ARCO 2011, la resaca

Experiencia fantástica:

Para conocer hasta qué punto se puede escribir de todo sin tener ninguna idea de nada.

Para entender por qué se escribe lo que se escribe y por qué sale todo lo que sale.

Para convencerme a mí misma que igual no estoy en el lugar equivocado.

Para comprender que sí, que escribir es poner una palabra detrás de otra.

Para demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de todo y de mucho más.

Para saber que si no nos hemos matado en esta semana, la generación masterópoda 2010-2011 sobrevivirá a cualquier cosa.

Para seguir defendiendo la potencia del papel sobre el pdf en la web.

Para enfadarme por cómo funcionan las cosas en un diario grande. Y desenfadarme con la misma rapidez porque nuestro trabajo estaba hecho y sobraba todo lo demás.

Para defraudarnos por el trato que el mismo medio que gana con nuestro esfuerzo nos dispensa para hacernos invisibles.

Para conocer una feria de arte contemporáneo desde otro punto de vista.

Para saber lo que valgo, lo que vale y lo que no vale.

Una experiencia fantástica, para tantas y tantas cosas.

F: 4  B: 7

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GOOD BYE SOLO

Un pasajero entra en un taxi y se crea una amistad entre conductor y cliente. Así de simple es el argumento de GOOD BYE SOLO, del director norteamericano Ramin Bahrani. Y qué buena es la simpleza cuando se disfraza de una historia tan profunda, emotiva y humana con unos elementos tan sencillos.

Ya en los primeros tres minutos de película, momento en el que William -Red West- entra en el taxi, los personajes se definen y se hacen conocidos de toda la vida entre ellos mismos y con el espectador. En esa primera dirección que William le da a Solo -Souleymane Sy Savane- comienza esta relación extraña, difícil, opuesta, pero más cercana que cualquier lazo familiar. Ya en los primeros tres minutos de película sabemos cómo va a terminar. Pero no importa en absoluto.

Solo y William no comparten, aparentemente, nada. Son tan opuestos como -literalmente- el blanco y el negro. Tan opuestos como la alegría y la melancolía ante la vida. Dos formas de afrontar el mundo y sus circunstancias que convergen en un único punto, encontrarse en el mismo taxi y que desencadena todos los conflictos emocionales entre ellos.

Cada uno con sus problemas personales, Solo y William acaban compartiendo espacio físico y mental, en el que los problemas de uno se mezclan con los del otro, se cruzan y acaban sufriendo lo mismo. La situación familiar de Solo y la de William acaba por converger en una misma situación con dos frentes, pero en la que se complementan las experiencias de ambos.

Los dos actores desprenden la amargura contenida de quien no tiene ni las ideas ni la vida en perfectas condiciones. La actitud imperativa de William se refleja en su ceño fruncido y en sus gestos taciturnos y malcarados. La alegría de Solo y su incomprensión frente al tipo de vida de su partenaire también se ve en sus ojos y su sempiterna sonrisa -a veces divertida, a veces socarrona, a veces triste-. Ninguno de los dos entiende, menos Solo que William, las zancadillas y frustraciones que la vida les pone a cada paso. Los problemas personales que no acaban de comprender necesitan de la visión más objetiva del de enfrente para poner alguna luz en su oscuridad.

Una historia sencilla en su planteamiento, sencilla en su desarrollo, con unas interpretaciones sencillas, pero que dice tanto que se merece más de un visionado.

F: 4  B: 7

CISNE NEGRO // BLACK SWAN

Aronofsky ostenta, dentro de mi cultura cinematográfica, el título honorífico de ser el primero -después llegaría Haneke- que me ha hecho sentir náuseas con sus películas. Ni siquiera la trilogía de Saw me hizo sentirme tan absolutamente destrozada psicológica y físicamente como algunas de sus obras. Primero fue Pi, después Réquiem. En ambas sentí la necesidad de parar la película para tomar aliento, despejarme, salir de la película, o hubiera acabado con un taladro metido en la cabeza para aliviar la migraña que me venía de la pantalla, o alargando la mano para coger lo que fuera que se metieran en Réquiem.

Hoy, con todo el cuerpo y la mente preparada me he metido a ver Black Swan. Y sin llegar a los extremos de las otras dos, reconozco que el estómago se me encogía por momentos. La música -Mansell logra que Tchaikovski me ponga los pelos de punta, con lo que me gusta(ba) a mí- y los efectos de sonido muy bien elegidos me han hecho pasar más de un buen/mal rato.
También la fotografía, el juego de luces y el grano tan evidente convertían la historia en una auténtica pesadilla.

Todos los personajes, con ese lado oscuro que solo la protagonista es capaz de ver tan acusado, giran en torno a Portman que aguanta los primeros planos con una soltura envidiable, los cambios de humor con una perfecta sincronía con la música y soporta su propia paranoia con una fragilidad/agresividad estupenda.

Las escenas más oscuras -o rojas- las he podido llevar con cierta elegancia, pero no la presión psicológica que la propia Nina se autoimpone. La subyugación a una madre fracasada que no quiere lo mejor para su hija y esa fragilidad de la que todos quieren sacar provecho es mucho más salvaje y sangrienta que las uñas que se rompen, los sarpullidos que se irritan, las limas que se clavan o los cristales que cortan. Que también -tengo que reconocerlo- me han hecho taparme los ojos en más de una ocasión.

me pareció que sobraban argumentos para mostrar la fragilidad de Nina. Tantos temas como la represión sexual, las alucinaciones pictóricas y de todos los tipos, no eran necesarias para que sintiéramos la angustia y la claustrofobia de la protagonista.

Aún así, sin arrancarme del todo el corazón y el estómago, con más frialdad y menos garra que en otras ocasiones, sin llegar hasta el punto más intenso -quizá me estoy volviendo mayor/inmune?-, pero me ha gustado de nuevo el viejo Darren.

F: 4  B: 7

“Laurita”

Sentir la injusticia ajena en mi propio ser y rabiar por ello.
Sentir que algo me quemaba por dentro aun cuando ni siquiera me rozaba por fuera.
Sentir que se estaba cometiendo una equivocación que me afectaba más de lo que yo misma pensaba.
Sentir que algo se desmoronaba de nuevo a mi alrededor.
Sentir que me arrebataban a alguien importante de mi presente más inmediato.
Sentir la frustración de no poder hacer nada, ni siquiera entenderlo.
Sentir que aquello no me gustaba, y que no sabía cómo reaccionar.
Sentir que parecía que me lo estaban haciendo a mí, cuando yo solo era una simple espectadora.
Sentir que no me correspondía ese papel.
Sentirme mal por ello.
Sentir que alguien pudo arrancarme los miedos con tan solo unas palabras.
Sentir el miedo de que ya no estuviera allí para que me siguiera apartando de las inseguridades propias.
Sentir que esa misma persona me daba las claves para seguir avanzando y luchando y aprendiendo y confiando y superando.
Sentir. Sentir. Sentir. Sentir.
I am alive.

F: 4  B: 7

EL DISCURSO DEL REY // THE KING’S SPEECH

Volver al cine entre semana, tomar esa decisión entusiasta y convencida en un solo segundo de ir a esa sesión y a ese cine, descubrir que el trabajo de acomodador sigue siendo el mejor del mundo, esas butacas negras y naranjas, el olor de las palomitas y de la sala, la música, la compañía; todo estaba confabulado para que la película me gustara. Y lo hizo.

Desde las campiñas inglesas y paseando por las calles de Londres, Tom Hooper nos regala una historia de superación en la que rápidamente simpatizas con los protagonistas. Sobre todo, y como no podía ser de otra manera, con un Colin Firth luchando contra la tartamudez, y un Geoffrey Rush intentando que sus métodos curen más allá de la logopedia. Pero los demás personajes no se quedan atrás; las mujeres de los protagonistas -Helena Bonham Carter le da una humanidad a su personaje fuera de toda discusión- y sus respectivos hijos o el hermano del rey (‘What have you been doing?’, asked Duke of York. ‘Kinging’, answered his brother). Y todo aderezado con una música victoriana envolvente y bien conseguida.

Lo que más me llamó la atención fue el cuidado con el que se presentaba a los personajes. Esos planos en los que el aire aparecía a derecha o izquierda para mostrar las dificultades, los juegos, las angustias, los enfados, las decepciones, las confidencias. Y esa pared extraña en la que se diluía un Firth enorme cada vez que el Rey acudía a esa consulta barriobajera de Lionel Logue.

Desde el principio, Firth me hizo sufrir con su dificultad para plantarse delante de un micrófono y ser capaz de pronunciar dos palabras seguidas. El rey de la solemnidad acepta las extrañas costumbres logopedas de un australiano bonachón y alejado de todo protocolo, que le da el color y la fuerza necesaria para conseguir aquello para lo que siempre estuvo preparado, pero nunca se atrevió ni le dejaron ser.

Un rey que te cae bien desde el principio y con el que pronuncias cada palabra con él para que sienta tu aliento junto al suyo. Y un Logue que te arranca la sonrisa y la risa en más de una ocasión, y que consigue transmitirte optimismo y una gran fuerza, como si fueras tú el que recita a Shakespeare mientras escuchas tu disco favorito.

¿Demasiada moralina final? Probablemente, pero los actores me hicieron reír y sufrir; querer a unos y odiar a otros; y aunque no pudiera dejar de pensar en un susto cada vez que Bonham Carter aparecía en pantalla -es lo que tiene tener tan asumida su imagen con Tim Burton- los momentos en los que King George se pone frente al micrófono me hicieron sentir su propia frustración agarrotada en la garganta.

Quizá era el día o la sala o lo que fuera, pero los personajes, la imagen de Westminster Abbey y Buckingham Palace y un Rush vocalizando un “fuck, fuck, fuck” hilarante, me dejaron la sensación de que incluso yo podría reinar.

Y que viva el Rey Jorge!!!

F: 4  B: 7

Detenida por correr

El día ha empezado bien. Madrugando un poco para hacer un par de fotos que me faltaban para clase, pero con la alegría que da encontrarte a dos pajarillos en la barandilla de tu terraza. Además, no había mucha niebla, así que iba a poder ver el sol entrar por mi ventana.

Las clases, en su punto, pero tenía en la cabeza el examen de las cinco de la tarde y en muchos momentos mi cabeza se iba hacia los apuntes. Tampoco mucho, lo reconozco, más bien se iba hacia el ordenador de mi habitación, esperándome para empezar a ver The Wire y continuar con Deadwood.

Pero lo primero era lo primero y la mañana se iba terminando por momentos, la tarde estaba a punto de empezar y con ella la carrera hacia Getafe, el examen exprés y la vuelta al Máster para intentar hacer una práctica, también exprés.

Pero el destino ha querido hacerme pasar un mal rato entre la tranquila mañana y la agitada tarde. Mi ruta: Máster, autobús 146 hasta Gran Vía, paseo hasta Sol, tren hasta Getafe, examen. Todo correcto hasta que se me ocurre la brillante idea de bajar corriendo la calle Montera.

¡¡¡¡ERROR!!!!

Casi al final, sale de las sombras un tipo alto, fuerte, uniformado y con cara de mala leche. Como en los dibujos animados mis pies paran atropelladamente a escasos centímetros de su brazo -recuerdo: alto, fuerte, uniformado, mala leche-

“¿Dónde vas tan corriendo?”- pregunta.

“Al tren”- respuesta.

“Sí, ya”- contra respuesta.

Mi ceño se ha fruncido mientras subía una de mis cejas. “Pues sí, al tren”- reconfirmación estúpida.

“A ver, enséñame la mochila” -orden.

“¿Por? llevo las cosas de clase”- respuesta dos.

“Sí, ya”- esto ya lo he oído – “a ver, enséñamelo”.

“Eh, ¿por qué?”- pregunta, esta sí que era estúpida, mi gran bocaza a veces… pero no lo he hecho con mala intención, de verdad, y he sido respetuosa; solo ha sido curiosidad.

“Porque te lo digo yo”- respuesta inclasificable que termina con cualquier tipo de curiosidad que se ponga por delante y con cualquier tipo de contraargumentación. Aún así:

“Pero que es la mochila de clase”- yo sin aprender a callarme.

“Pues venga, me lo enseñas ahí dentro” – y el brazo alto, fuerte, uniformado y con cara de mala leche me señala el interior de una comisaría.

No hago ni digo más tonterías porque esto tiene pinta de ir en serio, a pesar de mi incredulidad, así que entro en el sitio ese llamado comisaría de la calle Montera. Y ahí estoy, abriendo la mochila, señalando mis mandarinas, mis bolis, mi estuche para el cepillo de dientes, mi cuaderno de Bob Esponja… Y el tipo miraba mis cosas y seguía preguntándome:

“¿De dónde vienes?”

“Del autobús”

“¿Seguro?”

Y aquí mi diplomacia se ha ido de vacaciones un rato. Mis narices no se han hinchado, pero mi ceja ha subido hasta el infinito y más allá. El tipo empezaba ahora a sacar cosas de la mochila, así que le he ayudado un poco.

“Mira, llevo mandarinas (y las he sacado), un periódico (y se lo he mostrado, pero no se lo he ofrecido por si me acusaba de soborno o algo así), y estos son los bolis, el cuaderno, el cepillo de dientes, la crema de dientes”.

“Vale, vale”.

Recojo mis cosas y me dice:

“¿Y el abrigo? A ver, ¿qué llevas en los bolsillos?”

Me lo ha hecho quitar, he sacado los guantes, se los he puesto en la mesa -primero uno, después el otro, despacito-, he sacado el pañuelo ensangrentado de esta mañana, también se lo he dejado en la mesa y le he sonreído al terminar -sí, ya he dicho que estaba más borde de lo normal-.

Parece que ya se ha convencido y me vuelve a decir:

“Vale, vale (locuaz el tipo alto, fuerte, uniformado y con cara de mala leche, eh?) ya puedes recoger tus cosas” y cuando ya estoy en la puerta aún me grita: “Pero no vayas corriendo por ahí”.

Quince minutos de retención policial.

Menos mal que este blog no lo conoce Mariluz o ya me veo comentarios a lo “Algo hice mal”. Sí, mum, enseñarme a correr. Pero tranquila, he llegado al examen, lo he hecho, he vuelto al Máster, he hecho la práctica, y he llegado a casa sana y salva. Y sin antecedentes policiales.