Deambuseando por Madrid

“Al final, como todas, una estrecha”. Al viejecillo que compartió espera de autobús con la brasileña maciza estas palabras le salieron del joven que fue. Envalentonado por las canas y el bastón, la muchacha pareció accesible a sus ojos y ella, condescendiente desde sus tacones y su cuerpazo, cumplió órdenes educativas de responder a aquel abuelillo que le dio las buenas tardes y le preguntó si quería irse a su casa.

Sentados cada uno a un lado del pasillo, el bastón no dejaba de jugar en la mano arrugada, dirigiendo su taco hacia ella, como incitándole, como invitándole, como si aquel trozo de madera extendiera los veinte años del que ya no cumplía los 70. “Al final, como todas, una estrecha”, últimas palabras de una juventud que terminó de expirar en la cara de disgusto de ella.

Yo, agazapada tras un periódico que dejé de leer en la primera página, veía la vida discurrir ante mis ojos. Hasta que decidí bajarme del autobús para coger otro que me llevara a otro trozo de vida. Decidida a no planear, busqué una ruta turística por Madrid en una tarde sin nada que hacer más que vivir la ciudad desde los autobuses.

Ni siquiera elegí número de autobús. Allí, en la parada en la que esperaba mi siguiente trozo de Madrid, unas campanas me recordaron la hora. No la exacta, pero descubrí un campanario para personas como yo, que no aciertan a empezar a contar hasta que no va por la segunda o la tercera porque encuentra más placer en el sonido del badajo golpeando el metal que en lo que significa. Apenas un minuto después de sonar sus primeras voces, repetían actuación, para señalarme que estuviera atenta esta vez. Y no sé por qué, pero me pareció que solo sonaban para mí. Y descubrí que sería feliz si mi reloj de saetas me indicara así las horas.

Llegó un bus y miope como soy, entré sin preguntar número. Y allí me encontró la “vida”.

Subió ella, rubia teñida, cincuentona, falta de cariño y de hombres, rodeada de amigos que no lo eran. Subió él, marido eterno de puro y tirantes, socio de aquel barrio que miraba con desconfianza mis pantalones desgastados. “Yo he pasado de Marlboro a Nobel y de Nobel a ese que no tiene casi nicotina, pero qué quieres que te diga, no es lo mismo”, apuntó ella. “Ya, como un buen puro”, contestó él. “Yo es que he tenido que dejar casi todo lo que me gustaba. Los güisquicitos que te tomas después de cenar, tan ricos, pues también, ahora solo uno y cuando salgo con los amigos pues de copas normales”. “Eso, nada. Baratijas” apostilló él.

El freno me impidió seguir con normalidad la conversación que se relataba justo detrás de mí, pero entonces, la “vida”: “Pues sí, olemos fatal, pero oye, eso es la vida, ¿no? Porque, seamos sinceros, la pasión con tu mujer ya se pasó ¿no?”, inquirió ella. “Hombre, pues imagínate que llevamos 40 años casados, se acabó en el segundo aniversario”, rió él. “¿Y nunca has tenido tentaciones?”, sugirió ella. “Pues como todos, pero de eso hace ya más de 20 años”, recordó él. “Y te hubiera gustado seguir”, aseguró ella por él. “Pues claro, pero ahora ya”, se lamentó él. “Ahora ya, no, ahora ya sí”, le envalentonó ella. “Ya no está esto…”, se señaló la barriga él. “Pues eso está estupendo”, apuntó ella. Sonrió él. Bajó el tono ella: “Yo le haría a eso ahora mismo”, mintió ella. Rió él, 40 años más joven, viendo en ella aquella de 20. La mano de ella en la pierna de él, pícara. La sonrisa de él en las tetas de ella, absorta. “La vida”, se levantó él. Y la vida quedó entre la mirada anhelante de ella en su espalda; los ojos vidriosos de deseo inalcanzado de él en la nada.

“La vida”.

 

APOEL de Nicosia, el (re)nacimiento de una nación

Las guerras, otroras maneras de fusionar territorios, fueron acabando con la paciencia y la resistencia de población civil y altos mandatarios. Así que, se inventó el fútbol, que, además de fomentar la competitividad sana e imprescindible para el desarrollo de la sociedad, integra (y tenía menos bajas).

Con su fanatismo y todo, el fútbol son las guerras del presente. Mismo duelo, misma (o más) rivalidad entre hermanos, países vecinos o continentes, mismo afán por anexionar tierras/aficiones, misma capacidad para crear imperios, naciones, pueblos, Europa.

Mucho más útil que reuniones, conferencias y tratados, el deporte rey también lo es en integración. Y si no, que se lo digan al Apoel de Nicosia. Desconocido equipo de fútbol, y país, en el ámbito europeo, sale a la luz mundial gracias a su clasificación para los cuartos de final de la Liga de Campeones. Proeza pírrica para un club, y un país, que no llega al millón de habitantes y sufre cierto abandono de equipos/países que lo rodean.

Integrada en la Unión Europea desde 2004, la isla mediterránea simboliza la propia Unión a través de sus principios que establecen preservar la cohesión y nexos de solidaridad entre los deportistas. El fútbol, con toda su dimensión social -que nadie hasta el momento ha sabido expresar con exactitud y exhaustividad- es el claro ejemplo de que los pueblos pueden reunirse alrededor de una misma idea, un mismo color, una misma bandera y un mismo televisor para formar parte de algo mucho mayor que no entiende de religiones, razas, sexos, idiomas, nacionalidades y sabores.

Con una mezcla de culturas en las que conviven los más griegos, los más turcos y demás comunidades, Chipre vive una situación peculiar dentro del fútbol, y del mundo. Nacido en 1926, el equipo de fútbol apenas pasaba de ser un grupo de personas con objetivos comunes. ¿Acaso no es el mismo origen de quienes creyeron que la unión energética sería un fin común que haría fuerte a Europa? Y aunque tuvo problemas políticos internos (¿les suena?), lograron crear una liga anual que no pudo abstraerse de la situación conflictiva entre griegos y chipriotas primero y chipriotas y británicos después, pero supieron salir adelante.

Poco a poco, el APOEL se fue afianzando tanto nacional -con varios títulos de liga, sobre todo en los 70-, como internacional, llegando a la Copa de la UEFA y a la primera ronda de la Champions en 2002. Y de ahí, pasito a paso, a la eternidad de los cuartos de final de la Liga de Campeones 2011-2012 que les enfrentará la próxima semana al Real Madrid.

Portugueses, griegos, brasileños, argentinos, macedonios, polacos, armenios, bosnios, croatas y hasta españoles (Urko Pardo) forman la plantilla actual del APOEL, la revelación de una Liga de Campeones y un ejemplo plausible de que el fútbol llega, e integra, donde no alcanza la política.
Chipre entra más en Europa gracias al fútbol

Vientos con sabor a kanelruller y futuro

A punto de oscurecer, el horizonte me indica que falta poco para llegar a mi destino. En la loma ya se asoman los gigantes modernos que hoy Don Quijote miraría con entusiasmo y no con recelo. Ya son el paisaje natural de La Muela y de mi camino a Zaragoza.

Cierro los ojos un momento. Cuando vuelvo a abrirlo los gigantes molinillos siguen erguidos de forma majestuosa, pero no sobre la loma. Ahora surgen del fondo de un mar que llevo echando de menos demasiado tiempo. Uno que descubrí hace mucho y que me descubrió mientras pasaba en tren de una isla a otra, de un mundo al mío, en un país que no está a más de dos mil kilómetros, está en otra galaxia.

Aquellos molinos de viento se precipitaban grandes sobre el mar; orgullo de un país que vive con comodidad con ellos como protagonistas desde antes incluso de que el debate sobre energías renovables saltara a la palestra de lo público. Es el orgullo de un país que sabe más que nadie cómo cuidarse y cómo cuidar lo bello, lo importante, lo natural, la vida. Y que tiene muy en cuenta un futuro que es de todos, aunque tanto nos diferencie su clima, su cultura, su visión del mundo. Si la Europa necesita un 20% de energías renovables para 2020, ellos plantan molinos en sus mares para ayudar. ¿Es caro? Sí, y más en el fondo del mar. ¿Es rentable? Quizá para nuestra visión a corto plazo no lo sea demasiado ¿O sí, y no lo vemos?

Decenas, cientos, miles de estos molinillos de metal, aluminio e imanes vi durante mi viaje. Gracias a ellos me calenté, comí, me duché y descubrí que otro mundo es posible. En mi ruta desde Skagen hasta Århus me topé con no pocos pueblos y granjas en cuyo jardín se cultivaban molinos. Todo un descubrimiento para mí que siempre vi grandes campos en zonas levantadas de España, y que aquí crecían únicos alrededor de las poblaciones.

Skagen, where are you?

En una de esas pequeñas ciudades, sus orgullosos habitantes gestionaban toda su energía a partir de dos “pequeños” molinillos. “Autogestión natural”, lo llamaban en su lengua que cada vez se me hacía menos incomprensible.

Después comprobaría que no era un sitio singular, sino una forma de vida arraigada en la naturaleza y con ella como origen y destino, y que tan lejos veía de que se hiciera real en mi país.

Desde Skagen hasta Ålborg la “autogestión natural” salpicaba el país. El momento que más lejos me sentí de España, con aquel té caliente entre las manos en una granja extraña en la que me sentí en casa. Apenas 200 metros más allá del cristal que me separaba de la nieve, aparecieron en mi vista los responsables de que mis pies estuvieran secos y mi ropa caliente en un 17 de un mes, el de diciembre, que no conocía otro día que no fuera nevado.

El niño que me sirvió el té no conocía otra manera de energía, salvo el petróleo que usaba el bus que lo llevaba cada día a la escuela, autogestionada, claro. Tenía 16 años y los molinos no interrumpían sus fotografías, le conectaban con el mundo porque Facebook era la página principal de su portátil, autogestionado.

Quizá era esa la fórmula mágica que deseaba tanto Europa, y yo, para dejar de pensar en petróleos e inventarnos guerras por ellos. Aunque justo en los días que yo paseaba por el país de los molinos se reunían a poco más de dos horas en tren todos los que debían dar el paso adelante. København albergaba la Conferencia sobre el cambio climático (COP 15), y no pareció que el mundo fuera a cambiar, a pesar de que todos los que allí se reunieron pudieron comprobar que otra forma de gestión es posible. En cualquier caso, si como europeos queremos llegar a reducir el CO2 entre un 80 y un 95%, tal y como prometió la UE, solo tenemos que fijarnos en lo que ya funciona y fomentarlo, ¿por qué es entonces tan difícil?

Aunque ya veía un mundo casi sin CO2 para el 2050, alguna pregunta todavía no tenía respuesta: ¿Dónde y cómo se puede almacenar la energía del viento si se pretende abastecer una superficie mayor que un pueblecito y durante un periodo de tiempo prolongado? ¿Por qué no se fomenta y se publicitan ejemplos plausibles de qué es lo que puede llegar a hacer un molino de viento? ¿A partir de cuándo se puede utilizar este sistema en el día a día? ¿Qué límite tiene? ¿Qué hacemos si la energía nuclear es más potente a corto plazo?

Una luz me devolvió mi imagen en el cristal del autobús. Ya estaba oscuro y el compañero de viaje necesitaba seguir leyendo. El té había desaparecido de mis manos, pero el horizonte me regalaba un fantástico campo salpicado de luces rojas. Los molinos de viento de la Muela siguen en marcha.

Quizá las palabras “autogestión natural” vuelvan a adquirir aquel significado que se me hizo tan cercano en un sitio tan lejano y vuelva a sentirme en casa 2.000 kilómetros más lejos de aquel té autogestionado. Quizá no esté tan lejos: http://www.abc.es/20120324/economia/abci-arranca-francia-mayor-turbina-201203231743.html

LOS IDUS DE MARZO // THE IDES OF MARCH

Nada nuevo bajo el sol. Todo lo que vemos en la nueva película de George Clooney está visto y revisitado. Nada sorprende ni nada nos asusta. Por lo menos, demasiado. Para hablarnos del mundo enrevesado y cruel de la política tenemos miles de ejemplos, pero Los idus de marzo no es una película más. Es un ejercicio de contención y de contar todo sin decir nada, pues en un mundo tan vacuo y descarnado como la política, de nada sirven las palabras.

Medido y comedido, Clooney introduce la cámara en la campaña electoral demócrata. Lucha por el poder en la que todo vale y las amistades no existen, pues todos luchan por su propia salvación, sin importar quien caiga en el camino, aunque se trate de la misma inocencia.

La pérdida de la inocencia se llama Stephen Myers (Ryan Gosling)

Es Ryan Gosling el encargado de acompañar al espectador en la trama absurda, negra y sucia de la política. Con él se va haciendo mayor, consciente e inmune. En la pérdida de la inocencia cabe de todo, pero todo contado con sobriedad, contención y estilo, como las mismas miradas. Para ello Clooney cuenta con unos personajes firmemente definidos, interpretados por unos actores mayúsculos. Comenzado por Gosling, pero con la participación inestimable de Philipp Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Marisa Tomei y el propio Clooney.

Impecables todos en un guión distinguido y sobrio, envuelto en mentiras, engaños, fraudes, escondites y venganzas, como solo la política puede ser en plena campaña electoral, y con una puesta en escena que se queda en la retina durante varios días. Allí están las conversaciones a la luz de la bandera o en el interior de un coche mudo, las miradas a gritos mientras suena un teléfono y la madurez en forma de impasible sed de venganza que nos regala Gosling en esa última escena resumen de lo que la política significa, de lo que la vida significa.
F: 4  B: 7

42 kilómetros de solidaridad en Gaza

Se recaudaron casi 50.000 euros para campamentos de verano para los niños refugiados

Bajo un aguacero, con viento y en un territorio que no invita al paseo porque los que te acompañan llevan metralletas y los pocos edificios que pasas están cosidos a balazos. Así se describe el paisaje protagonista del Maratón de Gaza, la segunda edición de esta competición completamente solidaria que organiza el Comité Español de la Agencia de Naciones Unidascon la participación y la ilusión de varios directivos españoles.

Su objetivo: concienciar sobre la situación de los refugiados en Gaza y recaudar fondos para los Campamentos de Verano para 25.000 niños. Y todo, con la ilusión de apenas 50 corredores que participan en el evento, pero de los que se tiene que destacar su ímpetu, su pasión por ayudar y su capacidad de sacrificio. De los 50, el grupo de trece españoles que se embarcó en la aventura ya llevan mucho tiempo entrenándose todos juntos, para que la motivación no decaiga a pesar del esfuerzo.

No es fácil preparar 42 kilómetros, no es un ejercicio apto para cualquiera y, sin embargo, sus nombres no suenan en el mundo del deporte sino sí en el empresarial. Alfredo Arán es uno de «culpables» de esta iniciativa. Es el Director General de Mapfre Global Risks, y un apasionado del atletismo y de ayudar a niños desfavorecidos.

Pero no es el único que cambia la corbata por las zapatillas y el despacho por un territorio sin comodidades, pero con una inmensa calidad humana de los que viven allí. También están Fernando Alonso Morodo, Director General Ingenico Iberia S.L, Pablo Acuña, Ingeniero de soporte técnico de Ecografía, Natalia Escañuela, Secretaria de Dirección en BME, y Santiago Martín, Director General de una compañía de seguros alemana, entre otros participantes amateurs, pero profesionales en la solidaridad.

El ganador fue Nader al Masri, pero los que de verdad vencieron fueron los 2.200 niños refugiados que corrieron junto a los atletas y que participarán en los Campamentos de Verano.

El grupo de españoles llega radiante a la meta

LAS IMPRESIONES DE ALFREDO ARÁN

Imagínate el maratón más duro que se pueda correr, lluvia constante, frío y rachas de viento de 70/80 kms, siempre de frente que es el peor enemigo de un maratoniano, imagínate un territorio totalmente destrozado porque los mayores no son capaces de ponerse de acuerdo y vivir en paz.
Imagínate que vas corriendo entre campamentos de refugiados, casas cosidas a balazos,hombres armados cuidando de nuestra seguridad constantemente.
Imagínate que es el maratón más pequeño del mundo, imagínate que solo hay cincuenta corredores de todo el mundo, de ellos, trece son de Madrid.
Imagínate que para entrar en Gaza, hasta que no estás en la frontera no sabes si los israelitas te dan el visado o no, y aun así, te tienen 4 horas para cruzar el paso.
Imagínate que estás en la carrera y que corres rodeado de más de 2.000 niños que van haciendo relevos cortos, que te sonríen, que corren a tu lado dándote la mano, imagínate que se les ilumina la cara con una sonrisa y que les haces por unos momentos inmensamente felices.
Imagínate que corres la maratón recaudando fondos para los niños refugiados, para que puedan acudir a los campamentos de verano, igual que tu hijo o el mío.
Imagínate que recaudas casi 50.000 euros y que con ese dinero cerca de 10.000 niños van a poder disfrutar, durante unos días, del deporte y de valores, en sus campamentos de verano.
Imagínate que los doce madrileños que han corrido son amigos tuyos, imagínate que entre ellos también ha corrido tu mujer.
Imagínate cómo me siento. Absolutamente feliz.