El renacer de Maria Sharapova

Alrededor de todos los que le acompañan, Maria Sharapova sobresale sin hacer demasiado. Con un chandal gris y sus grandes ojos marrones claros por tarjeta de visita, la tenista rusa parece ajena a todo el revuelo que generan sus pasos. Esbelta y con una belleza natural que trabaja en el gimnasio, Sharapova aterrizó en Madrid dispuesta a todo, especialmente, recuperar su trono en el número 1 de la clasificación, privilegiada atalaya que alcanzó en 2005. Y comenzó con autoridad en su victoria ante Irina-Camelia Begu por 6-0 y 6-3 el lunes y contra Klara Zakopalova (6-4 y 6-3) el martes.

Apenas supera los 25 años, pero es una cara veterana en el circuito. Fue precoz, mucho, pues ganó su primer Grand Slam con 17 añitos. Fue Wimbledon su bautizo de gloria. Y desde aquel 21 de junio de 2004, su libro de leyenda se fue ampliando con un Open de Estados Unidos (2008) y un Abierto de Australia (2010), como grandes páginas de oro.

Ella misma reconoce que nunca se podía imaginar llegar tan alto con 17 años, nunca se vio capaz de ganar un grande, “no estaba preparada física ni mentalmente, pero lo hice y estoy muy orgullosa”. Esa base de calidad en su raqueta se ha ido consolidando con el tiempo. También, reflexiona, en cada edad vas pasando situaciones diferentes que te orientan y te forman. “No puedo comparar las dos épocas, los cambios que se producen al pasar los años no solo te afectan en el plano profesional. La edad, los que te rodean, las experiencias que vives… todo cambia y todo te hace cambiar”.

Ha modificado su forma de entrenarse, añadió ajustes en su equipo, algunos funcionaron, otros no, pero todos le han ayudado a ganar confianza. Como su victoria en Stuttgart. Trampolín para luchar por un objetivo para 2012 que pasa por regresar al número 1 con un Grand Slam en el camino. “Madrid es un gran entrenamiento para Roland Garros. Si lo hago bien aquí, me vendrá bien para París”, afirma sin perder la sonrisa. Una concentrada, cauta, pausada, sin estridencias. No tiene 17 años y se le nota también en las respuestas.

“Nunca pensé que podría ganar Wimbledon con 17 años;
no estaba preparada ni física ni mentalmente”

La vida en el circuito es dura, la rivalidad en las pistas no se torna amistad fuera de ella aunque se compartan cafés en cada torneo: “Cada día ves a gente con la que te tienes que enfrentar, y que luchan por lo mismo que tú. No se pueden crear amistades personales. No estoy interesada en tomarme con café con alguien que será mi rival”, concede, recordando su imagen estricta. El equilibrio mental le llega desde la infancia, de aquellos amigos cercanos de toda la vida a quienes aprecia porque le apoyaron desde el principio, le ayudaron a llegar y, después, se convirtieron en fans.

Concentrada su mente en el tenis, sabe que no puede descuidar el futuro. El suyo puede pasar por la moda, con la que ya juega en los ratos en los que no está en la pista. Diseña su propia ropa para Nike, quiere estar cómoda con lo que lleva, y es algo que le divierte y se le da bien. Ya en su infancia retocaba ropa que le regalaban para que le quedara bien y esa costumbre se fue convirtiendo en algo más que un hobbie. “Lo que más satisfacción me da es inventar algo sobre un papel y que al cabo de un mes me encuentre niñas vestidas con esa ropa que dibujé yo. Es increíble”.

Sin decantarse por ningún color en especial por la ropa, en el torneo de Madrid impera el azul, aunque reconoce, con un punto de tradición, que le gustaría que volviera al color original. Aunque no le incomoda y solo busca el siguiente paso. “Visualmente es muy distinta, pero tenemos que adaptarnos a muchas cosas, no solo al color. Supongo que lo han hecho para mejorar el espectáculo y que lo vean mejores los espectadores. Está ahí, y ya”. Y sobre el azul Irina-Camelia Begu fue la primera víctima de este hambre renovada y madura que estrena con intención de que dure mucho tiempo. “Sería fantástico recuperar el número 1 y ganar algún grande más. Sé que puedo hacerlo”.

Es consciente de la dureza del objetivo, sobre todo porque el tenis femenino es más físico cada día y nadie puede dormirse, las jóvenes golpean fuerte. Ella lo sabe mejor que nadie, pues fue una de las promesas que le robaron el trono a las veteranas hermanas Williams (ganó Wimbledon a Serena por 6-1 y 6-4), y aunque no le gusta mucho definirse, la palabra apasionada sale de sus labios con una sonrisa sincera. La adolescencia quedó muy atrás, pero la pasión por superarse y estar en lo más alto continúa inquebrantable a cualquier circunstancia, a cualquier lesión, a cualquier rival.

Los años pares le gustan, sobre todo desde que 2009 lo tuvo que pasar fuera del circuito por las dolencias en su hombro. Ahora, en 2012, se siente más en forma que nunca, con la mentalidad más fresca y más madura. “Puedes apuntar que también me considero extrovertida”, recuerda de pronto, borrando de un manotazo la imagen fría con la que se asociaba a su figura. Su belleza permanece, pero Sharapova viene en serio, a demostrar que es mucho más que los gritos y los pases de modelos con los que se hiciera famosa. Sharapova vuelve a brillar sobre la pista, y con paso decidido.

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Y entonces grité “GOOOL”

Muertos mis caminos del deporte, derrotada la ilusión por victorias que jamás volverían, mi vida se despegó por completo de todo lo que tuviera que ver con balones, pistas, pelotas, entrenamientos y zapatillas. Arrinconadas las raquetas, también apagué la radio los domingos de carrusel y, aunque seguía encendida en la habitación contigua, el dolor de espalda me pinchaba con cada gol y cada saque, por lo que decidí crear una barrera antideportiva a mi alrededor.

Tan irónica es la vida que me encontré, varios años después, revolviendo la memoria de mi muñeca derecha, regocijándome de nuevo con el reflejo de la tierra batida en el televisor y descubriendo que la caja cerrada del deporte apenas quedaba en la superficie de mi olvido. Jamás se fue y, poco a poco, se fue abriendo. Poco a poco, sin casi notarlo, las luces se encendían de nuevo en mi muñeca, en mi pie, en mi cabeza.

Salir a correr, hablar de tenis, de fútbol, buscar historias en deportes “que a nadie le interesan” y, sobre todo, volver a disfrutar y vibrar en un estadio. Uno nuevo, grande, especial. Solo miré al suelo, sin levantar la vista de las escaleras ni un ápice, concentrada en no ver más allá porque siempre, la sorpresa tiene que llegar al final. Las conté, aunque ya no recuerdo cuántas fueron las escaleras que mis pies y mi ilusión superaban en cada tramo. Decidí que el resto de mis sentidos también jugaba y me dejé llevar, mientras mi mirada solo me devolvía el gris del suelo, por los rugidos que ya comenzaban a sobresalir de cada puerta.

Llegué al final, ya mis nervios acumulados en el estómago y pendientes de un sonido que de murmullo pasó a ser euforia cuando abrí los ojos y me encontré en el abismo del Santiago Bernabéu, concedida mi entrada al mayor forofo que he conocido en mi vida. Él tuvo la culpa de que mi vena deportiva, largamente aletargada, despertara del todo, con un grito que hasta a mí me sorprendió.

Rotas las cadenas del ostracismo antideportivo, mis cuerdas vocales se volcaron con los cánticos de la grada y, aunque lejanos a mis colores, me dejé llevar por la emoción que desprendía el ambiente, por la brisa que llevaba a los jugadores tornado viento huracanado cuando se acercaban a la portería. El Madrid-Barça lo viví ajena a cualquier forofismo, pero imbuida de su ambiente, de un color y otro. Me di cuenta de que no me importaba el vencedor, pero quería ver goles, jugadas maestras, tiros de falta prodigiosos, remates de cabeza impecables, gritos ante una tarjeta que no era, silbidos para un jugador marcado.

Quería disfrutar de todo eso, como aquellas veces, como siempre, me repetía mi cabeza. Nunca lo había abandonado, me abandoné yo a otro tipo de vida que no era la que quería, ahora me doy cuenta porque entonces grité “GOOOOL”.