Una de maestros

Había comenzado el Masters con seguridad. Jugando bien y con ganas. Con intención de ganar.

Hoy ha vuelto a demostrar que sigue siendo el mejor jugador de tenis de la historia. A pesar de sus fallos en varios puntos decisivos, Roger Federer ya está en la final del Masters de Londres. Y con los deberes muy bien hechos. No ha cedido ni un solo set y ha barrido a Djokovic, especialmente en el primer set.

Reconozco que el balcánico no ha tenido su día, como tampoco lo tuvo contra Nadal. Lentillas aparte, Djokovic ha entrado en la pista lento, sin pasión; y así le ha ido. Federer le ha arrollado, como demuestra el 6-1.

La segunda manga ha sido otro partido. Djokovic se ha puesto serio y Federer se ha ido de la pista en más de una ocasión. Tanto es así que el marcador mostraba a los 15 minutos un 3-0 que hacía sospechar (y más a los que sufrimos con cada caña que regala Federer) que el partido se alargaría hasta el tercer set.

Pero Federer ha sabido reaccionar como solo los maestros lo saben hacer. Con derechas mortíferas y reveses paralelos que han desquiciado al histriónico Djokovic. Nada podía hacer contra la furia del suizo cuando se ponía serio. Esa seriedad que le ha llevado hasta la final en Londres, con el nivel que se espera de él, jugando, como nos tiene acostumbrados, en otra liga superior al resto.

Este final de temporada nos está ofreciendo el mejor Federer. Mañana solo falta la rúbrica final. Contra Nadal, sí, pero en una pista que pueda beneficiar más al suizo que al español.

De todas formas, y haga lo que haga en la final, Roger Federer es de otro planeta. Saca golpes mágicos y magistrales cuando parece todo perdido. Golpea la pelota a más de 90 kilómetros por hora como si nada. La pulcritud con la que dobla la toalla nada más saltar a la pista es la misma que utiliza para cambiar de raqueta un juego antes del cambio de pelotas, para sacar esos aces en los puntos decisivos, para hacer las dejadas que desequilibran al rival (y lo enfurecen), para golpear con el marco de la raqueta para desesperación del aficionado, para responder a los golpes del rival a bote pronto, dejadas y voleas incluidas, para retirarse el sudor de la frente, para ganar un partido sin ningún aspaviento.

Gana. Saluda. Sonríe a medias. Se retira. Así, sin más.

Y ya tienes ganas de que llegue su siguiente partido.

L.M.L.

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