Y entonces grité “GOOOL”

Muertos mis caminos del deporte, derrotada la ilusión por victorias que jamás volverían, mi vida se despegó por completo de todo lo que tuviera que ver con balones, pistas, pelotas, entrenamientos y zapatillas. Arrinconadas las raquetas, también apagué la radio los domingos de carrusel y, aunque seguía encendida en la habitación contigua, el dolor de espalda me pinchaba con cada gol y cada saque, por lo que decidí crear una barrera antideportiva a mi alrededor.

Tan irónica es la vida que me encontré, varios años después, revolviendo la memoria de mi muñeca derecha, regocijándome de nuevo con el reflejo de la tierra batida en el televisor y descubriendo que la caja cerrada del deporte apenas quedaba en la superficie de mi olvido. Jamás se fue y, poco a poco, se fue abriendo. Poco a poco, sin casi notarlo, las luces se encendían de nuevo en mi muñeca, en mi pie, en mi cabeza.

Salir a correr, hablar de tenis, de fútbol, buscar historias en deportes “que a nadie le interesan” y, sobre todo, volver a disfrutar y vibrar en un estadio. Uno nuevo, grande, especial. Solo miré al suelo, sin levantar la vista de las escaleras ni un ápice, concentrada en no ver más allá porque siempre, la sorpresa tiene que llegar al final. Las conté, aunque ya no recuerdo cuántas fueron las escaleras que mis pies y mi ilusión superaban en cada tramo. Decidí que el resto de mis sentidos también jugaba y me dejé llevar, mientras mi mirada solo me devolvía el gris del suelo, por los rugidos que ya comenzaban a sobresalir de cada puerta.

Llegué al final, ya mis nervios acumulados en el estómago y pendientes de un sonido que de murmullo pasó a ser euforia cuando abrí los ojos y me encontré en el abismo del Santiago Bernabéu, concedida mi entrada al mayor forofo que he conocido en mi vida. Él tuvo la culpa de que mi vena deportiva, largamente aletargada, despertara del todo, con un grito que hasta a mí me sorprendió.

Rotas las cadenas del ostracismo antideportivo, mis cuerdas vocales se volcaron con los cánticos de la grada y, aunque lejanos a mis colores, me dejé llevar por la emoción que desprendía el ambiente, por la brisa que llevaba a los jugadores tornado viento huracanado cuando se acercaban a la portería. El Madrid-Barça lo viví ajena a cualquier forofismo, pero imbuida de su ambiente, de un color y otro. Me di cuenta de que no me importaba el vencedor, pero quería ver goles, jugadas maestras, tiros de falta prodigiosos, remates de cabeza impecables, gritos ante una tarjeta que no era, silbidos para un jugador marcado.

Quería disfrutar de todo eso, como aquellas veces, como siempre, me repetía mi cabeza. Nunca lo había abandonado, me abandoné yo a otro tipo de vida que no era la que quería, ahora me doy cuenta porque entonces grité “GOOOOL”.

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