Cómo se esfuma la vida, a golpe de saeta

He tenido solo tres relojes en toda mi vida. Los tres han delimitado un momento específico de mi vida: mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Si me atengo a esos tres periodos y a los lazos que les unen con mis tres relojes, puedo asegurar que todavía estoy viviendo en mi juventud.

Por el motivo fundamental de querer cambiar, este fin de semana me propuse darle una vuelta a mi vida y volver a mi infancia. Quería saborear de nuevo ese reloj con el que aprendí a montar en bicicleta, a jugar a tenis, a estudiar, a jugar, a tocar el piano…
Así que saqué del fondo de mi baúl aquel reloj de correa negra y con esfera mitad azul mitad roja que me regaló mi abuela cuando me tocaba hacer la comunión y opté por saltarme ese paso. Nada que ver con los relojes que sí les regalaron a mis compañeros de clase en ese día tan señalado; el mío era modernísimo aún para aquella época (1990, aproximadamente). No era de niños pequeños, pero tampoco era serio. Era genial.

Con toda la ilusión que guardo de aquella época y la que he ido acumulando con los años, me encaminé a sacarle brillo a mi reloj y a ponerlo a punto para que iniciara conmigo una nueva época en otro momento de mi vida.
Pero el destino quiso depararme una experiencia descarnadamente desagradable. El reloj, mi querido reloj que simbolizaba mis años más infantiles, había dejado de funcionar. Y no por haber sido tratado de forma irresponsable (cómo podría hacer eso con mi propia infancia), sino porque las cosas modernas no son compatibles con mi niñez.

En una sola frase sentí cómo mis años 8, 9, 10, 11, 12 y 13 salían de mí misma y se esfumaban delante de mis ojos. No me habían dejado sin reloj, me habían arrebatado todo lo que esa esfera de dos colores simbolizaba. Irreparable pérdida que todavía estoy asimilando.

Confié en recuperar entonces mi adolescencia, con todos esos detalles que hicieron que fuera por momentos turbulenta, por momentos reveladoramente mágica.

El destino, en forma de bruja malvada de cuentos y relojera además, se empeñó en irme arrebatando partes de mi vida pasada y no tan pasada, partes que me han hecho ser de la forma que soy ahora. Tan crucial para mi formación ha sido retener en mis manos estos objetos que por sí mismos nada significan, pero que me significan a mí.
Mi adolescencia está enferma, puede ser recuperada, aunque, según la malvada bruja del otro lado del mostrador “no merece la pena, te va a costar más repararlo/repararla que comprarte uno/una nueva”.
Qué sabrá ella del valor que tiene un reloj como ese Lotus de esfera verde y correa azul deshecha por el uso. Qué sabrá ella de los partidos en los que me habrá esperado en la funda de la raqueta. Qué sabrá ella de las decisiones vitales -o no tanto- que tomé con él en mi muñeca. Qué sabrá ella de la vida.

Me queda todavía la juventud, aunque maltrecha también por el uso.

La pérdida de la infancia y la adolescencia me ha hecho ver que necesito una nueva etapa relojística. Quizá es hora de dejar la juventud también un poco aparcada y comenzar algo nuevo.
Pero la dificultad es enorme: encontrar un reloj que vaya a simbolizar una época en la que todavía no sé muy bien dónde ni cómo situarme. Si todavía no tengo definido mi nuevo entorno, cómo podré encontrar ese reloj que me estructure?

La pérdida de la infancia y la adolescencia me ha dejado sin ideas para avanzar. Busco un reloj, sí. Pero, en realidad, busco algo que me oriente. Me busco a mi misma. Qué difícil.

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