Ruidos nuevos

Cierro los ojos y la gota me golpea en el oído, monótona, regular e implacable. Me levanto en su busca y me acecha un nuevo sonido que no identifico, pero que se amplifica en la soledad de la madrugada. En el camino, mis pies, vacilantes y desnudos, encuentran un crujido que acaba de nacer.

Después de vagabundear y obligar a mis ojos a mantenerse alerta cuando ya el sueño les atrapaba, no encuentro la gota, no hay ni rastro de ese otro sonido indescriptible por desconocido, pero el crujido me lo salto.

Vuelvo a cerrar los ojos con la gota atormentando mis oídos, rebosantes de felicidad, colmados de la alegría de saber que tardaré un tiempo en domesticar estos nuevos ruidos. Los que estreno en mi nueva casita. Bienvenidos.

 

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BLUE VALENTINE

Una película donde nunca ocurre nada porque solo pasa la vida. Así es Blue Valentine, agotadora sin que apenas camine por dos brevísimos momentos de una existencia que se nos presenta rota en la cronología, rota en su contenido, rotos los protagonistas.

Ni un ápice de tranquilidad cuando las imágenes solo plantean la vida de Dean (Ryan Gosling) y Cindy (Michelle Williams), con una hija y un cachorro como voluntades más vertiginosas. Acostumbrados al prodigio del cine, que esconde las pausas, las actividades menos decorosas, más rutinarias, más reales, menos cinematográficas, la cinta de Derek Cianfrance encumbra el “no pasa nada” de una vida en 35 milímetros llenos de palabras vacías, minutos irrelevantes donde todo ocurre. Desde los primeros vistazos a ese chico/chica que nos persigue en nuestros sueños cuando más abiertos tenemos los ojos, hasta esa invisibilidad que otorga el demasiado tiempo sin nada que decirnos.

Acostumbrados a los finales más o menos felices, a esas vidas que tanto nos atraen en la gran pantalla, Gosling y Williams nos retratan a nosotros mismos, los que creíamos en ese tipo de amor, pero acabamos consumidos por los miedos de no haber llegado a ser ni la sombra de lo que quisimos. Lejos de deleitarnos como en otras ocasiones con la envidia de a quien no le ocurre nunca nada y ve en pantalla un mundo inalcanzable, Blue Valentine expresa con unas grandísimas actuaciones los tiempos muertos de aquellas grandes historias que pocas veces protagonizamos.

Trabajos rutinarios y mal pagados, sin motivación porque apenas queda tiempo para nada más, acaban por acercar al precipicio a los personajes. Tan cerca del “no puedo más” que la alegría se esfuma entre desayunos, broncas y “venga, esta vez sí”. Pero no, ni una habitación cutre de hotel puede con el amargor de descubrir que ya poco queda de aquellas luces que iluminaban los pasos hacia el futuro y que llegan las sombras amenazadoras de un pasado y un presente que difumina los caracteres.

No, no es una película de sábado por la tarde y palomitas, pero escenifica tan bien la realidad que tiene el poder de decirle al espectador “ten cuidado si te pareces demasiado a estos dos”.

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