A quien corresponda

Conversar, sin miedo, directamente a los ojos, como hacía años que no pasaba. Con confianza, como hacía más años que no pasaba. La timidez impera, pero respiro sin dificultad e incluso soy capaz de no tartamudear, aunque me cueste encontrar a veces las palabras. Aprender, seguir formándome sin que se note, junto a un té, con agua en su justa medida, como la conversación. Pensando después, junto a la Luna si metí la pata con alguna frase, alguna palabra, algún gesto. No encontrando nada malo. Recibiendo regalos físicos e inmateriales que ni siquiera serán percibidos por quien los envía.

Aventuras, recuerdos, emociones, previsiones, sueños, inseguridades. Todo se mezcla con el aire, con la tranquilidad que respiro. Tiemblo, por supuesto, es algo que no puedo evitar, es inherente a mis manos (una más que otra), trato de disimularlo. No sé si puedo. Temo la pesadilla recurrente de que mi ignorancia se rebele y salga de su escondite y me deje así, sin escudos y sin poder defenderme y acurrucarme detrás de una frase más o menos coherente que evite la vergüenza. El miedo se multiplicaría, ¿podría volver a aguantar la mirada?

Gracias por la confianza.

F: 4  B: 7

20

¿Por qué? ¿Qué ganasteis con ello? ¿Joderme? Sí, eso lo conseguisteis, pero ¿qué beneficio sacasteis? ¿20 euros? ¿Se puede ser más rastrero? No lo creo.

Destrozasteis un buen inicio de domingo por una cantidad que ni siquiera os pudo saber a gloria. Debisteis elegir otro objetivo mejor, no alguien que sobrevive día a día como puede. Eso sí, si lo que queríais era partirme el día y la semana, lo hicisteis. Porque no os llevasteis 20 euros, sino una comida, un cine, un té con amigos, quizá un libro de segunda mano o un regalo de cumpleaños. Os llevasteis también mi confianza, mi libertad de ir sin miedo por la calle, mi equilibrio diario; ese que tanto tardo en conseguir.

Puede que la noche me esté haciendo exagerar, pero nunca valió tanto un billete de 20 euros.
Y un empujón hizo que todo se esfumara en un segundo.

F: 4  B: 7

CÓMO ENTRENAR A TU DRAGÓN // HOW TO TRAIN YOUR DRAGON

Qué hacer: ponerme a estudiar o deambular por el piso. Me apetece una película, pero familiar. Así que, junto a parte de mi familia (mi compañera de piso) optamos por ver CÓMO ENTRENAR A TU DRAGÓN. Huelga decir que ya nos lo pasamos bien sin necesidad de películas, así que, después de las críticas recibidas, sabemos que nos lo vamos a pasar bien, pero… ¿tanto?

Así es. Desde el primer momento la película nos engancha y nos metemos en ese pueblo vikingo sin ninguna dificultad. Salvaje la batalla entre humanos y dragones y la situación de desprecio social que vive el protagonista de la cinta. Como en ET, el pobre Hipo/Elliot se encuentra de pronto con un amigo from outer space, y como en la cinta de Spielberg, el “extraño” nos produce cierto rechazo durante los primeros minutos.

Pero pronto se pasa. ¿A quién no le gustaría enseñar a sonreír a un dragón? Desdentao pasa de monstruo a animal de compañía en una serie de juegos entre ambos que nos dejó la sonrisa en la cara durante mucho, mucho rato.

La historia conmueve, llega y nos infantiliza en su justa medida, porque también hay partes de ese oscuro sentimiento adulto sobre temas tan serios como la relación padres-hijos o de la empatía y ponerse en el lugar del otro o del miedo al diferente que se transmite de generación en generación. Los chistes también llegan con gracia y a la altura de niños y mayores, aunque debería preguntarle a algún adulto. Mi ejemplo no serviría para eso. Y tampoco el de mi compañera. Juntas ya hemos diseñado la caseta donde va a vivir nuestro próximo vecino: dragato (mitad dragón, mitad gato)

Una cinta para toda la familia, entendida esta frase hecha como una oportunidad de ver un buen guión, con unos personajes cuidados y definidos, con una técnica de animación cada vez mejor y con una resolución en la puesta en escena que ya les gustaría a muchas de las películas “de carne y hueso” que pululan últimamente por la cartelera. Y que cautivan a espectadores de cualquier edad.

F: 4  B: 7

Mute, please

Desde que he descubierto el placer de caminar con una banda sonora, el mundo parece salido de un musical. Intento que no se me escape la poca voz que tengo cuando todavía hay especímenes diurnos sueltos por las calles. Pero, al llegar la noche, ni mis pies respetan  mi timidez enfermiza y poco me importa que los del servicio de limpieza del metro me vean saltar las líneas blancas de los pasos de peatones o caminar más rápido porque el ritmo de la canción así lo exige.

Me gusta la noche, la tranquilidad, la espera en la parada del autobús, la nueva visión que de Madrid me ofrece la madrugada. Y podría seguir, pero no era este el tema sobre el que necesito escribir hoy. Quizá en otro momento.

Si me gusta la noche es por esa soledad buscada solo interrumpida por los faroles, algún coche y los pocos viandantes que también disfrutan la noche, como yo.

Después de respirar este ambiente, a veces el día se me hace insufrible. Me introduzco en mi mente y trato de evadirme de ese mundo que tantas veces no entiendo. El factor música me ayuda, y mucho, a ese menester. Pero la realidad… me da miedo.

No me gusta llevar el volumen muy alto porque tampoco me gusta ir escuchando la música de los demás. Pero ya me lleva pasando unas cuantas veces que, aun llevando el volumen al máximo, el sonido ambiente vociferil de la fauna que me rodea supera, con creces, cualquier nivel que pueda alcanzar mi aparato de música.

Me he vuelto mayor, o más asocial, o animal de noche, o sigo pensando en aquellos maravillosos autobuses amarillos en los que se entraba por la puerta de atrás y en las ventanas había pegatinas que decían: “No es de mi estilo la música que estás escuchando” o “No nos interesa en qué restaurante hayas quedado para comer”.

Jeg savner det så meget, Danmark.

F: 4  B: 7

Clase magistral

Como si de una tertulia de Máster se tratara, ayer y hoy acudo estupefacta a una reunión en petit comité sobre el estado del Periodismo. Y me voy a ir a dormir, ambas noches, con la sensación abrumadora que en casi todos impera de que el Periodismo está condenado a una pronta y fulminante desaparición.

Puede que un factor clave sea la falta de rigurosidad y de dedicación que últimamente planea por todos los diarios. Pocas son las voces que criticaron la decisión de sacar las noticias a la red de forma gratuita. ¿El ego del periodista hace que las visitas a su web sean más importantes que el negocio? Eso parece.

Y si tengo que pagar un impuesto por ver las películas o discos de música porque existen esos Derechos de Autor, ¿por qué no se hace lo mismo con las noticias generadas por el periodista? ¿No debería seguir cobrando por su trabajo, al igual que Amenábar, Bayona, Almodóvar, Fresnadillo o Rufus Wainwright?

Son estas preguntas que lanzo al aire cibernético, donde no sé si habrá alguien al otro lado, pero qué poco me importa. La necesidad de escribir sobre el mundo es mucho más fuerte que el ego. Si bien es cierto que, si me pagaran por ello, hasta mi ego podría darse algún capricho.

La sentencia de que solo se venden periódicos hoy por hoy por las promociones me subleva y me aterra a partes iguales. Así como la indiferencia ante las posibles (y constantes) manipulaciones de la información. Y no digo mentir sobre la noticia en sí, sino firmar lo que no has escrito o volcar en formato entrevista lo que ha sido una rueda de prensa multitudinaria.

El lector no es tonto y quizá estas cosas también las note. Y busque una originalidad, una lealtad, un enfoque que no encuentra en ningún lado.

Otra de las máximas es que la gente joven no lee el periódico y, si lo hace, es a través de la web. ¿No será que sabemos qué nos va a decir cada diario y estamos (perdonen que me incluya) hartos de que todo esté politizado, ideologizado y pasado por un filtro que acaba por eliminar al propia noticia?

La crisis de los diarios viene por la falta de publicidad, pero ¿no era que los publicistas acudían a los programas y productos donde más espectadores/lectores había? Quizá entontes, la pregunta es: ¿Qué fue antes: la falta de publicidad o la huida de los lectores?

Eso, preguntas que no espero sean contestadas, ni siquiera leídas, que hoy mi ego está castigado de cara a la pared.

F: 4  B: 7

Conversación

Concentré mi mirada en tu mirada. Me viste y me miraste. Conectamos. Pero ahora con conocimiento. Y con reconocimiento de doble sentido: tú te acordabas de mi, yo, te veneraba.

Tenías hambre, pero no podía ser, no todavía. Me mirabas fijamente esperando una reacción por mi parte que te dejara satisfecha. No llegó, pero ya me conoces y sabes que puedes jugar conmigo y con mi torpeza, eso lo has aprendido rápido y lo has puesto en marcha enseguida.

Tu labio inferior sobresale para enseñarme que tus lágrimas van a salir si no cumplo tus deseos. Sé que no debo hacerte caso, pero me retas. Me amenazas y yo consentiré en cuanto puedas comer de todo. Por ahora me libro porque tu alimento no lo tengo yo. Te ofrezco mi mano, pero eres lista y enseguida te das cuenta de que es una artimaña. Así que me agarras el dedo y no me lo sueltas. “Conmigo no se juega”, me dices.

Así que trato de distraerte. Te cuento cómo ha ido mi semana, lo que he hecho, lo que no me ha dado tiempo a hacer, lo que he aprendido, dónde he estado, qué he comido. Todo.

Y me atiendes. Me miras y nuestro contacto visual no se detiene en ningún momento mientras te narro toda mi semana. Me atiendes y me entiendes. Ambas lo sabemos. Porque tus ojos no se despegan de los míos y tampoco me interrumpes. Sabes de lo que te hablo y entiendes perfectamente lo que te digo. Lo sé porque no me miras a los labios, que es de donde sale el sonido. Tu mirada está concentrada en mi mirada, que no se despega de tus ojos ni un momento. Es de mala educación mirar para otro lado mientras hablas con alguien y tú eso ya lo has aprendido desde el principio. Eres buena, muy buena. Tanto, que sabes que he cambiado mi tono de voz y ahora sí me acompañas. No me interrumpes porque lo que sale de mis labios es una canción. Sabes que es una canción y me acompañas. Tú también cantas. A tu modo y yo al mío. Tu voz suena por encima de la mía porque tienes más fuerza que yo. Y sabes cantar y yo no.

Se acaba la canción y tu estómago grita. Así que le haces caso, como deberíamos hacer todos y que yo he aprendido a hacer no hace demasiado tiempo. Tú lo sabes desde el principio. Continúa con tus costumbres, no las pierdas nunca.

Y sigue aprendiendo. Lo haces de forma natural. Sabes que llega el baño y te entristece saber que tu hora de comida se retrasará un poco más, pero el contacto con el agua te relaja. Mi dedo sigue en tu mano, me lo mojas y me miras. Luego sonríes. “Quiero jugar”, me dices. Y yo juego contigo, hasta que un estornudo te trae a tu realidad. Tienes frío y hambre. Y lo demuestras.

Me retracto. No tienes que aprender. Ya sabes más que cualquiera. Solo trata de no perderlo y de que todo lo que venga nuevo no te haga olvidar lo que ya sabes.

Hoy volveré a contarte mi semana. Y me cuentas qué tal la tuya.

F: 4  B: 7

LA FAMILIA SAVAGES // THE SAVAGES

Había oído hablar de ella, pero únicamente me sonaba el título y el nombre de los actores. Así que nos adentramos en la sala sin ningún tipo de referencia y sin ninguna idea de lo que nos podíamos encontrar. Me gusta esa sensación de “ceguera” cuando me adentro en una película que tengo ganas de ver. Puede gustarme o no, pero siempre será más sorprendente. Y eso ya cuenta, y mucho, para bien.

Y en este caso, contó, muchísimo, para bien. Dos hermanos que no se hablan desde hace tiempo tienen que unirse para enfrentarse a una situación que les desagrada por igual a ambos: hacerse cargo de su padre con principios de demencia.

La cinta destaca sobre todo por la definición de los personajes. Aunque haya escogido la directora dos especímenes que pueden resultar tan atractivos para la pantalla por sus cualidades opuestas, no por ello dejan de tener esa consistencia que solo ofrece lo que se basa en la realidad y lo que se cimenta en unas interpretaciones magníficas. Tanto Linney como Hoffman nos hacen tan creíbles sus personajes que toda la angustia, la rabia, la emoción, la incomprensión, la ternura, el desconcierto, la impotencia y miles de expresiones más que nos regalan con sus gestos, sus miradas, sus ojos o sus palabras, traspasan la pantalla y nos tocan, en ocasiones (no pocas), profundamente, para quedarse allí (donde sea) mucho rato.

Junto a los personajes, los acontecimientos se nos muestran tan reales que el espectador no puede hacer otra cosa que dejarse llevar por ellos. La angustia de encontrarse con un “regalo” que rompe con sus vidas, penosas o no, pero a las que ya se habían acostumbrado. El factor “padre” cambia su perspectiva de su rutina diaria y pronto se instala la certeza de que la solución fácil y rápida para deshacerse del “muerto” no existe.

Los hermanos tratan de adaptarse a la nueva situación que les supera, pero también el padre ha de habituarse a ellos, después de toda una vida siendo la figura ausente. Tampoco parece mucho más cómoda su situación, consciente de que va a tener que depender de dos personas que le aceptan por ser quien es, pero a quienes ni conoce ni por los que siente especial apego.

En esa situación tan comprometida para los tres protagonistas, las situaciones se desarrollan con naturalidad, con ese cierto grado de comicidad que solo la propia realidad puede otorgar. El absurdo es igual de cotidiano que el drama, y ambos conviven con naturalidad. Algo que también refleja esta película. Todo se muestra al espectador; las pruebas que reflejan la demencia, el egoísmo, la impotencia, la desidia y los enfrentamientos de los hijos, la incapacidad del padre, la crueldad de la burocracia, el agotamiento físico y mental de todos.

La fotografía acentúa todavía más si cabe esa realidad, esas imágenes que golpean al espectador, a veces sutil e imperceptiblemente, otras de forma desgarrada. Y no por la evidente (y exagerada) degeneración del padre, sino por la situación de los hermanos y el padre a quienes todo les abruma y les supera, como seres humanos que son.

Desgarradora como la vida misma.

F: 4  B: 7