De excursión con Leonardo da Vinci y Sócrates

No hubo paso sin palabra ni frase de apariencia inocua que no escondiera una enseñanza detrás. No se salvaron ni un comentario de refilón sobre China en 1985 «cuando todavía iban en pijama» ni los badenes de la carretera «que en Suramérica se llaman ‘policías tumbados’». Historia, geografía, filosofía, música, geología, escalada, biología, astronomía… todo era una excusa para enriquecer la excursión. Así, sin proponérselo siquiera, como el que comenta la jugada de un partido de fútbol porque ahí sí que todo el mundo sabe de todo. Pero de todo de verdad sabe él. «Es una Enciclopedia», comentó Sócrates, preguntando, absorbiendo, mostrando ese engañoso aura de parecer que no sabe nada.

Desde las Ciencias al Arte, «un hombre del Renacimiento» que alimentaba mis conocimientos en cada frase. Y aumentaba mi pequeñez, física e intelectual, que para todo tengo. Abrí los ojos, los oídos, la mente. Trataba de que no se me escapara ningún descubrimiento, ninguna lección, ningún apunte. Los fui guardando como pude en los bolsillos del pantalón y la chaqueta hasta que rebosaron, y cuando la mochila ya estaba a punto de explotar, los fui enredando en el pelo, clavando en las retinas, pegando a la piel.

Descubrí nombres de lugares que más me sonaban a Julio Verne que a realidad. Me regalaron montes, riscos, leyendas, costumbres, atajos, conglomerados rocosos. El Cancho de los Muertos, el Yelmo, el Sirio «porque está orientado a la constelación Sirio» o el Pájaro «donde se le bajan los humos a más de uno».  Aprendí a equilibrarme, a buscar los resquicios de una roca por la que subir o bajar, a perderme y volverme a encontrar.

Solo después de muchas lecciones supe que, además, Leonardo da Vinci era músico, su «único trabajo de verdad». Y me apunté que la motivación solo sirve para las cosas que me gustan, que es la voluntad la que hay que entrenar para conseguir los objetivos. Y alcancé a vislumbrar cuál podría ser mi meta en la vida. Y comprobé por primera vez que una tortilla de patata de compra sabe incluso bien si te acompañan un río y muchas risas. Y, como en los cuentos que me inventaba en la infancia, mis ojos no encontraron límites a la sapiencia.

¿Para cuándo la próxima, Maestros?

A sus pies
A sus pies
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