Tiempo

Incontrolable, angustioso, apremiante, sofocante, parsimonioso.

Tiempo. ¿Qué haces conmigo?

Me rehuyes, me apremias, me agobias, me fatigas, me faltas, me desesperas. Pasas incontrolable por mi lado sin dejarme avanzar.

Eres capaz de pasar tan rápido que no puedo verte, o tan lento que te siento respirar. Si te necesito rápido, vas lento; si no te necesito, te esfumas sin darme cuenta. Me frustras cuando me haces falta y cuando no.

En la silla pasas tan lento. En el sofá tan rápido. Durante el día parsimonioso, por la noche tan veloz.

No soy capaz de seguirte, de adaptarme a ti. Y lo intento, vaya si lo hago. Pero te escabulles, me pillas, te evades, me dejas alcanzarte para ir de nuevo a esconderte.

Necesito llegar a un acuerdo contigo. Necesito que te dejes convencer para que te quedes a mi lado unos minutos más cuando trabajo por el día, unos segundos más cuando descanso por la noche, unas décimas más cuando viajo a Venus.

F: 4  B: 7

Una de maestros

Había comenzado el Masters con seguridad. Jugando bien y con ganas. Con intención de ganar.

Hoy ha vuelto a demostrar que sigue siendo el mejor jugador de tenis de la historia. A pesar de sus fallos en varios puntos decisivos, Roger Federer ya está en la final del Masters de Londres. Y con los deberes muy bien hechos. No ha cedido ni un solo set y ha barrido a Djokovic, especialmente en el primer set.

Reconozco que el balcánico no ha tenido su día, como tampoco lo tuvo contra Nadal. Lentillas aparte, Djokovic ha entrado en la pista lento, sin pasión; y así le ha ido. Federer le ha arrollado, como demuestra el 6-1.

La segunda manga ha sido otro partido. Djokovic se ha puesto serio y Federer se ha ido de la pista en más de una ocasión. Tanto es así que el marcador mostraba a los 15 minutos un 3-0 que hacía sospechar (y más a los que sufrimos con cada caña que regala Federer) que el partido se alargaría hasta el tercer set.

Pero Federer ha sabido reaccionar como solo los maestros lo saben hacer. Con derechas mortíferas y reveses paralelos que han desquiciado al histriónico Djokovic. Nada podía hacer contra la furia del suizo cuando se ponía serio. Esa seriedad que le ha llevado hasta la final en Londres, con el nivel que se espera de él, jugando, como nos tiene acostumbrados, en otra liga superior al resto.

Este final de temporada nos está ofreciendo el mejor Federer. Mañana solo falta la rúbrica final. Contra Nadal, sí, pero en una pista que pueda beneficiar más al suizo que al español.

De todas formas, y haga lo que haga en la final, Roger Federer es de otro planeta. Saca golpes mágicos y magistrales cuando parece todo perdido. Golpea la pelota a más de 90 kilómetros por hora como si nada. La pulcritud con la que dobla la toalla nada más saltar a la pista es la misma que utiliza para cambiar de raqueta un juego antes del cambio de pelotas, para sacar esos aces en los puntos decisivos, para hacer las dejadas que desequilibran al rival (y lo enfurecen), para golpear con el marco de la raqueta para desesperación del aficionado, para responder a los golpes del rival a bote pronto, dejadas y voleas incluidas, para retirarse el sudor de la frente, para ganar un partido sin ningún aspaviento.

Gana. Saluda. Sonríe a medias. Se retira. Así, sin más.

Y ya tienes ganas de que llegue su siguiente partido.

L.M.L.

Con ojos nuevos

Aprovecho la visita de una amiga para enseñarle la ciudad desde otro punto de vista. Trato de que todo me llame la atención tanto como a ella. Pero no me resulta posible abstraerme de esa manera que solo puede tener quien no ha estado jamás en un sitio.
Su primera frase es “Todo el rato hay un piu, piu, piu, piu constante”. Es verdad, no me había dado cuenta hasta que ella lo ha dicho: el semáforo pía, la policía demuestra su poder con la sirena, la gente es caso aparte, los de tráfico no se enteran de que el pito suena muy alto, el freno de los autobuses no lleva aceite,el agua de la fuente salpica de ruido insistentemente. Todo esto se podía escuchar en cinco segundos desde donde nos encontrábamos.

Y tan bravos y acostumbrados nos pasamos el día de arriba para abajo, sin darnos cuenta de que nuestros oídos están fomentando una poco saludable actividad sonora que acabará por crearnos una coraza tal, que será imposible discernir después un canto de un pájaro, o una melodía que nos guste.

Ya no nos molesta ni el metro cuando nos deja la conversación a medias porque ni nosotros mismos nos escuchamos, ni los pitidos atronadores de las máquinas de café que evitan que podamos escuchar a nuestro contertulio si no estamos a una distancia menor a medio metro.

Pero también me ha permitido seguir viendo la ciudad con ojos vírgenes. Y descubrir nuevos rincones para disfrutar. Yo intentando ser una guía cultural y general, para que no se perdiera en el camino nada importante, y lo más, aparentemente nimio, lo más cercano fue lo más fascinante: el atardecer desde la terraza.

Fascinante Madrid cuando se la visita por vez primera, o cuando se la mira por primera vez de nuevo.

F: 4  B: 7