Agua

Me responde, me ve y me mira, me invita.
Recojo su guante y me sumerjo. Es débil y me hace fuerte.
Pienso en nada. No veo, no oigo, nada.
Los pies tocan el suelo solo un instante, no lo necesitan. Puedo flotar, volar, levitar.
Todo es fácil, seguro, cómodo, extraño, mágico.
No peso, no hay ruido, no hay estrés.
Solo yo, concentrada en mi respiración: inspirar, espirar.
Veo mejor debajo del agua. Pero solo hay agua delante, y alrededor, y detrás.
Llego al final, me doy cuenta de que es el principio. Vuelvo a iniciar el camino. No acaba nunca.
Pero en cada paso hay menos dolor. Se evapora con las burbujas que dejo tras de mí. Y explota.
Mi espalda se concentra en la siguiente respiración, la siguiente brazada, la siguiente inmersión.
La pared, los cuadraditos que la recubren. Veinte en la hilera en la que descanso.
El sonido, amortiguado, me da fuerza. Y no quiero salir. El gorro elimina los gritos de los niños, de los conductores, de los frenazos, de los pitidos, del metro, del autobús, del vecino, de la calle, del mundo.
El mundo se relaja en el agua.

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