El taller de los campeones

Miguel Orobitg, tirador paralímpico, necesita unas protecciones fijas en su silla de ruedas. Por el momento, ha improvisado con unos cartones, pero con el tiempo de Londres, precisa que entre las ruedas y él haya algo mucho más seguro. Tuvo que hablar con los árbitros de su prueba de carabina para que le especificaran qué altura podían tener como máximo. Y con los datos en la mano se presenta en el centro de reparación de prótesis, ortopedias y sillas de ruedas de la villa paralímpica para que lo hagan realidad. [Fotogalería: el taller de los campeones]

Entrar en el taller es como hacerlo en un hospital. Los deportistas presentan su acreditación y esperan a que un técnico les llame. En la mesa en la que atienden a Miguel —en alemán, uno de los 20 idiomas que se hablan en el taller—, un brazo y un pie descansan inertes mientras sus dueños comparten risas. A la mano se le ha salido una pieza, al pie le falta una almohadilla. Ambas serán llamadas paraentrar en la sala de urgencias, como lo hace la silla de Miguel, mientras él espera fuera.

Los golpes de martillo y el sonido de la soldadura es lo primero que se escucha dentro, una sala diáfana con varias mesas de trabajo milimétricamente situadas y herramientas necesarias para cambiar un tornillo o hacer una pierna ortopédica nueva. “Normalmente se necesitan seis o siete días para crear una pieza entera, aquí la hacemos en seis horas. Ellos lo necesitan”, cuenta Alberto Hernández, médico especialista en prótesis que lleva dos años trabajando en Ottobock.

Los técnicos, de 23 países distintos, están especializados en diferentes aspectos de las prótesis, órtesis y sillas de ruedas, pero todos son capaces de arreglar cualquier elemento. Y hay muchos en la villa. Desde que comenzaran a trabajar el pasado jueves, ya han hecho más de mil arreglos. Aceptan cualquier desafío, y si se les han terminado las piezas para repararlo, en un máximo de 24 horas lo tienen disponible.

Lo más difícil para estos técnicos no es arreglar lo que se haya estropeado sino luchar con la presión de que por sus manos pasan las opciones de medalla de cualquier deportista: “Ellos se han preparado durante cuatro años, hay países que han tenido que hacer grandes esfuerzos para traer a los deporistas a Londres. Nosotros no podemos fallar, no nos podemos permitir que en el último paso hacia la meta una de las piezas que hemos reparado aquí se rompa”, confiesa Hernández, . Se prueba una y mil veces en el taller, pero el verdadero test comienza cuando se le da al deportista: “Le decimos que la pruebe durante unas horas y que con cualquier molestia venga para decírnoslo. Es una presión enorme, pero también es muy gratificante ver que todo sale bien. Sientes que la medalla también la logras tú”.

En Londres reparan, en Alemania crean

Hernández pasó un tiempo de formación en la central alemana, el origen de todo. Cada pieza, cada mecanismo, cada tela, cada técnico, cada instrucción parten de allí, “así nos aseguramos que toda la cadena haya pasado el mismo nivel de calidad”, en cualquier lugar del mundo. Este taller de cosas inanimadas fue creado por Otto Bock en 1919 para ayudar a los veteranos de guerra. Tantos fueron los pacientes con miembros amputados y tantos son ahora, que la empresa familiar creció hasta convertirse en el centro de alta tecnología que es hoy. Más de 2.000 ingenieros y médicos, y un presupuesto de 30 millones de euros en I+D, crean y desarrollan la máquina perfecta para mejorar la calidad de vida de todos, deportistas o no. Uno de sus logros, la rodilla biónica: «La controla un ordenador, y si pudieras quitarte la tuya y ponerte esta, no notarías la diferencia», explica Hernández, que termina en el taller una pierna ortopédica entera. La supervisa un técnico que también lleva prótesis, su experiencia supera cualquier formación y ofrece las garantías de un resultado de medalla.

Está perfecta, como la silla de Miguel, con sus nuevas protecciones. El pie sin almohadilla es el siguiente.

En ABC, pincha aquí.

 

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