Siete

“Ahora la vuelta la tengo que hacer yo sola”, dijo Mariluz. Ahí me di cuenta de lo que realmente estaba pasando. Me quedaba. Ella se iba. Ley de vida, le oí decir en otra ocasión. Ahora se hacía real.

En el camino de regreso desde que dejara a Mariluz en la parada del bus solo me dio tiempo a pisar unas cuantas veces esa calle que pronto haría mía. Ni pensé. Al llegar a casa, me senté en la cama de mi nueva habitación y me di cuenta. Solo en aquel momento. La soledad me rodeaba, y no habría nadie en la cocina ni en el salón para poder compartir unos minutos. La soledad me rodeaba, pero no era una sensación negativa. La soledad me rodeaba, tendría que rellenar ese espacio, aún no sabía cómo, pero sabía que lo conseguiría.

Había llegado a Madrid y quería quedarme, por mucho que la soledad me acompañara de una forma tan evidente en aquel instante en el que el autobús Madrid-Zaragoza se disponía a partir rumbo a mi ya antigua ciudad, con Mariluz dentro. Sin mí. Yo había empezado otra vida. Sin ella. Ley de vida. Mi ley.

Hoy hace siete años de aquello. Lo recuerdo bien. Ella también. Me lo dice por teléfono.

El autobús ha ido y venido muchas veces, menos de las que a ella le hubiera gustado, me temo. Varias han sido las ocasiones en las que el billete podía solo ser de ida. Justo en mi séptimo cumpleaños pudo haber pasado de nuevo. Sin embargo, la vida, renqueante, todavía me deja sobrevivir en el sueño.

Son siete las vidas que cumplo hoy aquí, en Madrid. El billete de vuelta todavía está colgado en la pared, por si la vida se cansa de darme oportunidades de supervivencia. El billete de ida lo conservo fresco en la memoria, en cada movimiento, en cada decisión.

Estoy aquí. Todavía. El sueño se alarga. Felicidades.

EL ÁRBOL DE LA VIDA // THE TREE OF LIFE

No es un género, ni siquiera una sensación. Cine experimental es compartir jueves con Terrence Malick y con JJ Abrams. Religión e infancia. Arte y acción. Música, fotografía y sueños. Cine. Sesión doble.

Me preocupé de no atender a razones que me aconsejaban lo contrario. Me preocupé de no atender a críticas, opiniones y otras estupideces que solo bombardean los criterios y los gustos. Yerra el que cree que los gustos son los que nos diferencian a la hora de valorar una o tal película. No es la vista, ni el oído, ni el gusto ni el tacto ni el olfato. Es la experiencia.

El arte de Malick al servicio de la vida.

Tu cámara, Terrence, siempre me ha llevado a sitios que están escondidos a la luz del sol, y tu árbol, inagotable de vida, me despojó de mis creencias para ver las tuyas y hacerlas casi propias. Cómo no hacerlo si intentas con tu arte tras la cámara abarcar la existencia misma. Hacer del cine, vida, con toda su crueldad.

La del mundo es hacer de la injusticia algo cotidiano, real, condena para quien no creemos en ella y caemos una y otra vez.
La tuya, despertarme los sentidos, experimentar música, dirección de miradas y de gestos inconclusos, para dejarme desnuda y débil cuando las luces se encienden. Para dejarme con las dudas de quien no sabe nada y aspira a que el cine le otorgue todas esas vidas que nunca podrá tener. Ahora me dedicas el origen del universo y no lo puedo sostener. Pesa la injusticia, las miradas de odio paternofiliales, las de incomprensión, las de amor maternofilial, las de no saber si ubicarme con los dinosaurios o con los humanos. Difícil saber con quién estaríamos más a gusto.

Soy ese Sean Penn que se nubla ante su propia existencia. Que se tambalea por no saber si es él mismo o solo una hoja caída de ese árbol que plantó en su infancia, una hoja arrancada con la misma violencia con la que la vida lo sacó de sus juegos y de sus amores.

En la pérdida de un hijo arranca el viaje experimental de la última cinta de Terrence Malick, odiado y aplaudido a partes iguales por su pretenciosidad a la hora de plasmar sus ideas en un rollo de negativo. Desde Malas Tierras, el director estadounidense no sabe sino utilizar todas las herramientas a su alcance para buscar más allá de la vida. Maestro para mí solo por el hecho de intentarlo, aburrido y creído para gran parte del público, incluso el más instruido. Nada que objetar.

El Árbol de la vida guarda en sus dos horas y media de metraje una colección de obras de arte fotográficas a las que abandonarte dejando la mente en cualquier lugar que no moleste. Sin embargo, no es la cinta de Malick una sucesión de poesías visuales. No solo eso, al menos. Incluye un factor humano capaz de lo  mejor y de lo peor. De dar la vida y terminar con ella. De ofrecer la sonrisa mientras se oculta el golpe. La religión como una vía de escape que se escapa con demasiada facilidad ante los problemas, las dificultades y la muerte. ¿Dónde estabas cuando se murió nuestro hijo? Dudas existenciales tremendamente cotidianas en las que no reparamos apenas y que atormentan nuestra puesta en la vida, igual que los padres (Brad Pitt y Jessica Chastain) de la criatura que un día vieron surgir de la nada y que ven atormentados que volverá a la nada, a pesar de las caricias, las lecciones, las risas, los esfuerzos de protección, las lágrimas.

Crecer y convertirse en un Sean Penn ido, buscándose, dándose cuenta de que las consecuencias son infinitas. Comprobando que las heridas de aprender demasiado rápido que la crueldad le rodea no dejan de sangrar, y poco puede hacer sino mirar hacia arriba y encontrar en el acristalado techo del edificio en el que se resguarda más inmensidad que la calle en la que corría con nuestra madre, más distancia que el río que se le llevó el valor y el amor, más ahogo que en el abrazo demasiado fuerte del padre que aún llora las consecuencias.

Sin salir de un jardín, Malick no cuenta una historia, nos lleva al origen del universo, nos cuenta el mundo. Ese que está en nosotros.

Imposible abarcar la película en un solo visionado. Imposible verla con los mismos ojos si repito, Desplat dejará de seducirme con su puesta en partitura. Seré otra cuando las luces se apaguen de nuevo. Malick me llevará de la misma mano, pero no seré yo.

La vida es cruel. El árbol de la vida, sensacionalmente pretenciosa.