Amigo Héctor

Escuchó su nombre, de lejos.

Afinó el oído. Otra vez. Alguien le estaba llamando, ahora un poco más cerca.

Fijó su vista hacia donde indicaba la voz. Lo vio.

Héctor, su amigo.

En la escalera mecánica de bajada. Él subía.

Se asomó.

Saludó.

Error. Héctor, su amigo, no avisó.

El anuncio de colonias le seccionó el cuello.

Bueno, ya no necesita perfumarse.

Una habitación con vistas

“¿Quieres ir a Roland Garros?”, preguntó DdeDeportes. Mi escepticismo natural hizo que levantara las cejas y repreguntara: “¿En serio?”. “Claro, ¿quieres ir a Roland Garros?”. Ahí ya me pudo el mundo y mi cara de póker dejó de funcionar. ¿Qué quieren? ¿Qué contestaría un niño de seis años ante la pregunta “¿Quieres ir a Disneyworld -que está más lejos-?”. Pues esa fue mi cara.

Cerré los ojos y cuando los volví a abrir un cartel con mi nombre se asomaba por la terminal. Danny de Vito en persona me dio la mano y me cogió la mochila, como solo había pasado en mi vida de película. El día anterior, el Barcelona había ganado la Liga de Campeones y yo, un viaje relámpago a París que casi ni preparé porque no me lo creí hasta que el taxista me abrió la puerta de lo que parecía más una casa que un coche. “Este coche es más grande que mi habitación”, le dije. “Integesting”, contestó él. Supuse que se esperaba a alguien… diferente, que no fuera yo, con mis pantalones cortos, mi pinta de turista y mi mochila sucia por el uso. Pero le caí bien porque me dijo que junto a mí había un armarito. “Take whatever you want”. Amazing: una armarito lleno de chocolatinas. Cogí una y me guardé otra para el camino. En la nevera de la derecha me cogí un refresco. “Definitely, this is better than my house”. Danny de Vito había caído en mis redes.

Treinta minutos más tarde me encontraba rozando la torre Eiffel. Aún no estaba muy segura de encontrarme allí, en París. Tantas cosas para ver y no vería ninguna. Me apeé del taxi -Danny me abrió la puerta y me sacó la mochila del coche- y me quedé en la puerta del hotel. Lo primero que hice fue acercarme al recepcionista del garaje para decirle que tenía una reserva. Me miró desde su atalaya de dos metros y me indicó el interior del hotel. Vale, esto no debería saberlo ninguno de mis profesores de turismo.

Entré, me acerqué al mostrador y enseñé la carta que había imprimido. En ningún momento aparecía que tuviera una reserva, pero solo lo pensé en ese momento. Afortunadamente, mi DNI solucionó todo. Welcome, Miss… Marta? Sí, Marta. ¿Va a utilizar el video on demand? No, vengo solo unas horas. ¿Y el minibar? mmm, supongo que podría, pero me temo que mi monedero no está hecho para sus precios, gracias. Ok, si quiere internet, esta es la clave. Su habitación está en la planta 20, frente a la Torre Eiffel. Uou. Uou. Uou. Reconozco que eso sí que no me lo esperaba.

Subí por esos ascensores que, igual que el taxi, eran más grandes que mi casa, y recorrí el pasillo enmoquetado. Conté ocho pasos entre extintor y extintor. Medidas correctas. Es lo único que recuerdo de mi primera carrera, las estupideces. Entre a la habitación, vi y vencí. La Torre se alzaba ante mí como si me estuviera esperando. Casi pasa inadvertida la cama. Casi, pero el ritual de saltar sobre las camas de los hoteles fue mayor que el ímpetu que me entró para salir corriendo hacia la torre. Cama cómoda, para saltar, por lo menos. Me quise quedar allí más tiempo (o toda mi vida), pero había llegado tarde y me esperaban para cenar.

Me duché, me cambié y bajé a recepción. Allí había un grupo de personas a los que no conocía, pero que supuse eran los demás periodistas a los que nos habían invitado a Roland Garros. Me acerqué y una chica que supuse más joven que yo se acercó para saludarme. Sí, definitivamente era más joven, pero ya lucía ropa con la que yo solo podía soñar. IBM tiene sus cosas. Me presentaron al resto de periodistas y nos llevaron a una furgoneta. Llegamos a un restaurante de cuento, en medio de un bosque, con camareros que más parecían infiltrados de James Bond que camareros. Otra vez las películas. Mi vida, en una de ellas. Los platos eran de mírame y no me toques, literalmente. Ninguno sabíamos si eran comestibles o no de lo bonitos que eran. Nos presentaron el menú. Y a las niñas, la jefa y yo, nos acercaron una butaquita pequeñita. Ambas nos miramos. ¿Es para los pies? No, es para que deje usted el bolso. What? Disimula, Laura, disimula. Menos mal que uno de los periodistas despejó la duda que nos corroía a todos por dentro: ¿Habéis estado alguna vez en un sitio así? ¿Son todos los viajes de empresa de este calibre? Desde luego que no y ojalá, respuestas respectivas.

Eran las once de la noche, regresamos al hotel. No sabía si me había quedado con hambre o no. Aún estaba en el sueño. Y comenzó la noche que desapareció la Torre Eiffel.

Abrí los ojos y me desperté luchando por ralentizar el tiempo. Quería estar más ahí, en esa habitación (mucho más grande que mi casa), pero también quería llegar a Roland Garros. Qué dura es la vida. Aunque dentro de esa habitación con vistas todo parecía más luminoso. ¿Sería por la ciudad de la luz? No, era mi felicidad que se reflejaba en el cielo azul y despejado que me regaló París.

Gracias.

El caramelo

‎Estaba bueno, era fresco, me dijo.

Lo desenvolvió despacito, no quería hacer ruido.

Comenzó a saborearlo, grande, apetitoso, y la película, la compañía.

De pronto, un susto, alguien empujó su butaca. Nada grave.

O sí.

El caramelo en el inicio del esófago, clavado, cerrando las vías respiratorias.

Intentó toser, intenté ayudarle, intentó no ahogarse.

Pero cayó mientras el protagonista hacía su salida espectacular.

Vi el envoltorio del caramelo.

Eucalipto y menta.

Respiral.

Irónico.

El suelo cruje bajo mis zapatillas

Adiós a la música. Me quedo a oscuras durante un momento. Dejo de ver, dejo de escuchar; pero sigo corriendo. Entonces vuelve el sonido. Crujiente, pausado, rítmico. Son mis zapatillas al contacto con la tierra que terminará por volver su negro en blanco.

Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Y sucede, mi pulso se acomoda al de las zapatillas. Y siento que puedo seguir corriendo hasta el infinito. No me puedo cansar, la tierra, siempre viva bajo mis pies, me lleva.

Otro habitante del Retiro mañanero se cruza conmigo. Su camiseta, pegada al cuerpo, revela que lleva más tiempo y sus zapatillas levantan más tierra que las mías. Se limpia el sudor de la frente, ese que resbala por su cara y termina desapareciendo sobre la tierra seca que deja detrás. Ese sudor por el que me preguntaba siempre José, mi primer preparador físico. “Odio que no sudes”, me decías riendo.

Esa gota de sudor impactando en el suelo me lleva a aquella pista, donde imperaba el trote y los de fútbol se reían de nosotros. Y donde Ángela, María Jesús, Víctor, Rubén, María, Javier o Alberto terminaban con un cachete sobre mi cabeza porque yo marcaba el ritmo de recuperación.
Veinte metros después de correr y una inspiración larga me devolvían (y aún lo hacen) toda la energía perdida. Y podían (esto aún lo tengo que probar) caer otros cinco kilómetros sin notar demasiado el desgaste. La de insultos que me llevé por la ausencia de sudor y mi facilidad de recuperación.

El crujido de la tierra me devuelve al presente, y también un leve chasquido en la rodilla izquierda. Recuerdo de otro deporte que me fascinaba y se me daba especialmente bien: el ciclismo.
La rodilla cruje también, pero en mi cuerpo y no en el suelo. Un pinchazo, dos, tres. In crescendo, como la partitura de piano que se me ha metido en la cabeza. Cambio el paso, se mueve el crujido, se elimina el dolor.

Dolor de antaño del que solo me acuerdo cuando llueve, y ahora cuando las zapatillas me elevan por encima de la tierra, para marcarme los propios movimientos de mi corazón. Dolor de aquel verano en el que el coche no me vio y yo no vi el coche, hasta que fue tarde. La bajada infernal en mis piernas y el sol bajo en los ojos del coche hicieron que otro crujido, el de mi rodilla, mis muñecas y mi cabeza se instalaran para siempre en una pequeñísima cicatriz en la palma de la mano.

Dolor del que no recuerdo apenas nada, salvo que amanecí al otro lado del coche, con el impacto del cristal delantero sobre mi cabeza. Vi llover cristales y me vi caer a mí, sobre el asfalto. Crujido general. Sé que me levanté y aún sonríe el conductor al recordarme mis propias palabras: “Estoy bien, no ha pasado nada. Lo siento por los cristales”. Lo siguiente que veo es un techo y una cama, que cruje. Y mi bici, un poco aplastada, pero llamándome para que cabalgáramos de nuevo. Perdí tres horas de mi vida que intenté recuperar con ella a la mañana siguiente. Juan, en serio, siento todavía el cristal roto.

La rodilla ya no llora ni cruje. Mis zapatillas sí. No tienen fin, tampoco el camino. Pero sí el tiempo que, aunque parezca infinito, nos empeñamos en cortarlo en pedacitos. Ahora para correr, ahora para la ducha, ahora para el desayuno, ahora para trabajar.

Las zapatillas dejan de crujir rítmicamente. Se dejan llevar, pero el suelo, aún crujiente, me sigue llamando. Mañana, ahora quiero escuchar el crujir de mis cereales.