De las guerras a las medallas

Un fogonazo y sus ojos se apagaron. La explosión sucedió justo bajo sus pies y no pudo evitarla. Este viernes se cumplirá un año desde que Bradley Snyder (Reno, Estados Unidos, 29-2-1984) perdiera la visión en Afganistán. La guerra y sus bombas trampa. Sin embargo, el norteamericano soplará la vela compitiendo en la prueba de 400 metros estilos. Sus convicciones de honor, compromiso y valor se mantienen intactas, aunque las destine a un escenario diferente -la piscina, donde en estos Juegos Paralímpicos ya ha logrado un oro y una plata.

Brad Snyder, en la guerra de Afganistán

Con su formación y preparación militar, Snyder tenía el cuerpo listo para competir en cualquier evento de élite, pero no siempre es tan fácil aceptar la situación y redirigir los pasos hacia un camino en el que nunca se había pensado. La barrera psicológica a veces es demasiado alta. «El peor momento no es el del accidente, sino cuando el paciente se sienta en su silla de ruedas o abre los ojos para no ver nada», explica a ABC María Ángeles Pozuelo, psicóloga clínica del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. «Ser joven es una garantía, pero hay que tener en cuenta la “resiliencia”, la capacidad de adaptación y reacción ante situaciones adversas. Y cada persona tiene una distinta», dice. El trabajo del psicólogo es fundamental para que la vitalidad de un chico como Snyder no se pierda entre la depresión y la autocompasión.

«Se trata de aprovechar las potencialidades que ya tiene el paciente y descubrirle las que creía que no tenía». Es lo que hicieron los psicólogos del ejército británico por los que pasaron los deportistas del programa Battle Back. Seis de ellos compiten en Londres y lo siguen dando todo por su país, el honor, la vida o las medallas. Como Jon-Allan Butterworth, que perdió un brazo en Irak y ha ganado tres platas en sus pruebas de ciclismo en pista.

Brad Snyder logró una medalla de oro justo un año después de perder la vista en la guerra

Especial es el caso de Derek Derenalagi, que no solo se quedó sin piernas por una explosión en Afganistán, sino que fue dado por muerto. Reconducir su fuerza hacia el deporte ha sido su resurrección. Aunque no consiguió medalla en disco, el Estadio Olímpico agradeció su dedicación al país, dentro y fuera del deporte, con un largo aplauso y la grada puesta en pie.

«Hay quien después de sentarse en una silla se atreve a hacer cosas que no se hubiera planteado con sus dos piernas hábiles», dice Pozuelo. Ya se había atrevido a hacer de todo Netra Rana, aunque su pierna amputada hace cuatro años por una bomba que explotó mientras conducía en Afganistán no le dejaba caminar más de una hora sin dolor. La posición más cómoda era estar sentado y el voleibol lo volvió a convertir en el héroe que fue en la guerra. El equipo británico, en el que coincide con otra excombatiente, Samantha Bowen, le hizo volver a ser útil, «importantísimo para la recuperación». Fueron a la guerra como números y salen de los Paralímpicos como héroes.

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Las esbeltas prótesis de Jessica long

Con sus piernas de metal, la nadadora de 20 años escala, baila, desfila y gana medallas

Se abraza a su hermana después de ganar su último oro, el quinto en estos Juegos. Ha venido a verla y comparte su foto en Twitter. Su afición a las redes sociales va con la edad. Jessica Long (Irkutusk, Siberia, 1992) tiene 20 años, pasión por las patatas fritas y «Anatomía de Grey», quince medallas paralímpicas (siete en Londres); y las piernas amputadas.

Debido a una malformación congénita, Long nació sin peronés, ni tobillos ni huesos del pie, y en Siberia, una discapacidad es sinónimo de abandono. Durante 13 meses permaneció en un orfanato ruso hasta que la adoptó una familia de Oregón que decidió operarla a los 18 meses para evitarle más dolores. Tardó apenas unos días en acostumbrarse a sus nuevas prótesis. Las carreras por el jardín y los deportes fueron algo natural en ella. Se inició en la gimnasia deportiva, pero los médicos pensaron que sus rodillas se verían muy resentidas. Probó la piscina, en casa de sus abuelos, y le pareció durísimo, el primer día. Ya no pudo despegarse de ella, aunque tampoco se le daba mal la escalada, donde quedó segunda en una carrera de deportes extremos, el patinaje artístico o incluso los cursos de animadora.

Su precocidad para aprender los estilos no pasó inadvertida para los ojeadores del equipo nacional estadounidense y la seleccionó para acudir a los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004. Tenía 12 años, pero el mismo desparpajo que en el instituto la hiciera popular, lo descargó en la piscina. Ganó tres medallas de oro. A partir de ese momento sus carreras en el agua se contaron por récords y sus participaciones en los Juegos Paralímpicos, en medallas. De Pekín se llevó 4 oros, 1 plata y un bronce y en Londres ha conquistado cinco oros, dos platas y un bronce.

Ya no puede imaginar su vida con piernas y aunque pasó una temporada en la que pensó en dejarlo, tal era la atención mediática que había despertado, su nuevo entrenador, Dave Denniston, inmovilizado de pecho para abajo, le hizo recuperar la ilusión para inspirar a deportistas más jóvenes. No obstante, no pierde de vista su futuro y prepara su cuerpo para las pasarelas y las sesiones de fotos. Ya fue modelo de Ralph Lauren. No quiere irse de Londres sin hacerse una foto en una cabina roja y en su móvil, la felicitación de la madre de Michael Phelps por su carrera de ayer luce destacada.

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El taller de los campeones

Miguel Orobitg, tirador paralímpico, necesita unas protecciones fijas en su silla de ruedas. Por el momento, ha improvisado con unos cartones, pero con el tiempo de Londres, precisa que entre las ruedas y él haya algo mucho más seguro. Tuvo que hablar con los árbitros de su prueba de carabina para que le especificaran qué altura podían tener como máximo. Y con los datos en la mano se presenta en el centro de reparación de prótesis, ortopedias y sillas de ruedas de la villa paralímpica para que lo hagan realidad. [Fotogalería: el taller de los campeones]

Entrar en el taller es como hacerlo en un hospital. Los deportistas presentan su acreditación y esperan a que un técnico les llame. En la mesa en la que atienden a Miguel —en alemán, uno de los 20 idiomas que se hablan en el taller—, un brazo y un pie descansan inertes mientras sus dueños comparten risas. A la mano se le ha salido una pieza, al pie le falta una almohadilla. Ambas serán llamadas paraentrar en la sala de urgencias, como lo hace la silla de Miguel, mientras él espera fuera.

Los golpes de martillo y el sonido de la soldadura es lo primero que se escucha dentro, una sala diáfana con varias mesas de trabajo milimétricamente situadas y herramientas necesarias para cambiar un tornillo o hacer una pierna ortopédica nueva. “Normalmente se necesitan seis o siete días para crear una pieza entera, aquí la hacemos en seis horas. Ellos lo necesitan”, cuenta Alberto Hernández, médico especialista en prótesis que lleva dos años trabajando en Ottobock.

Los técnicos, de 23 países distintos, están especializados en diferentes aspectos de las prótesis, órtesis y sillas de ruedas, pero todos son capaces de arreglar cualquier elemento. Y hay muchos en la villa. Desde que comenzaran a trabajar el pasado jueves, ya han hecho más de mil arreglos. Aceptan cualquier desafío, y si se les han terminado las piezas para repararlo, en un máximo de 24 horas lo tienen disponible.

Lo más difícil para estos técnicos no es arreglar lo que se haya estropeado sino luchar con la presión de que por sus manos pasan las opciones de medalla de cualquier deportista: “Ellos se han preparado durante cuatro años, hay países que han tenido que hacer grandes esfuerzos para traer a los deporistas a Londres. Nosotros no podemos fallar, no nos podemos permitir que en el último paso hacia la meta una de las piezas que hemos reparado aquí se rompa”, confiesa Hernández, . Se prueba una y mil veces en el taller, pero el verdadero test comienza cuando se le da al deportista: “Le decimos que la pruebe durante unas horas y que con cualquier molestia venga para decírnoslo. Es una presión enorme, pero también es muy gratificante ver que todo sale bien. Sientes que la medalla también la logras tú”.

En Londres reparan, en Alemania crean

Hernández pasó un tiempo de formación en la central alemana, el origen de todo. Cada pieza, cada mecanismo, cada tela, cada técnico, cada instrucción parten de allí, “así nos aseguramos que toda la cadena haya pasado el mismo nivel de calidad”, en cualquier lugar del mundo. Este taller de cosas inanimadas fue creado por Otto Bock en 1919 para ayudar a los veteranos de guerra. Tantos fueron los pacientes con miembros amputados y tantos son ahora, que la empresa familiar creció hasta convertirse en el centro de alta tecnología que es hoy. Más de 2.000 ingenieros y médicos, y un presupuesto de 30 millones de euros en I+D, crean y desarrollan la máquina perfecta para mejorar la calidad de vida de todos, deportistas o no. Uno de sus logros, la rodilla biónica: «La controla un ordenador, y si pudieras quitarte la tuya y ponerte esta, no notarías la diferencia», explica Hernández, que termina en el taller una pierna ortopédica entera. La supervisa un técnico que también lleva prótesis, su experiencia supera cualquier formación y ofrece las garantías de un resultado de medalla.

Está perfecta, como la silla de Miguel, con sus nuevas protecciones. El pie sin almohadilla es el siguiente.

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Un Big Bang para abrir los Paralímpicos

Dos horas antes de que diera comienzo el espectáculo, el Estadio Olímpico de Stratford ya bailaba al son de la música ambiente. Se inició la ola y la espera se convirtió en otra fiesta. La expectación era máxima, pues los rumores de que aparecería en escena Stephen Hawking aumentaron con el paso de los minutos.

No fue un rumor, y la ceremonia inaugural de los decimocuartos Juegos Paralímpicos de la historia tuvo un maestro de ceremonias de excepción. Bajo el satélite lunar, el brillante científico reivindicó la superación física y mental para mejorar la vida de los humanos.

Junto a él, el actor Ian McKellen interpretó a Próspero, protagonista de “La Tempestad”, obra de Shakespeare, símbolo inglés que bailó a ritmo de Rihanna y su canción “Umbrella”. Y muchos paraguas protagonizaron el espectáculo, porque este invento no podía nacer en otro lugar que no fuera la ciudad de la lluvia. Sin embargo, no hubo gotas que aguaran la fiesta y sí átomos de hidrógeno que se deshacían al tocarlos, fórmulas matemáticas que surcaban las gradas, manzanas que iluminaron la mente de Newton. Instantes de inspiración de seres humanos que mejoraron la vida de los seres humanos.

La ciencia como impulsor de mejoras tecnológicas y espíritu de superación para hacer que la vida sea más llevadera para todos. «Mirad las estrellas, no vuestros pies. Intentad darle sentido a todo cuanto veis, y maravillaos de lo que hace que el universo exista. Sed curiosos», aconsejó Hawking mientras miles de flashes contemplaban atónitos el abrir de un ojo, un párpado que se abrió para que se creara el hemisferio norte. En su cima, Miranda, hija de Próspero en “La Tempestad”.

La Reina, sin paracaídas
En medio de la fiesta, el momento más solemne, el que más unió a los asistentes locales. La Reina de Inglaterra, que no llegó esta vez en paracaídas, saludó a los asistentes mientras la bandera británica hizo acto de presencia. Custodiada por elegantes representantes de los ejércitos británicos se izó mientras el himno levantó a ochenta mil personas de sus asientos.

Y después, la fiesta de los deportistas. Uno a uno fueron desfilando los 164 países que participarán a partir de mañana en los once días de espíritu paralímpico de Londres 2012. La delegación española, con una brillante y sonriente Teresa Perales al frente, mostró su orgullo con saludos, gritos y emoción.

“Es vuestro momento”, les repetían durante estos días previos. Lo fue. Es su momento, es su fiesta y el Estadio Olímpico les brindó el homenaje que merecen. Homenaje por su orgullo, el que solo puede ofrecer quien lo da todo por nada, a quien la ley de la gravedad le tira cien veces y cien se levanta.

Próspero regresó para conducir a su hija hacia nuevas sendas. Un telescopio, la manzana de Newton y el sistema solar la ayudaron a encontrarlo en un bosque de libros, palabras y letras que conformaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los fuegos artificiales acompañaron la división del hemisferio norte, Miranda por fin encontró su destino, el cielo. Y desde allí bajó la antorcha. El marine Joe Townsend, que espera acudir a los próximos Juegos en Río fue el héroe volador que depositó la llama en manos de Margaret Maughan, primera medallista paralímpica oficial, iluminara el pebetero que alumbrará a los deportistas a partir de hoy y hasta el próximo 9 de septiembre.

Y de Hawking fue el último suspiro: “Los Paralímpicos han transformado nuestra percepción del mundo. La creatividad puede tomar muchas formas”.

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