El suelo cruje bajo mis zapatillas

Adiós a la música. Me quedo a oscuras durante un momento. Dejo de ver, dejo de escuchar; pero sigo corriendo. Entonces vuelve el sonido. Crujiente, pausado, rítmico. Son mis zapatillas al contacto con la tierra que terminará por volver su negro en blanco.

Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Y sucede, mi pulso se acomoda al de las zapatillas. Y siento que puedo seguir corriendo hasta el infinito. No me puedo cansar, la tierra, siempre viva bajo mis pies, me lleva.

Otro habitante del Retiro mañanero se cruza conmigo. Su camiseta, pegada al cuerpo, revela que lleva más tiempo y sus zapatillas levantan más tierra que las mías. Se limpia el sudor de la frente, ese que resbala por su cara y termina desapareciendo sobre la tierra seca que deja detrás. Ese sudor por el que me preguntaba siempre José, mi primer preparador físico. “Odio que no sudes”, me decías riendo.

Esa gota de sudor impactando en el suelo me lleva a aquella pista, donde imperaba el trote y los de fútbol se reían de nosotros. Y donde Ángela, María Jesús, Víctor, Rubén, María, Javier o Alberto terminaban con un cachete sobre mi cabeza porque yo marcaba el ritmo de recuperación.
Veinte metros después de correr y una inspiración larga me devolvían (y aún lo hacen) toda la energía perdida. Y podían (esto aún lo tengo que probar) caer otros cinco kilómetros sin notar demasiado el desgaste. La de insultos que me llevé por la ausencia de sudor y mi facilidad de recuperación.

El crujido de la tierra me devuelve al presente, y también un leve chasquido en la rodilla izquierda. Recuerdo de otro deporte que me fascinaba y se me daba especialmente bien: el ciclismo.
La rodilla cruje también, pero en mi cuerpo y no en el suelo. Un pinchazo, dos, tres. In crescendo, como la partitura de piano que se me ha metido en la cabeza. Cambio el paso, se mueve el crujido, se elimina el dolor.

Dolor de antaño del que solo me acuerdo cuando llueve, y ahora cuando las zapatillas me elevan por encima de la tierra, para marcarme los propios movimientos de mi corazón. Dolor de aquel verano en el que el coche no me vio y yo no vi el coche, hasta que fue tarde. La bajada infernal en mis piernas y el sol bajo en los ojos del coche hicieron que otro crujido, el de mi rodilla, mis muñecas y mi cabeza se instalaran para siempre en una pequeñísima cicatriz en la palma de la mano.

Dolor del que no recuerdo apenas nada, salvo que amanecí al otro lado del coche, con el impacto del cristal delantero sobre mi cabeza. Vi llover cristales y me vi caer a mí, sobre el asfalto. Crujido general. Sé que me levanté y aún sonríe el conductor al recordarme mis propias palabras: “Estoy bien, no ha pasado nada. Lo siento por los cristales”. Lo siguiente que veo es un techo y una cama, que cruje. Y mi bici, un poco aplastada, pero llamándome para que cabalgáramos de nuevo. Perdí tres horas de mi vida que intenté recuperar con ella a la mañana siguiente. Juan, en serio, siento todavía el cristal roto.

La rodilla ya no llora ni cruje. Mis zapatillas sí. No tienen fin, tampoco el camino. Pero sí el tiempo que, aunque parezca infinito, nos empeñamos en cortarlo en pedacitos. Ahora para correr, ahora para la ducha, ahora para el desayuno, ahora para trabajar.

Las zapatillas dejan de crujir rítmicamente. Se dejan llevar, pero el suelo, aún crujiente, me sigue llamando. Mañana, ahora quiero escuchar el crujir de mis cereales.

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Un comentario en “El suelo cruje bajo mis zapatillas

  1. Me ha gustado el artículo, aunque faltaría el lema “Si esta permitido caerse, es obligatorio levantarse” Todos nos caemos, unos lo hacen solos y otros por culpa de otros…que mas da, si al final todos caeremos al suelo. Lo importante es el levantarse, ver que estamos bien y a topeeeeee, a por el siguiente paso!!

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