El Gordo de Navidad

Hace unos días me propuse ganar la Lotería. Hoy estoy en condiciones de afirmar que me ha tocado, y cómo!

Noche de nervios que se me iban acumulando desde que me dieran la noticia de que iría a cubrir el partido benéfico de Roger Federer y Rafa Nadal. Nervios que, circunstancias de la vida, se acrecentaron por ser la anfitriona de una cena de Navidad.

Esta mañana explotaron, todos y cada uno de ellos.
Asistía, novata a más no poder, a la rueda de prensa de los dos tenistas. Iba a estar tan cerca de Federer como lo he sentido siempre. Y la experiencia no me ha decepcionado. Antes al contrario ha crecido mi admiración por ese chico tímido que miraba hacia el suelo todo el rato (salvo en esta foto)

Pero eso no era todo lo que me ha producido una verdadera satisfacción en el día de hoy. La experiencia periodística, -la primera- ha sido realmente gratificante, enriquecedora, especial. Incluso la presión del Jefe de Deportes o que un compañero fotógrafo desconectara sin querer los cuatro ordenadores que estaban enchufados al mismo sitio. Por lo menos en un acto benéfico, la sangre no ha llegado al río, sino todo lo contrario, nos ha invitado a una botella de agua. No está mal para alguien que ayer no se creía periodista. Hoy quizá lo esté siendo un poco.

Perderme una y mil veces por la Caja Mágica, salir y entrar por puertas que no debía cruzar, aparecer -sin querer- frente a Federer mientras contestaba unas preguntas, descubrir que David Bisbal es muy bajito, entender que escribir solo es poner una palabra detrás de otra, comprender que cuando llegas a una sala de prensa no eres Laura, la becaria, sino un medio más.

Gran mañana, gran tarde, gran noche. Que durará mucho, tanto como yo pueda recordar, tanto como los de mi alrededor puedan soportar.

Por tantas y tantas cosas.
Sin duda alguna, uno de los mejores días de mi vida.
Acabo de descubrir que se puede ganar el Gordo de Navidad fabricándote tú mismo el boleto. (Thanks GM)

F: 4  B: 7

Sol, ocaso, frío

Como si de un gatito se tratara, el sol me ha lamido las manos durante las últimas dos horas. Se acercaba por mi oreja izquierda, me guiñaba los ojos y finalmente se ha depositado en mis manos. Unas caricias tenues, pero constantes, que disfrutaban mis dedos mientras volaban por el teclado del ordenador.
El sol, caprichoso como solo él sabe serlo, me evitaba cada cierto tiempo porque se iba a jugar con las nubes, mucho más divertidas que yo, que bailaban al son del viento y convertían nuestra historia de amor en un folletín por entregas.
Finalmente, harto quizá de mi adoración a través del cristal, pero mi reticencia a acercarme más a él, ha terminado por despedirse de mí. Un largo y agónico adiós hasta que, en un último suspiro ha desaparecido detrás del edificio, detrás de las nubes, detrás de la luna.
Su último regalo antes de morir: un destello rojo, naranja, morado y azul que me ha terminado de enamorar.
Un corto idilio que, lamentablemente, la vida no me permitirá continuar mañana.
Quizá nos encontremos en otro lugar, pero siempre será el mismo momento.
Aún siento sus dulces lametones por los todavía tibios dedos de mis manos.
Pero el frío empieza a acechar. La sombra ha hecho su aparición estelar; el sol se esconde humillado por su derrota.

F: 4  B: 7

22 de diciembre

Con qué poco tengo suficiente para ser feliz. Con todo lo que parece necesitar cualquier hijo de vecino, a mí, proponerme una pequeña meta ya me llena de ilusiones, ya me hace levantar el ánimo y considerar que el día se puede arreglar en cualquier segundo. Se conseguirá o no, pero las ganas por alcanzarlo son casi tan importantes como la consecución efectiva del fin.

22 de diciembre. Una fecha clave en el calendario anual. El día de la lotería.
22 de diciembre. Miles de personas sueñan con que un número escrito en un papel coincida con el que digan unos niños en la tele.
22 de diciembre. Inicio de las vacaciones escolares. Desde mi más tierna infancia, el pistoletazo de salida para unos días llenos de ilusión, juegos, aire libre, padres liberados del trabajo, scalextric, guerras entre los cliks y los pinipón, bicicletas en el parque, villancicos alternativos…

Mi objetivo es conseguir un 22 de diciembre más especial que el resto de 22 de diciembre de años anteriores.
Y empiezo a escalar la montaña mañana mismo. Con una visita de cortesía, unas palabras amables y una ilusión en la mirada.
22 de diciembre de 2010. Quizá consiga ver un partido de tenis con el que sueño desde hace años.
22 de diciembre de 2010. Quizá en esta ocasión me toque la lotería. Por lo menos, este año compraré un boleto para participar.

Reconstrucción

Pieza a pieza, como aquellos bloques de Lego que desparramaba por la alfombra del salón en cuanto terminaba mis deberes.

Pieza a pieza, como el engranaje de un reloj suizo, perfecto.

Pieza a pieza, como el puzzle que compartí con mi hermano antes de que llegara el nuevo juguete que todavía no sabemos controlar.

Piezas porque en un puzzle me he convertido. Tratando de encajar cada forma en su lugar correspondiente. Algunas valen; otras, no.

Me he quitado una parte de mi estructuración para ir moldeando una nueva yo. Por ahora solo es una prueba, pero me está sentando bien. Quizá consiga equilibrarlo todo en un futuro próximo, pero por ahora la pieza que no encajaba sigue bien apartada del resto.

Ahora solo falta que la pieza que está estropeada haga lo mismo por mí, y se recomponga.

Cómo se esfuma la vida, a golpe de saeta

He tenido solo tres relojes en toda mi vida. Los tres han delimitado un momento específico de mi vida: mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Si me atengo a esos tres periodos y a los lazos que les unen con mis tres relojes, puedo asegurar que todavía estoy viviendo en mi juventud.

Por el motivo fundamental de querer cambiar, este fin de semana me propuse darle una vuelta a mi vida y volver a mi infancia. Quería saborear de nuevo ese reloj con el que aprendí a montar en bicicleta, a jugar a tenis, a estudiar, a jugar, a tocar el piano…
Así que saqué del fondo de mi baúl aquel reloj de correa negra y con esfera mitad azul mitad roja que me regaló mi abuela cuando me tocaba hacer la comunión y opté por saltarme ese paso. Nada que ver con los relojes que sí les regalaron a mis compañeros de clase en ese día tan señalado; el mío era modernísimo aún para aquella época (1990, aproximadamente). No era de niños pequeños, pero tampoco era serio. Era genial.

Con toda la ilusión que guardo de aquella época y la que he ido acumulando con los años, me encaminé a sacarle brillo a mi reloj y a ponerlo a punto para que iniciara conmigo una nueva época en otro momento de mi vida.
Pero el destino quiso depararme una experiencia descarnadamente desagradable. El reloj, mi querido reloj que simbolizaba mis años más infantiles, había dejado de funcionar. Y no por haber sido tratado de forma irresponsable (cómo podría hacer eso con mi propia infancia), sino porque las cosas modernas no son compatibles con mi niñez.

En una sola frase sentí cómo mis años 8, 9, 10, 11, 12 y 13 salían de mí misma y se esfumaban delante de mis ojos. No me habían dejado sin reloj, me habían arrebatado todo lo que esa esfera de dos colores simbolizaba. Irreparable pérdida que todavía estoy asimilando.

Confié en recuperar entonces mi adolescencia, con todos esos detalles que hicieron que fuera por momentos turbulenta, por momentos reveladoramente mágica.

El destino, en forma de bruja malvada de cuentos y relojera además, se empeñó en irme arrebatando partes de mi vida pasada y no tan pasada, partes que me han hecho ser de la forma que soy ahora. Tan crucial para mi formación ha sido retener en mis manos estos objetos que por sí mismos nada significan, pero que me significan a mí.
Mi adolescencia está enferma, puede ser recuperada, aunque, según la malvada bruja del otro lado del mostrador “no merece la pena, te va a costar más repararlo/repararla que comprarte uno/una nueva”.
Qué sabrá ella del valor que tiene un reloj como ese Lotus de esfera verde y correa azul deshecha por el uso. Qué sabrá ella de los partidos en los que me habrá esperado en la funda de la raqueta. Qué sabrá ella de las decisiones vitales -o no tanto- que tomé con él en mi muñeca. Qué sabrá ella de la vida.

Me queda todavía la juventud, aunque maltrecha también por el uso.

La pérdida de la infancia y la adolescencia me ha hecho ver que necesito una nueva etapa relojística. Quizá es hora de dejar la juventud también un poco aparcada y comenzar algo nuevo.
Pero la dificultad es enorme: encontrar un reloj que vaya a simbolizar una época en la que todavía no sé muy bien dónde ni cómo situarme. Si todavía no tengo definido mi nuevo entorno, cómo podré encontrar ese reloj que me estructure?

La pérdida de la infancia y la adolescencia me ha dejado sin ideas para avanzar. Busco un reloj, sí. Pero, en realidad, busco algo que me oriente. Me busco a mi misma. Qué difícil.