El ídolo que salió de mi pared para liberar mi pasado

Decoró las paredes de mi habitación durante buena parte de mi infancia. Allí, pegado con chinchetas, me miraba cada noche cuando volvía de entrenar. Me corregía y me animaba, dependiendo del día. Me acompañó hasta que mi espalda no quiso continuar y en un manotazo de ira, rabia e impotencia, sus huesos dieron a parar a una caja. Nunca más quise saber de él.

Y nunca más supe de él. Pero la vida, juguetona como es ella, quiso regalarme la oportunidad de reconciliarme con el ídolo que decoraba mi habitación, y hasta conmigo misma. Aquella rabia interior ya no era necesaria, pero sé que la sigo sintiendo, en ocasiones, en punzadas de dolor en cuanto Federer golpea la pelota y yo no sé ya ni cómo le contestaría.

De carne y hueso se presentó en mi vida. Así, como si se tratara de uno de esos trucos de magia que tanto me fascinan y que nunca he querido preguntar el secreto. La emoción se adueñó de mis sueños ya la noche antes, con una frase que se repitió hasta casi convertirse en pesadilla: “Estaría bien hacer la entrevista, pero hazla tú”. Los nervios. La noche eterna. La mañana más larga aún porque desde las seis estuve garabateando notas en un cuaderno que se empeñaba en devolverme ilegible la que iba a ser la entrevista de mis sueños.

Mi mano, todavía con nervios en cada vena, cogió la grabadora y llegó al lugar de la entrevista. El fotógrafo no dejaba de preguntarme dónde iba a ser el encuentro y dónde se iba a poner él. Y yo no dejaba de preguntarme si aquello ya era parte del día o seguía en la noche.

Llegó, se sentó, nos presentamos y el resto de mí desapareció. Borrosa como en un sueño, solo dejé espacio en mi cerebro para que aprehendiera todos y cada uno de sus gestos, sus palabras. Aterrada por el inglés, pareció que me hablaba en un correctísimo español. Así estaban mis sentidos, todos puestos hacia un tenista que había salido de las paredes de mi habitación para decirme que la vida continuaba. Que ya ninguno jugamos a tenis, pero que hemos descubierto otros placeres, otras pasiones, que quizá no llenen tanto como lo hacía la raqueta antes, pero que quizá algún día lo hagan.

Terminé de hablar con él. Quizá no debí hacerlo. Supongo que no es ser buen periodista. Pero no pude callármelo. Quizá esa fue la única vez que lo vería en mi vida. Se lo dije. “Tú decorabas mi habitación”. Volví a tener 10 años, volví a desenrollar el póster. Volví a colgarlo con chinchetas. Volví a quedarme allí parada mirándolo, imitando su gesto. Volví a soñar que jugaba contra él. Y él, allí, 20 años más tarde, me devolvió el golpe en forma de sonrisa. “Muchas gracias”, me dijo. Un muchas gracias que sirve para abrir la caja de mi pasado tenístico, guardar este nuevo recuerdo y volver a cerrarla con un sello de gratitud, por todos esos años en los que fui feliz sin proponérmelo. En los que era yo contra el mundo y casi, casi siempre, salí vencedora.

Veinte años más tarde, me volví a encontrar conmigo misma.

El póster se convirtió en miradas, gestos, palabras
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