La noche que desapareció la torre Eiffel

El día se había acabado. El sol se apagó, y París se encendió.

Salí, sin rumbo, pero con zapatillas, después de una ducha y un último vistazo a una torre que se encendía y se apagaba sin control. Eterna sobre el skyline de París y sobre mi propio skyline de ciudades visitadas. Desde mi atalaya improvisada -una habitación de hotel que apenas me soportaría una noche- parecía estar cerca del Arco del Triunfo, y lo estaba, pero había que atravesar un mundo desconocido, inhabitado, no pisado todavía. Siempre digo que para hacer tuya una calle has de recorrerla dos veces hacia arriba y dos veces hacia abajo. Así lo hice, quería hacer mío París, la parte que podía pisar, al menos. Y ese mundo que me encontré mientras París iba siendo mía me despertó más de una sonrisa, más de un recuerdo, más de una sorpresa. No supe decidir si me gustaba o no el paseo; estaba dentro de él y no había decisión más acertada.

En un reloj, que quizá solo estaba dentro de mi cabeza, sonaron doce campanadas. Desde donde me encontraba, frente a una tienda de deportes que me hubiera gustado visitar, conté doce pasos y me paré. Me encontré con un escaparate con treinta y dos motos de ciudad. Volví a contar doce pasos y ahora solo había siete, pero eran más grandes. Mis siguientes doce pasos me llevaron al escaparate de otra tienda de deportes. París era deporte y eran motos, hasta lo que yo había descubierto, al menos.

Con mis últimos doce pasos cambié el asfalto por la tierra y me encontré ante el Arco del Triunfo. Ni me esperaba el viaje ni me lo preparé. Dejé que fuera el Arco quien me llamara, pero no lo hizo demasiado alto. Quizá fueron los coches que pasaban alrededor lo que amortiguaba su grito. Entonces me di cuenta: en la misma perspectiva desde la que me encontraba decidiendo si el Arco contenía tanto triunfo como decían o no, mi mirada buscó el horizonte y me encontré con la torre. Luminosa, iluminada, majestuosa, brillante, ella.

Sabía que algo me fascinaba de aquel sitio, pero no era el rojizo color del Arco. (París mira en color rojizo, porque las farolas parisinas de esa zona no alumbraban en blanco ni en amarillo ni en naranja, sino en color ladrillo). Sin embargo, reconozco que el Arco tiene su triunfo: como el peón de un tablero, proteger la torre de más miradas. El Arco divide las visitas, por aquello de que la Bastilla luminosa no sea asaltada más que en su justa medida.

El recuerdo. Me acordé entonces de las galletas de chocolate que raras veces había en mi casa. Jamás me las comí con las dos partes juntas. Decidí desde mi infancia que lo mejor hay que guardarlo para el final, para concentrar los nervios y los deseos para el último instante. Abrir la galleta, comerme la que iba vacía. Así que giré mi ruta hacia la izquierda, el lado opuesto a la torre. El chocolate tenía que ir al final. El deseo aumentaba a cada paso.

La sorpresa. Llegó al darme cuenta de que las plazas en París son plazas de verdad y son eternas, inabarcables, interminables, un reflejo de la ciudad misma.

La sonrisa. Al recorrer una de sus calles principales por la calzada, con los brazos abiertos, sintiendo el aire, la música, la luz, la libertad, el deseo de desaparecer, de hacerme invisible, de no ser nada en medio de tanto.

Mis pasos llegaron al Paseo de los Campos Elíseos, por donde continué ruta hacia el Obelisco. Supuse que sería todo recto, empezaba a oler (comienzan los sentidos) a río. Aunque también es posible que me lo estuviera inventando. No importaba nada en aquel momento. Solo quería dejarme llevar y dirigirme, vía río, hacia la luz. No había túneles, pero sí el deseo de llegar, tocar, vencer.

En un reloj sonó una campanada. No estaba segura de si era la una o la una y media. No controlé el tiempo mientras paseaba. Nunca miro el reloj, aunque siempre vive conmigo, cuando estoy deambulando por las ciudades. Paseé por las calles salpicadas de verde, pensando en la seguridad de la zona. Creo que no tenía mucha, pero sabía que a la segunda vez que pasara por allí, todo ese nerviosismo me parecería ridículo.

Me adentré por una plaza porque una luz, amarilla esta vez, me llamó. Pero no llegué al final. Dos grandes estatuas me impedían el paso. No física, pero sí mentalmente. El miedo irracional a las estatuas figurativas me hicieron pensar en volver al hotel, a la seguridad de una habitación con vistas a la torre Eiffel sin la inseguridad de las estatuas que acechan de noche. Pero la meta de tocar el hierro volvió con fuerza; seguí de camino al río. Todavía sin camino marcado porque el mapa era demasiado grande para desplegar en plena calle. Mi pinta de turista viene de serie, no necesito ningún complemento que resalte mi buscada desorientación.

Una campanada más tarde todo pasó. Mi objetivo había desaparecido en la noche y en la ciudad. La torre dejó de existir en París y en mi camino. Como el espejismo de un oasis. Mi vista se nubló y todo se quedó negro. París se apagó, y con ella mi ilusión. Nunca he estado en la torre Eiffel.

Cuando Eiffel se apaga, se enciende la ciudad. Se encienden las sonrisas. Las alegres, de quienes le buscan las 26 horas al domingo. Y las tristes que acompañan a las alegres para ver si cae algo para comer esta noche.

Es en la noche donde París encuentra sus sentidos y los ofrece al paseante.

París sabe. A helado de frambuesa para mí. El que vi en la tienda de helados y deseé saborear. Probé el precio y, de pronto, me hice cinco euros más rica.

París suena a bicicletas, a árabe y a una flauta dulce y apagada surgida de una parada de autobús a las dos de la mañana.

París tiene olfato, para buscar a quien quiera encontrarla. París también huele. En aquella calle que no hice mía porque no quería que me perteneciera, París me mostró que huele a dinero, mucho, en cada escaparate, en cada detalle. Pero también huele a vino barato. O quizá sea un Chardonnay, pero envuelto en cartón y una bolsa de plástico. La que porta el que duerme bajo la farola en la silla contigua al que cena con abundancia, gastronómica y económica, en una terraza del paseo. Diez euros con cincuenta el café. Quédese con las vueltas, o déselas al del vino, que no es de marca y se nota en su aliento. Molesta cuando el aire viene del Sena.

Contrastes que imperan en la ciudad de la luz, que se apaga de madrugada. La grandiosidad de un Arco porque esconde un triunfo. El lujo de Louis Vuitton y de Givenchy en el Paseo del glamour con los sintecho disputándose sus escaparates para dormir. Una mesa de 50 euros por comensal rozando el banco donde alguien sueña con esa mesa, ese dinero y esos amigos que quizá un día tuvo y ya no volvió a ver.

Contrastes que se repetirán en mil y una ciudades, seguramente también en Madrid, pero no me doy cuenta de ello porque vivo allí y no tengo tiempo para pararme en los detalles cotidianos. Irónico.

F: 4  B: 7

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