Mamá, te escribo desde el frente

Hola, mamá

te escribo desde el frente. Hoy hace sol, y así es precisamente como se llama la trinchera en la que me encuentro. El calor es acuciante, pero nos aprovisionamos como podemos. Los vecinos de alrededor, a pesar de las molestias ocasionadas, nos están ayudando mucho.

La organización ha salido casi de forma natural. Como una micro ciudad, el frente se ha teñido de “sucursales” en las que se distribuyen las tareas: alimentación, limpieza, educación, recreo, prensa. La colaboración es también natural. Si necesito vendas, alguien me las trae; si otro necesita un trago de agua, yo se lo llevo.

Creo que el abuelo se sentiría orgulloso, aunque como en su ocasión, los objetivos de la lucha no son homogéneos, pero estamos organizados y cada uno aporta todo lo que puede a la causa. Ya sea material o intelectual. Y todos vamos aprendiendo nuevas herramientas para tener cada vez más recursos.

Es mi guerra, mamá, y estoy poniendo en ella todas las armas que me enseñaste a usar: sé leer, escribir, hacerme entender, ordenar mis ideas y saberlas explicar. Y también tengo tus lecciones sobre escuchar grabadas a fuego en mi memoria. Y eso nos está haciendo fuertes y cada vez más grandes.

El ánimo está por las nubes. Hemos empezado a hacernos visibles, cuando ya todos nos daban por muertos, por aniquilados, por ausentes de la realidad. Ni mucho menos. Y la prueba está en el lugar donde se originó todo esto. Un sintomático kilómetro cero desde el que ha partido el primer ataque, la primera avanzadilla.

Sé que la batalla será larga y no sabemos cuál será el final. El invierno es duro y ellos tienen más ejército y conocen mejor el terreno, pero la ilusión por cambiar las cosas servirá, como aquella vez. Como en tu momento, abuelo.

Y la abuela? Sé que nos apoya también como puede, con sus propias armas. Así que sé que ya habrá ido a votar, a primera hora, con la alegría y la ilusión de la primera vez. Tranquila, abuela, tampoco me vas a reñir este año. He ejercido mi derecho, ese que tú me regalaste. Y no, intentaré no meterme en líos, pero entiendes que este momento es el mío. Que nadie va a lucharlo por mí, y que ya llevo mucho tiempo agachando la cabeza para recoger las migajas de quien siempre elige por mí mi propio presente.

Tengo que intentar que algo cambie. No quiero llegar a tu lado para decirte: “no luché, no estuve ahí, solo me quejé pero no hice nada por remediarlo”.

Quizá no consiga nada, es lo más probable. Pero algo ha cambiado en mi cabeza, algo me dice que si no es la solución, sí es el camino por encontrarme una vez más en el reflejo del espejo. Por mirarme cada mañana y no verme enterrada hasta el cuello con el lodo del chalet de al lado, luchando una y otra vez para encontrarme de nuevo la puerta cerrada. Como tantas veces, la volveré a abrir, pero en esta ocasión no estoy del todo sola.

No hay nada que perder. Y atrevernos ya es una gran victoria.

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