Mi catedral

Día 1. Tiene un dios, una religión y el ambiente se recarga con la devoción de sus fieles. Ahora también la mía. El sol ilumina mi camino hacia su entrada, desde la que siento ya el misticismo que la envuelve. Pisar sus pasillos, embriagarme de su colorido, sentir la pasión con la que cada año se hace más poderosa. Dentro de los fieles que la recorren, tengo en mi mano un cetro que me otorga el poder de recorrerla por completo, hasta desentrañar sus rituales, sus recovecos, sus secretos. No tendré mucho tiempo para ello, pero tengo que sacarlo de donde sea. No voy a dormir mucho. No me va a dejar. No voy a querer. No puedo irme de aquí sin recoger toda su energía.

Día 2. Hoy sí es ella, enmarcada en una cortina gris que me empapa de leyenda. Las paredes que rozan mis dedos tienen el rostro de los sueños, los triunfos, las lágrimas, el poder de quienes una vez se hicieron dioses entre sus acogedores brazos. La humedad me lleva hacia atrás. Las flores se destiñen y desprenden el olor de aquella habitación de juegos cerrada durante todo el invierno que se abría a mi alegría en los veranos de mi infancia en Agüero. La humedad me lleva hacia delante. La hierba desliza mis zapatillas hacia lo que podré ser porque aquí me estoy haciendo más fuerte, más sabia, mejor. La humedad se cala en mis huesos y no quiero que se vaya nunca. Hasta mi primer estornudo es distinto. Y solo hay uno a pesar de que la lluvia multiplica la alergia. Será su misticismo, que te protege de las banalidades de los mortales. Será la compañía, será el catalán del que voy aprendiendo trucos para desenvolverme en la vida personal y profesional, será la visión de algo que solo soñaba y que ahora toco y saboreo porque tienen forma de fresas con nata.

Día 3. Me falta poco para irme, y aprovecho cualquier segundo de mi escaso tiempo para fijarme en los detalles. Las fotos no sirven. Es mi piel y mis sentidos los que trabajan a destajo para llenar la maleta de experiencias, olores, visiones, sonidos que solo aquí podré sentir. No me puedo ir sin ver el retablo en el que uno de su dioses, el mío al menos, demuestra su deidad. Como un fiel más, me postro en sus sencillos asientos para contemplar lo tantas veces imaginado. Estoy aquí y es real. No cabe en una foto, ni en mil. Soy yo, aquí, con él. Tachar de la lista de la vida una de las empresas que más difícil creí hacer realidad. Estoy aquí. Y el tiempo se detiene. No estoy, soy aquí.

Día 4. Es el sol el que hoy destiñe su realidad. Se me va escurriendo entre los ojos mientras mis dedos atrapan sus últimos rayos. En el camino de regreso, mi sonrisa se agranda. He estado, lo he vivido, lo he sentido. Y no miro atrás. Solo hacia delante. Siempre hacia delante. Su magia sigue conmigo. Quizá volvamos a vernos. Quizá no. No importa. El sueño ya no lo es. Ya soy parte de él.

 

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Boyhood

A Boyhood se llega en bicicleta, en coche clásico, en monovolumen familiar o furgoneta alquilada. Con la vida resuelta en cuatro cajas en el maletero y los deshechos desperdigados en el jardín del olvido. Allí se queda la infancia, que no sabemos que existe hasta que se consume en la última vela, y la adolescencia, que nos hace fruncir el ceño cuando alguien habla de preservativos.

De Boyhood se sale por obligación, escupido hacia delante cuando todavía no sabes ni quién has sido ni quién eres ni mucho menos quién serás. Ni te importa. No es un lienzo en blanco, es un callejón oscuro con trampas, del que sientes que no puedes salir porque te faltan caídas para ser más fuerte y conocimientos de todo lo que desconoces para ser más alto.

En Boyhood encuentras las sensaciones, los sentimientos, las peleas, las caricias. Es un estado mental, fugaz, etéreo como son las cosas importantes de la vida, las que se aprietan tan fuerte que se escurren de tanto quererlas, como un puñado de arena antes de que el agua la convierta en huellas.

Boyhood circula por una autopista que se alimenta de bifurcaciones, de señales de Stop y de cambios de sentido, aunque cuando entramos en él es otra persona la que sale al otro lado de la rotonda.

Boyhood son las marcas de lápiz en el quicio de la puerta, el espejo sostenido en el tiempo, la nada entre el todo.

Boyhood es mi infancia, mi adolescencia, mi juventud.

Boyhood soy yo
Boyhood soy yo

 

De excursión con Leonardo da Vinci y Sócrates

No hubo paso sin palabra ni frase de apariencia inocua que no escondiera una enseñanza detrás. No se salvaron ni un comentario de refilón sobre China en 1985 «cuando todavía iban en pijama» ni los badenes de la carretera «que en Suramérica se llaman ‘policías tumbados’». Historia, geografía, filosofía, música, geología, escalada, biología, astronomía… todo era una excusa para enriquecer la excursión. Así, sin proponérselo siquiera, como el que comenta la jugada de un partido de fútbol porque ahí sí que todo el mundo sabe de todo. Pero de todo de verdad sabe él. «Es una Enciclopedia», comentó Sócrates, preguntando, absorbiendo, mostrando ese engañoso aura de parecer que no sabe nada.

Desde las Ciencias al Arte, «un hombre del Renacimiento» que alimentaba mis conocimientos en cada frase. Y aumentaba mi pequeñez, física e intelectual, que para todo tengo. Abrí los ojos, los oídos, la mente. Trataba de que no se me escapara ningún descubrimiento, ninguna lección, ningún apunte. Los fui guardando como pude en los bolsillos del pantalón y la chaqueta hasta que rebosaron, y cuando la mochila ya estaba a punto de explotar, los fui enredando en el pelo, clavando en las retinas, pegando a la piel.

Descubrí nombres de lugares que más me sonaban a Julio Verne que a realidad. Me regalaron montes, riscos, leyendas, costumbres, atajos, conglomerados rocosos. El Cancho de los Muertos, el Yelmo, el Sirio «porque está orientado a la constelación Sirio» o el Pájaro «donde se le bajan los humos a más de uno».  Aprendí a equilibrarme, a buscar los resquicios de una roca por la que subir o bajar, a perderme y volverme a encontrar.

Solo después de muchas lecciones supe que, además, Leonardo da Vinci era músico, su «único trabajo de verdad». Y me apunté que la motivación solo sirve para las cosas que me gustan, que es la voluntad la que hay que entrenar para conseguir los objetivos. Y alcancé a vislumbrar cuál podría ser mi meta en la vida. Y comprobé por primera vez que una tortilla de patata de compra sabe incluso bien si te acompañan un río y muchas risas. Y, como en los cuentos que me inventaba en la infancia, mis ojos no encontraron límites a la sapiencia.

¿Para cuándo la próxima, Maestros?

A sus pies
A sus pies