que llega a tus pulmones. Nada más. O ni siquiera eso, porque todo está bien, todo funciona, todo está en equilibrio y nada puede fallar. No hoy, no ahora, no en este momento que estoy aprendiendo a hacer eterno.

Viendo el mundo desde un punto a medio camino entre la paz y el sosiego, pero sin llegar a ninguno de los dos.
Al primero porque la paz no es eterna y siempre hay que estar preparado. Y al segundo porque el sosiego paraliza y en estos momentos ni puedes ni quieres. Todo está bien.
La calle sigue a tus pies, esos que bailan despacio sobre el pavimento.
Una canción te hace sonreir y ríes, levantando los brazos como Julius para que la música baile contigo, girando sobre ti mismo y sabiendo que tu voz se eleva por encima del silencio.
Pero qué importa, no hay nada que importe más que tú en ese estado de paz que solo da la felicidad.
Y lo mejor es que lleva mucho tiempo alcanzándome, tantas veces me he sentido ahí, junto a ella, en los últimos tiempos. Tantas que soy capaz de verla, de sentirla, de saborearla, de compartirla.
Hasta he aprendido a controlar el tiempo, a pararlo y descubrir que mañana no es más que un hoy lleno de nuevas sorpresas, nuevos bailes, nuevos sueños.

F: 4  B: 7

SUEÑO DE AMOR ETERNO // PETER IBBETSON

Después de las náuseas provocadas por THE COVE, mi cuerpo me exigía algo más tranquilo, reposado, relajante incluso. Y como por ahora mi nueva videoteca de películas relajantes tiene poco, FdeCine me pasa un clásico de 1935 “sin pretensiones, para asentar la comida y ya está”.
Y me encuentro con Henry Hathaway, un Gary Cooper en la década de los 30 y una película que habla de lo que siempre me ha apasionado: los sueños. En esta ocasión, la historia comienza en la infancia de los protagonistas, dos niños y vecinos que se odian porque se aman y son obligados a separarse. Ya desde el principio, mi cuerpo estaba predispuesto, única y exclusivamente, a pasar la sobremesa con esta película, pero los niños, Missey y Gogo, son tan adorables (con todas las connotaciones) que ya se te clava el primer clavito en el lagrimal en esa despedida forzada, emotiva y con fracasada huida a los árboles.

Con reminiscencias del cine mudo en forma de títulos explicativos, la película nos traslada al presente (del film) y nos encontramos con todo un Peter (a.k.a. Gogo) convertido en arquitecto con muy buen porvenir, pero eternamente triste y melancólico. Y Missey es ahora “esposa de”, también triste, sin emoción por nada. Se reencuentran por casualidad con una secuencia maravillosa donde sólo un “crick” y un “crack” les devolverá a la infancia y les abrirá un futuro incierto.

Como en todas las películas de la época, los acontecimientos se suceden sin dejar ni un momento de respiro al espectador. Hay pistolas, juicios, cárceles, palizas y una condena perpetua que parece acabar con la historia de amor. Pero es cuando surge el lado mágico del film. Y entran los sueños en escena.
Los protagonistas pasearán su amor más allá de la realidad, encontrándose, viviendo y amándose mientras duermen.

Una idea sencilla aparentemente, pero con una gran fuerza y que me ha cautivado. Eso, y la fotografía también institucional donde en todo momento los protagonistas aparecen cuidadosamente iluminados, perfectamente maquillados y “naturalmente” perfectos. Por algo participan del star system de la época.

Romanticismo aparte, la película me ha parecido una preciosidad. Con ese toque fantástico, onírico, con esa transparencia en los barrotes de la cárcel, que supongo maravillaría al personal en la época, como lo ha hecho conmigo, en pleno siglo XXI.
Una horita y media de cine clásico en todo su esplendor. Perfecta para mi estómago y mi cerebro trastornado. Y una gratísima sorpresa que agradece mi pobre bagaje cinematográfico.
Crick.

F: 4  B: 7

THE COVE

Tengo dos horas antes de irme a clase y no sé qué película elegir. Así que el ratón decide. Nota mental: dejar que elija él más veces.

Ya desde los títulos de crédito intuyo que la película me va a gustar mucho. Y eso que los delfines no es que me apasionen, pero creo que va a merecer la pena. Para quien no sepa nada de la cinta, THE COVE es un documental que trata de llamar la atención pública sobre la cruel matanza de delfines (porque sí, porque yo lo valgo) en un pueblo de Japón.
Al estilo de un thriller muy buen hilado, el documental nos expone a los protagonistas como si de una lista de “los más buscados” se tratara. O como el director mismo expresa, como los elegidos por Danny Ocean para llevar a cabo el mayor robo del a historia. Poco le falta. Desde el principal artífice de toda la cinta a todos los que van a participar en la empresa.

Destaco una de las frases que recordaré siempre y que nos vendría muy bien tener en cuenta: “Nunca dependamos de los gobiernos para solucionar las cosas importantes”. Y lo demostrará el director del documental poco más adelante.

Las imágenes que muestra la belleza de los delfines en libertad, nadando, saltando, compartiendo caricias con los buceadores o salvando la vida de algún surfero, choca brutalmente con la “sonrisa fingida” que exhiben en los acuarios y, obviamente, con las imágenes que nos llegan de sus últimos momentos de vida. Y eso que lo que aparece en imágenes no es todo lo que había grabado, pero nos podemos hacer una idea muy precisa de lo que allí acontece.

El que fuera entrenador de los protagonistas de Flipper, entiende, más tarde de lo que hubiera deseado, que todo lo que ha conseguido es atraer la atención del público a unos seres que, sin duda, son mucho más inteligentes que nosotros. Y que nosotros, todo lo que tocamos se convierte en… muerte. El arduo camino de redención que atraviesa se muestra en su rostro, sus ojos, su mirada perdida en el pasado que nunca evitó, sus manos rugosas del agua y del arrepentimiento, las ganas de cambiar el futuro de quienes le hicieron rico. Impagable su mirada mientras describe la muerte de Cathy, la primera protagonista de la serie que le permitió costearse un Porsche cada año.

Una película que me ha hecho sufrir de lo lindo. Tanto en el plano emocional como en el más visceral. Los gritos de socorro de los delfines, el silencio que atrapa a todos los integrantes de la aventura, las lágrimas de la buceadora en su primera visita a la cala que se contraponen con las risas de los pescadores japoneses. Las lágrimas se me agolpaban en los ojos y las náuseas en el estómago. Hacía muchísimo que no me sucedía con una película.

La cala, el camino vallado, los letreros de peligro y los carceleros me recordaban a los campos de exterminio nazis. Y los delfines acudían presas del pánico, del estrés, como lo hicieran los judíos en su día. Y la misma mala leche se me ha concentrado en el estómago. Tanto, que pensaba ver una película que se pudiera ver en dos partes, para poder comer entre medio, y ni siquiera me he dado cuenta de la hora hasta pasados diez minutos después de que la pantalla se tornara en negro.
Las injusticias, la compra del silencio, las mentiras sociales en relación a la carne de delfín, las risas del japonés en la conferencia, los huevos del entrenador entrando con la pantalla y mostrando al mundo lo que un mundo trata de ocultar y lo que el resto desconoce, incluso en el propio Japón. Todo eso en un thriller que esconde un documental. Un thriller con muchas más dosis de tensión, agobio y nerviosismo que muchos films que nos han llegado en los últimos tiempos con esa etiqueta. Un documental que me ha sacado del ensueño y me ha consumido por dentro. Atención a la cara del secretario de Pesca japonés mientras le muestran el video de la matanza sin cuchillo que mata al instante, sino con arpón del que duele y llega de la piel del delfín a la del espectador.

Aún acumulo tanta rabia que no sé ni cómo terminar esto. Sólo me queda poner un post en Facebook y tratar de que todo el mundo a mi alrededor vea la película.

F: 4  B: 7

CANINO

Buff, cómo describir esta película.
La angustia y la incomprensión copan la hora y media de diálogos y actuaciones absolutamente incómodos para el espectador.
Constantemente me ha llevado a películas como LOS IDIOTAS o DOGVILLE o incluso FUNNY GAMES. Por la violencia física explícita e implícita, la violencia del morbo, la violencia simbólica de los silencios, de la transformación de la realidad y la manipulación.

Pone de manifiesto la relevancia del control paterno y de la educación. No hay duda de que somos experimentos de nuestros padres, y la cinta te demuestra que no es ni mejor ni peor, sólo son las circunstancias de cada progenitor lo que provoca que los vástagos se comporten de una manera u otra.

Al estilo de EL BOSQUE, donde la amenaza exterior es generada desde el interior, el chalé de los protagonistas ejerce de centro del universo familiar. Con esas características tan propias como que los gatos (joooo, pobrecillos) son los monstruos más espeluznantes del mundo y los zombies son unas simples florecillas amarillas. La visión se retuerce y se regenera para proteger a unas criaturas que se dedican a jugar y “descubrir” la vida en ese escenario teatral que es su propio entorno familiar.

Hora y media de angustia, provocación, confusión de géneros (¿drama?, ¿comedia?, ¿terror?) y personajes magistrales, con ese padre excesivamente protector, una madre que sufre en silencio acatando órdenes para no desequilibrar el estatus familiar, y unos hijos que conciben un mundo paralelo de una forma estoica e inocente. Todos los actores con un altísimo nivel de concentración y concisión, pero transmitiendo todo lo que llevan dentro con una mirada dulce, una palabra tergiversada o una caricia sangrante.

Una película diferente a todo lo que he visto hasta ahora y que quedará en esa lista de cintas inclasificables que volveré a revisitar de vez en cuando. Para no dejar de pensar que otro mundo es posible, para bien y para mal, dependiendo de la visión con la que se eduque.

F: 4  B: 7