Crónicas desde la Alhambra

Tiempo hacía que suspiraba por los vientos de Granada. Tal es su fama entre mis allegados que ya no podía aguantar más. Tres días de vacaciones que han dado para mucho, entre otras cosas, darme cuenta de mi edad. No obstante, el viaje tuvo esa adrenalina que siempre acompaña mis pasos. La nostalgia de ciudades perdidas, las carreteras inéditas, las imágenes en la retina, los anhelos absurdos, pero obcecados de una playa al otro lado de la mirada.
Jueves, nueve de la mañana, maleta sin hacer y gripe en proceso de expansión. Minutos de reflexión que duran lo que un vistazo a mi armario de las postales no compradas. Mi armario de los lugares no pisados. Mi armario de los viajes incompletos, porque solo los he cubierto con mi imaginación.

Esas fotos inéditas en mis retinas me hacen más fuerte que mi resfriado. Meto tres cosas en mi maletita y me largo al frío mañanero. La garganta se queja, pero solo hasta que llego a la estación, me monto y dejo que mi imaginación recorra el mapa de carreteras y llegue antes que yo al destino.

Gris y mortecina me da la bienvenida Granada. Con un tímido sol que presagia horas de cielo encapotado para no pasar calor. La temperatura, ideal; las distancias, adecuadas; el albergue, me he hecho mayor.

Llego, me reciben en recepción y me acomodo en mi cama. Litera alta que pronto se hace baja porque nunca, ni en mi más tierna infancia, soporté estar durmiendo a quince centímetros del techo. No me gusta el mundo desde tan arriba.

Cojo una botella de agua y la cámara de fotos y me lanzo al inhóspito mundo granadino. Suelos empedrados, sol a ratos, cuestas y más cuestas. Me fijo entonces que llevo todo el camino pensando que Granada tiene mar. Así pensé y aún pienso. Por eso salgo del albergue sin mirar ni una sola vez a la derecha, quizá aguantando la sorpresa unos minutos más, quizá evitando la decepción de que mi mundo, otra vez, no es como el de verdad. No hay mar en Granada capital.

No osbtante, sus calles me parecen llenas de vida. El choque cultural norte sur no puedo dejar de sentirlo. Las voces que me llegan no lo hacen nítidas. Llego a no entender nada, a pesar de que sabía que eso era español. Pero los viajes apenas planificados tienen gusto especial en mi boca. Descubro pronto que viviría durante esos tres días a los pies de la Alhambra, sin diez minutos de distancia entre ella y yo. Con todo su potencial, con toda mi energía.

Tarde de reconocimiento por las calles empedradas, los suelos húmedos, la gente sonriente. Tarde de jueves. Calles de teterías, tapas, botellón, cerveza, turistas. Yo, una más, o la que más. Es pronto todavía, así que mis pies me llevan por donde ellos quieren. Miro un mapa al cabo de una hora y estoy muy lejos de donde duermo. Sin problemas. Ni prisas. Vuelvo, descubro calles y edificios que apunto para mañana. Entre ellos, un cine. Pero no para hoy, ya diré cuándo.

Noche de reconocimiento por el albergue. Habitaciones limpias, poca luz, internet intermitente, buena compañía, actividades para los días de lluvia, y para los de sol. Jueves: Tapas tour. Allí estoy yo, dispuesta a aventurarme con tres chicas a las que casi doblo la edad y que me triplican en viajes. Australia. No more words.

La lluvia evita que mi sociabilidad ganara puntos. Cancelado. Pero mis ganas, aun con mi espalda resintiéndose de las cinco horas de autobús, llegan, como yo, a la conclusión de que el tiempo pasa, inexorable, sin importarle la lluvia. Y no se recuperan ni las gotas, ni las pisadas, ni las tapas, ni yo. Así que me aventuro, cierro los ojos y camino hacia el lado que me parece más oportuno. Cuento cuatro y en el cuarto bar me meto. Una pantalla gigante ilumina la estancia con un partido de boxeo. Nunca me ha gustado, pero estoy en un sitio nuevo y de vacaciones. Hay que arriesgarse. Sí, este es todo el riesgo que tomo en mi vida. El riesgo controlado. Como pasear por el bordillo de la acera. Sentir la adrenalina de ir por la orilla, sin la presión de una caída profunda.

Me atiende un muchacho al que no entiendo aunque sigo pensando que me habla en español, pero le pido un refresco de limón y le pregunto si puedo sentarme. Sonríe ante mi estúpida pregunta y me acompaña hasta la mesa. “Puedes elegir la tapa que quieras”, “¿cuál es la que más te gusta a ti?”, silencio, “esta”, “pues esta”. Se queda con mi cara, y con mi estúpida pregunta. No me cobra.

El frío me impide comprarme un helado de postre, creo que es lo único que me quedó por hacer en Granada. Pero siempre me dejo algo por hacer. Y lo apunto. Por si vuelvo. Y si no vuelvo, siempre hay algo con lo que soñar. Ese helado la primera noche en Granada.

No salgo de fiesta como esperaban mis compañeras de habitación. Me siento en la cama y compruebo que no me apetece. ¿Me he hecho mayor? No, me recordé sentada en una cama semejante cuando tenía 18 años. Tampoco me apetecía. Mi sociabilidad tiene unos límites, y entre ellos no caben estas distracciones. ¿Me he hecho mayor? Solo más asocial. necesito cerrar la puerta y encerrarme con mi soledad. Aquí no puedo. Es un albergue, comparto todo con 5 vecinos más.

El sueño me llega rápido. Hasta las dos, cuando las australianas consideraron era buena hora para regresar a dormir. Comienza a importarme, pero no lo puedo evitar todavía. Gajes de ser pobre y tener que elegir albergues con compañeros de habitación. Volví a dormirme. Hasta las ocho, cuando consideré que sería buena hora para ducharme y dirigirme a la Alhambra. Quería aprovechar cada minuto. Tantas ganas había acumulado por verla.

Subí aquel camino empinadísimo que, con cierto regusto amargo, me recordó a los parques daneses. Remotos ya en mi cuerpo, vívidos en mi mente. Hice una foto para unas niñas que me indicaron la puerta más cercana a la Alhambra. Me picaron la entrada. Entré. Pero no supe dónde.

No esperaba aquello. Normalmente nunca espero nada, pero en esta ocasión lo esperé. No sé el qué, pero no esto. Pregunté a un guardia dónde estaba la Alhambra. No me respondió. Cogí un plano del suelo y entonces entendí casi todo. Me puse a deambular por el recinto al que llamaban Alhambra. Y me quedé con las flores, los árboles, la vegetación excelsa, el agua, pero no con la arquitectura. No tengo respuesta. Puede que la sobrevalorara. Y eso siempre he pretendido evitarlo.

Descubrí el placer de ir contracorriente, de introducirme en los grupos con guía,  de que la gente me acogiera y me dejara los audioguías para que me contaran la historia de ese jardín, ese bosque, ese estanque, eso. Descubrí la magia de caminar entre sol y nubes, de comer mandarinas con chocolate mientras me dejaba llevar por el canto del caño de una fuente. Autofotos para el recuerdo visual. Aire en mis pulmones para recordarme siempre en la piel de la Alhambra.

No me dejé nada. Es lo que tiene el dinero, que te obliga a caminar aunque tus pies ya no quieran. Miedo en el Museo de Bellas Artes. Recuerdos de Grecia en el museo nazarí. Más mandarinas tomando el sol profesional. A las dos dejé atrás la Alhambra, visto ya su palacio en el que los leones habían huido. Otra cosa que me dejo. Los leones. Decidí comer antes de volver al albergue. Fue la mejor opción. Llegué más tarde, sí, pero con el estómago sin gritar de hambre. Ducha, música, siesta, relax. Y mis ojos, contemplando desnudos los detalles de la arquitectura mozárabe. Esa que aprendí a apreciar en la Aljafería, en Zaragoza, que ahora veía más bella en mis retinas.

Granada me esperaba, pero la actual, la de los jóvenes inundando las calles y las tiendas. La del cine a 4 euros. Tintín en perspectiva. No ahora, que no llueve. Más tarde. Compro algo para el viaje de vuelta y para la merienda. Ahora. Buen cine. Grande, sin apenas gente. Buena película. Entretenida. Sin pretensiones. Disfrutando. ¿Cuándo no lo he hecho yo en un cine?

Vuelvo al albergue y me espera una fiesta “española” con paella para cenar. Me insiste el cocinero y recepcionista del albergue. ¿Aquí sí me he hecho mayor? No, tampoco. Ya odiaba en mi infancia que la gente me agobiara para que lo pasara bien. Mi concepto de la diversión suele diferir mucho al del resto del mundo. Cenar no entra en mi concepto de diversión, que me obliguen a que me guste, menos. Las nocheviejas siempre han estado sobrevaloradas.

Ya es mañana. La noche pasó un poco peor. Más gente que llegaba escalonadamente. Pocas horas de sueño. La espalda me grita, se ha hecho mayor. Yo no. Pero también quiere seguir viviendo la crónica granadina. Hoy más liviana, solo con mi cámara de fotos y las mismas ganas. El desayuno me despierta. Nocilla. Sonrío mientras me pregunto cuántos años han pasado desde la última rebanada de pan con nocilla. Sigo sin pensar que me he hecho mayor, aunque no recuerde mi última rebanada.

Es mi última mañana. Aprovecho para visitar todo lo que no he podido ver por ser de noche. Me reconcilio con el mundo con la primera gota de lluvia sobre mi cara. Todo es paz a mi alrededor: la gente huye a refugiarse. Yo camino por el centro de la calle. Paso entre tiendas y postales. Elijo dos, tres. Igual de malas todas, a pesar de que la ciudad se merece algo mucho mejor. Me encomiendo a la suerte y giro hacia el río, me alejo del centro y descubro que el sol me sonríe. Adiós lluvia, hola sol.

Continúo subiendo. Hasta el infinito no llego, me quedo en el mirador de San Nicolás. Granada a mis pies. O yo a los suyos. Casas blancas y me pierdo. Imposible no hacerlo en esa zona. Sé que voy a salir. No tengo prisa. Vacaciones. La libertad del tiempo. El que aprovecho, no el que dejo pasar. Regreso al hostal. Ducha, relax. Cita con mis compañeros de máster granadinos.

Tapas de verdad. Las de los universitarios. Un refresco de limón y un rollito de… muy bueno. Otro refresco de limón y un baguel. Un último refresco de limón y una hamburguesa. Bar indio en el que esperaba té y dulces. Los tres nos encontramos un pub, a las seis de la tarde. Y con la Premier League en una pantalla gigante. “Hemos adelantado en el tiempo”. Son las seis, parecen las once. A las ocho nos despedimos. El lunes nos vemos.

Llueve, mucho. Veo las gotas en la terraza del hostal. Me refugio en la habitación. Dos chicos rubísimos hablan algo que no entiendo, pero atino a descifrar “Tak”. Pregunto de dónde son. Noruega. Digo dos palabras en Danés y nos hacemos amigos. Se van de fiesta. Me quedo. La espalda y la garganta llevan mucho cansancio. Nos despedimos. “Te vamos a despertar cuando volvamos”, “yo haré lo mismo mañana cuando me vaya”. Sonrisas. Hav en god dag.

Seis y media. Maleta a oscuras. Sabor agridulce y olor a cerrado. Camino bajo la noche oscura. Estación de autobús y nace el sol.

Cinco horas de autobús. Lluvia en Madrid, mucha. Voto y me voy a trabajar.

La maleta se queda en casa. Todavía estaré de vacaciones cuando vuelva del periódico. La lavadora me despertará del sueño granadino.

Granada. Respiré tus vientos. Me los guardo. En el armario, tu sonrisa.

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