Tu mano

Tu mano, todavía tan infantil que se cuela entre las dos camas, me roza como un suspiro en un sueño compartido. Te enviaron a dormir, pero no querías hacerlo sola. En la habitación te encontraste con dos camas y preguntaste para quién era. Aparecí yo y tu sonrisa se multiplicó en mis ojos, casi brillantes porque no me esperaba esta reacción. Estás tan mayor que temí perder ese vínculo tan únicamente nuestro. No quisiste dormir antes de que yo llegara y yo no me quise perder la experiencia de oírte respirar mientras tu cerebro creaba sueños en los que siempre serás la princesa aunque el vestido se llene de jirones porque todavía la bicicleta está algo indomable. Te prometí que iría a la cama en cuanto subiera de hacer pis. Abrí la puerta y allí estabas, mirando fijamente la puerta, esperándome con los ojos como platos y una sonrisa de esas tan tuyas que no te caben en la cara de torta que tienes.

Te dije que había que dormirse enseguida porque era muy tarde, pero tenía tantas o más ganas de jugar que tú, de dar botes encima de la cama hasta que nos dieran la bronca, de que me contaras qué tal la piscina con David y tus últimos días en el cole. Me lo contaste a tu manera, haciendo volteretas sin hacer mucho ruido y luego riéndonos porque nos iban a pillar. Tardamos en dormir, yo más que tú porque quería taparte cada vez que tus pies se deshacían de las sábanas. A la tercera me convenciste de que tenías calor de verdad y te dejé en paz. Lo siento, soy una pesada y todavía no controlo bien tus deseos.

Tardé en dormirme porque tus ojos, enormes durante el día, se volvieron pequeños; tus manos, siempre revolucionadas en cualquier juguete o en cualquier columpio, descansaban plácidas a los lados de tu cuerpo; ese tan fuerte que no entiende de caídas cuando hay sol, se relajó hasta el límite de poder moverte para que no te cayeras sin que te despertara.

Me dormí, temiendo molestarte si mantenía mi dedo rozando tu cara dormida, seria pero relajada. Me separé y me di la vuelta para darte tu espacio. Siempre va a ser así, y si no lo es, dímelo que es que me estará entrando el mono de sobrina y ya sabes que soy un poco tonta para darme cuenta.

Escuché las campanadas de las cinco y te vi, en la penumbra, con medio cuerpo entre tu cama y la mía. Ese espacio que te dejé libre lo habías llenado durante la noche y solo pude darte las gracias arropándote más, quizá a estas horas, casi en el Pirineo empezara a refrescar y quería que estuvieras lista para salir a correr en cuanto te pusieras las zapatillas y te comieras las galletas del desayuno. Volví a ponerte en el centro de la cama con el miedo de quien toca una bomba a punto de explotar, pero solo estallas en los columpios o cuando alguno de nosotros, con una falta de tacto injustificable, te lleva la contraria para hacerte rabiar.

Sonó la campanada de las cinco y media y fue entonces cuando noté como un suspiro tu mano encima de mi brazo. No me pude mover, tampoco quise, y ya no me apeteció dormir más a pesar del cansancio que llevaba encima. Quería sentirte y alimentar ese vínculo que sé que se perderá por momentos, pero acabaremos recuperando en la hora de la siesta.

Eran las nueve cuando te despertarte y me llamaste para que hiciera lo mismo. “Ya hay luz”, dijiste. Es la hora de correr, de jugar, de hacer puzzles y de divertirse, no de dormir. A duras penas te hice caso, pero no me quería perder tu amanecer, tus ojos expandiéndose al oír cantar a las golondrinas que siempre, en todos los veranos de mi infancia, han venido a despertarme. Ahora lo hacen contigo, y la sorpresa y la emoción es la misma que sentí yo cuando las escuché por primera vez. Y fue como volver a escucharlas por primera vez. Nunca sonaron tan graciosas, tan rápidas, tan alegres como esta mañana de sábado en la que compartimos sueños y despertares.

Solo tardaste cuatro galletas en olvidarte de la noche, de tu mano en la mía. Las cuatro galletas que te separaron de Jara, una niña de tu edad con la que congeniaste enseguida y por quien me sustituiste. Dolió, no te lo voy a negar, pero voy aprendiendo a superarlo, es tu vida y eso es lo más importante para mí. Sé que el vínculo no se perderá. Siempre habrá una mano para cogerte cuando te caigas o con la que enseñarte a hacer albóndigas y hamburguesotas de barro. Esas que a tu madre tan poco le gustan, pero que descubriste conmigo hasta que llegó Jara. Es mi papel, ofrecerte una mano para que te guíe mientras aprendes a caminar por la cuerda floja y la sueltes cuando te sientas indestructible, como pasó cuando Jara te preguntó qué hacías. Ya habías aprendido a hacer croquetas de barro, ya mandabas tú, no me necesitabas. Me alegré, aunque dolió, no te lo voy a negar.

Sé que el vínculo no se perderá. Lo sé porque descansa en el balcón nuestra primera albóndiga de barro. Lo sé porque te enseñé que no se te caen los vasos por mucho que te digan tus papás o los abuelos y me diste las gracias con un abrazo en las piernas que no esperaba. Lo sé porque me comí una galleta más para que ganaras la carrera de quién se acaba antes el desayuno y compartiste el premio de lacasitos conmigo. Lo sé porque te pasé la servilleta por la cara antes de comer los macarrones para hacerte rabiar y en lugar de enfadarte tus ojos se volvieron hacia mí, y tu sonrisa, esa que no te cabe en la cara de torta que tienes y te limpiaste las migas en mí. Otra vez tu mano, en mi brazo.