Mi vida en 35 mm

Llegaron las cinco de la mañana apretujadas y empujándome. Necesitaba el día saber que ya lo había asimilado, que el paseo nocturno de ayer me había devuelto la cordura y el raciocinio.

Sí. En una noche mágica en la que todo pasó, mis pies volvieron a flotar, como aquella vez en la que la madrugada se hizo mi amiga y Across the universe se hizo mi himno. Apenas había pasado un año y la sensación de equilibrio volvió a instalarse en mis pasos, que no vacilaban ni desacompasaban su ritmo con la música que flotaba de ningún sitio, quizá de mí, quizá del mundo y de la luna que me sonreían.

Hoy el sol brilla solo por y para mí, recordé que pensé en una mañana fría danesa. Algo me tenía guardado después de batallar una y otra vez con la vida y contra el mundo.

Hoy, por fin, he acabado de asimilar que el futuro se construye minuto a minuto, aunque no me dé cuenta. Los cimientos de lo que vendrá llevan alzándose mucho tiempo.

Quizá cuando rompí aquel papel en el que apunté mi primera carrera como Comunicaciónn Audiovisual. No estaba preparada, ahora lo sé. Quizá cuando me comió la universidad en mi primer día de independencia familiar, quizá en aquella película en la que comprobé que el cine sigue siendo un trabajo funcionarial. Quizá en aquel booking en el que las lágrimas de un día se convirtieron en risas de mil días. Quizá en la triste espera de quien se marchaba de vacaciones y volvía con experiencias que ni podía soñar. Quizá en aquella clase que ya no me pertenecía, en una carrera a la que solo opté por “ocupar las mañanas”. Quizá en aquellas pruebas que me tomé como un concurso de televisión y pude compartir al abrigo de un sol veraniego en el parque. Quizá en las noches de insomnio y las mañanas de oposiciones. Quizá en la biografía y la negociación de un préstamo para pagar el alquiler. Quizá en unas galletas.

Frialdad, incomprensión, dudas. No es la respuesta que esperaba de mí misma al escuchar la noticia. Pero así reaccioné. Como si aquello no fuera conmigo, como si no perteneciera a esa especie que consigue cosas buenas.

Pero en un camino vacío encontré mi reacción. Sonreí, y todavía no he podido dejar de hacerlo. Cómo podría, si descubro que aquellas clases de turismo, aquellos veranos sin vacaciones, aquellas asignaturas vacías, aquel trabajo de estrés, aquellas prácticas en las que me sentía una intrusa, aquel máster que ya siento no poder repetir, aquel grito de un compañero para que me pusiera las pilas son lo que me ha llevado hasta aquí. Hasta sentirme útil y confiada de nuevo en el mundo y en la vida.

En mi vida. La que todavía estoy rodando, pero que ha experimentado un nuevo giro argumental que no esperaba y que me dará sin duda más aventuras para acumular al metraje final. Por ahora, ya me ha dado un final feliz, y un nuevo principio…

 

 

Lamentable la educación universitaria en este país. Caso práctico.

Examen de Ética y Deontología. Ya, para empezar, la asignatura, como muchas de esta carrera que llaman Periodismo, es poco más que un manual de buenas costumbres mezclado con tintes de filosofía para dummies y en la que se enseña poco, se aprende menos y sirve para nada porque ni siquiera se debaten casos reales ni se adaptan a la actualidad.

Para continuar, la profesora llega tarde, pero da igual porque es viernes, festivo en Madrid y las cinco de la tarde.Y da igual que se ponga a hablar en el pasillo con la puerta del aula abierta durante el examen porque, realmente, solo tienes que soltar las cosas como un lorito y para eso no se requiere concentración.

Pero no hemos llegado todavía a eso. Aun son las cinco y cuarto y nos explica los criterios de evaluación. Solo uno de los tres que acudimos había ido a clase. Así que las otras dos personas nos habíamos guiado con las normas que aparecen en la página web de la universidad, que para eso está. O eso creía.

Aquí empieza el sinsentido. Cada vez, con más enfado de una parte y más estupor e incomprensión por la mía. Dejaré aparte el tema de que era el mismo examen que en enero, que ya me parece vergonzoso y de vagos supinos, y me centraré en lo que realmente me impactó y me confirma que este país tiene un grave problema con la educación universitaria.

(En cursiva, la profe)

– ¿Tienes tema asignado?
– No.
– Entonces tienes que hacer el tema de los juicios paralelos con la bibliografía que se especificaba en clase.
– Pero en la modalidad de por libre no hay que ir a clase.
– Entonces ¿no me has escrito un correo para decirme que te ibas a presentar al examen, y no me has propuesto ningún tema para que yo te enviara la bibliografía?
– No, no sabía que había que enviar ningún correo para decirle que me presentaba. Me presento en la modalidad de libre, por tanto voy al examen de enero/septiembre y ya.
– ¿Has leído las bases de la asignatura?
– Sí.
– ¿No has leído nada de ponerte en contacto conmigo? (cada vez con más chulería)
– No (y mi chulería responde a la suya sacando las bases de su examen) Aquí no, aquí tampoco. No, en ninguna parte aparece esa obligación de ponerme en contacto con usted.
– ¿Cómo te has preparado la asignatura?
– Con los apuntes que dejó en la web de la universidad y libros aparte sobre el temario y con otras clases de ética en otros sitios…
– Pero en Aula global no estaban todos los temas.
– No, faltaba el tema 3, algo que me parece injusto, por cierto.
– Bueno, pero es que hay que venir a clase.
– No, si el mismo profesor propone una opción para los que no podemos ir a clase.
– O sea, que no te has preparado ni el tema 3 ni el 6 que te toca de la pregunta larga, sobre los juicios paralelos.
– Bueno, me lo he preparado con otros manuales, otros textos, otras asignaturas sobre lo mismo… digamos que preparado está.
– Pero no con los textos que yo especificaba.
– No, con esos no, porque no aparecían en Aula global.
– Bueno, es lo que tiene el riesgo de los estudios. Haz lo que puedas con el examen.
– Pero ¿puedo presentarme por libre sin ir a clase tal y como aparece en sus bases sobre la asignatura?
– Sí, claro, pero del tema 3 no vas a contestarme nada y de la pregunta larga tampoco.
– Puedo contestar porque me la he preparado.
– Pero no con los textos de los autores que yo dije.
– No, pero la sé contestar perfect…
– No, si no te has leído los textos no pierdas el tiempo con esa pregunta y no me lo hagas perder a mí.

Su chulería, su falta de argumentos y mi cada vez más alto grado de incredulidad zanjaron la discusión. Pero la sensación de indignación creció en mí mientras repasaba la conversación que acabábamos de tener. En definitiva, que como no me había leído los textos que ella precisó, dio por hecho que no iba a ser capaz de resolver la pregunta. O peor aún para un nivel de educación universitario: que como no había hecho caso y no había leído a esos autores, no me iba a corregir lo que yo supiera y lo que hubiera podido aprender de otras materias o clases (que yo, tonta de mí, pensé que para eso servía la universidad).

Imaginen que seguimos esos criterios en el siguiente caso:

un estudiante de medicina trabaja en un laboratorio y consigue hallar la cura contra el cáncer. Se lo presenta a su jefe (profesor) y este le dice:

– ¿Lo has sacado a partir de los apuntes que te di?

– No.

– Pues entonces, no vale.

Pero qué sinsentido es este, por favor? Una universidad que no te valora lo que sabes, sino lo que deberías haberte memorizado como un idiota!!!!

Lamentable que esta persona esté dando clases universitarias.

Lamentable que no siga sus propias instrucciones.

Lamentable que ofrezca un tipo de evaluación para los que no pueden asistir a clase y ponga trampas no dejando todos los apuntes, obligando a saber por ciencia infusa que tienes que comunicarte con ella para hacer el examen.

Pero más lamentable todavía es que no valore al alumno por lo que pueda aprender sino por lo que quiere ella que sepas, ya sea esto correcto, erróneo, desactualizado, contrario a la moral, a la ética o a lo que sea.

Lamentable que yo me esté sacando una licenciatura sin haber ido a clase ni un solo minuto en 13 asignaturas.

Lamentable que este título valga lo mismo que el de medicina.

Menos mal que en la vida real no me valdrá para nada, y sí el de medicina.

Lamentable que me alegre de que un título universitario no me sirva para nada.