EL COLOR DEL PARAÍSO // RANG-E KHODA

Para aprender a ver la vida de otra manera, sin ojos, pero con el resto de los sentidos dispuestos a captar los colores, los sonidos, las esencias, los olores, los sabores, de una vida que se despliega a nuestro antojo como decía Serrat.
Mohammed nos lleva de la mano por esta cinta en la que nos dejamos arrastrar por su fuerza vital, por su angustia por descubrir cómo es la vida que nosotros vemos pero no disfrutamos. Mientras, él nos descubre otros ojos y otras miradas mucho más útiles que los nuestros.

La película, simple en su planteamiento, nos cubre de colorido. Deslumbrante la escena de la recogida de flores y el uso para tintar la ropa después.
Todos los actores, en general no profesionales, nos embriagan y giran y nos hacen girar en torno al niño protagonista. Todos nos enseñan a verle y a ver su mundo desde sus manos. Y es que toda la película es una lectura de principio a fin. Se leen los árboles, los animales, los sonidos, las palabras, los sentimientos no dichos, pero sí más que expresados, las caras, tiernas las de las niñas y la abuela, dura la del padre. Ese padre que es el único que no ve lo que le presenta la vida en forma de hijo que regala magia a cada momento. Un padre machacado por la vida que no quiere arruinársela más y deja de lado todo cuanto tiene de bueno hasta que es demasiado tarde. Las miradas del padre que lo dice todo sin hablar, de cuánto le molesta su hijo en el colegio, de cuánto daría por no tenerlo a su cargo, de las veces que desearía verlo lejos (en todos los sentidos) -ese movimiento de cámara mientras el niño se refresca en el río lo dice todo sin ninguna palabra-, cómo va perdiendo todo lo que ha intentado construir con barro y ramas.

Me sobra, aunque no molesta, ese dios que nos lleva a poner velas en una roca, ese que no nos deja ver el sol y encima luego nos rehúye, ese que se esconde en el braille del trigo, en la conversación de los carpinteros, en el pasador que se pierde en el charco, ese que nos rompe el puente o que deja una tortuga boca arriba.

Evitando el Momento lumínico final, no deja de ser, en cualquier caso, una película para ver de vez en cuando para que nos recuerde qué importante es ver el mundo desde lo que realmente importa. Sin moralina, pero con una gran fuerza que la música ayuda a elevar y la fotografía a que se nos quede en las retinas.

F: 4  B: 7

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