Barcelona

Fue en Agüero. Alrededor de una mesa en la que compartíamos té con leche y pastas.
Te pregunté: “¿Por qué volviste de Barcelona?”
No quisiste responder enseguida. Yo había oído algo de un novio, pero no lo quisiste certificar.
Sin embargo, acabaste por decírmelo, con palabras esquivas.
“Se marchó a Francia y yo no quise ir”.

Tú volviste con los de la Falange (Tú!), desde Barcelona, con tus 22 años recién cumplidos, después de haberte comido la vida y el mundo, a pesar de la guerra. Volviste. Por tu madre, dijiste, porque las cartas de la Cruz Roja eran demasiado pocas para saber cómo estaba. ¿No fue por desamor? Puede que un despecho amoroso te salvara la vida te condenara a otra.
Allí se quedó tu juventud, en Barcelona, y comenzaste tu madurez, con todas sus consecuencias y todos sus hijos. Pero primero llegaste a Agüero con un convoy falangista al que fuiste a saludar y a agradecerle el viaje cuando lo metieron en la cárcel. Ironías de la guerra.
La máquina de coser con la que ayudaste a los milicianos volvió contigo al pueblo. Conseguiste ahorrar un dinero de esos 12 duros que cobrabas al mes, que no era poco para aquella época. Pero no te sirvieron de mucho, salvo los que tenías en el banco, porque ese dinero no te valía.

Te volviste a Agüero, y ahí empezó mi historia.

Realmente, hablo del abuelo, pero te hablo a ti, así que ya no sé si quiero contar su historia o la tuya.

Ella

No me meteré en líos, abuela, pero tienes tantas o más ganas que yo de que tu paso por la vida no se pierda, y menos aún tu paso por la guerra y por la vida del abuelo.
No me meteré en líos, pero quieres hablar más que yo. Me elegiste a mí para guardar muchos secretos.
Incluso ahora ya quieres que escriba sobre ello, sin poner el nombre, claro.
Pero esta historia hay que contarla.
Porque aprietas los puños aun ahora cuando pasas por la plaza y ves la placa de los caídos por España.
Porque frunces el ceño cuando XXXX te invita a ir a misa; “Esa, que era más roja que para qué, que le raparon el pelo y la pasearon por todo el pueblo envuelta en la bandera republicana. Y ahora mírala, toda enjoyada como si no hubiera venido a casa para pedir algo de pan porque estaban muertos de hambre. Y rezando cuando se cagó en dios más que tu abuelo. Más de derechas que… con el hambre que ha pasado esa tonta”.
Porque yo nunca he sido Laura, sino la nieta del lucero, la de casa Sofía. Y aún hoy, las heridas transmitidas de generación en generación me hacen escuchar estupideces como “no vamos a jugar con vosotros porque sois de otra clase social”, “a tu abuelo lo mataron porque se lo merecía”.
Porque quieres ir al pueblo, pero sufres en cada esquina de esa casa que ya no sientes como tuya.
Porque todo huele a aquella vida dura donde compartiste juventud con tu marido y tu suegra, en la misma casa, y ella estaba por encima de ti. Y después, los hijos.
Y porque ya nada es igual. Todo es distinto a como era. No hay gente, puedes recorrerte el pueblo sin encontrarte con nadie, hay asfalto en las calles. Y sigue oliendo a pobredumbre, la que te sacó de allí para trabajar en Barcelona.

Y de ese viaje, salió todo esto, toda tu historia y toda mi aventura.

 

El Cuaderno

Retazos de un cuaderno pequeño, de aspecto débil, que encierra un temperamento que nunca pudo ser retenido.

La tapa, tan llena de números escritos rápidos, a lápiz, para hacer cuentas y anotar los trucos para que el vino no rancie, para que la fruta salga más sabrosa, para que no se olvide que ha fiado el pago de la luz. Fiar sí, olvidar nunca. Ni en los recibos ni en la vida.

La herrumbre del tiempo quedó marcada en cada hoja.

Las líneas de las hojas para escribir recto no sirvieron de nada. Las letras -cada una a su aire, bailadas, queriendo escapar-, simbolizan la libertad de pensamiento de su autor. Irónico. Letras libres escritas desde la celda.
Libertades de pensamiento y de acción de quien no pudo escapar. Ni de la cárcel, ni de la guerra. Solo sus ideas, y sus letras, vuelan. Ahora soy yo quien las descubre, las piensa, las traduce y las imagina siendo escritas.

Cada hoja parece el papel de fumar que todavía guarda Mariluz en algún rincón de su propia guerra civil. Ese paquetito rojo que salió del mismo sitio que el Cuaderno.
Las joyas más valiosas que tengo. Es todo lo que tengo de él. Es todo MI abuelo.

Mi guerra civil

Mi abuelo es mi guerra civil.

Su vida en la misma casa que yo habito los veranos, sus secretos susurrados a las paredes que yo toco para que me los cuenten, su educación en mi forma de ser.

No lo conocí, pero mi abuelo me dejó su guerra civil en un cuaderno. La cárcel, las ex novias, el hambre, el rencor, la incertidumbre del presente.

Su guerra es ahora la mía. El paro, los ex novios, el sueldo precario, la desilusión del presente.

Su mundo es ahora el mío. Su presente y su futuro son mi propio ser.

Soy él y todas sus circunstancias.

Agua

Me responde, me ve y me mira, me invita.
Recojo su guante y me sumerjo. Es débil y me hace fuerte.
Pienso en nada. No veo, no oigo, nada.
Los pies tocan el suelo solo un instante, no lo necesitan. Puedo flotar, volar, levitar.
Todo es fácil, seguro, cómodo, extraño, mágico.
No peso, no hay ruido, no hay estrés.
Solo yo, concentrada en mi respiración: inspirar, espirar.
Veo mejor debajo del agua. Pero solo hay agua delante, y alrededor, y detrás.
Llego al final, me doy cuenta de que es el principio. Vuelvo a iniciar el camino. No acaba nunca.
Pero en cada paso hay menos dolor. Se evapora con las burbujas que dejo tras de mí. Y explota.
Mi espalda se concentra en la siguiente respiración, la siguiente brazada, la siguiente inmersión.
La pared, los cuadraditos que la recubren. Veinte en la hilera en la que descanso.
El sonido, amortiguado, me da fuerza. Y no quiero salir. El gorro elimina los gritos de los niños, de los conductores, de los frenazos, de los pitidos, del metro, del autobús, del vecino, de la calle, del mundo.
El mundo se relaja en el agua.