Spotlight

Recuperé la tentación del cine. Tentación que me llama y que he tenido que aprender a alejar por obligación. Y duele. Regresé, como digo, a la tentación del cine, de las buenas historias en 35 mm, aunque el anuncio de Discine haya aniquilado todo el glamur de Movierecord y las antiguas bobinas ahora se despachen en un USB, tan simple, tan frío. Adiós Toto.

Se me pasó en cuanto se apagaron las luces y las voces. Sin anuncios, Thomas McCarthy me enredó en su propia ilusión «basada en hechos reales». Un título del que recelo siempre. Primera muestra: Escena 1, interior, día: en la redacción del Boston Globe, los periodistas reunidos en corro despiden a un compañero. Se jubila. Esas rara avis que tanto escasean en nuestro presente real. Jubilado. Da la sensación de que dentro de poco esta palabra perderá tanto sentido como cuando repites zapato una y otra vez. Jubilado. Jubilado. Jubilado. Recibe el discurso de sus jefes, el cariño, el aplauso, el reconocimiento de todos. «Hechos reales»… el aterrizaje de Matt Damon en Marte (The Martian) me lo tragué con más facilidad que esa primera escena.

Pero traté de inmiscuirme en esa miniredacción llamada Spotlight, ese grupo ultrasecreto que trabaja con sus tiempos, sus convencidos pasos, su confianza en el instinto, su calma para masticar los hechos, digerirlos y ofrecérselos a los lectores en una bandeja de plata. Mascullé entre dientes otro «hechos reales, fuck» mientras resoplaba y me cambiaba de posición en la butaca, señal inequívoca de que no me estaba sentando bien este inicio. Pero la magia del cine ejerce su influjo sobre mí sin que pueda ni quiera hacer nada por evitarlo y ya no volví a moverme. Thomas McCarthy, y las notas de Howard Shore, consiguieron meterme detrás de las gafas de Liev Schreiber y en los bolsillos de Mark Ruffalo, donde escondía siempre sus manos, sus nervios, su emoción por lo que estaba a punto de pergeñar. Y sí, poco a poco todos terminaron por convencerme de que debía recuperar algo de la confianza perdida en la profesión periodística. Es el cine, su magia, mi ilusión, mi inocencia. Toto.

Es Spotlight el camino tortuoso de este grupo de periodistas dispuestos a todo para desenmascarar el mezquino mundo de las «manzanas podridas» de la Iglesia Católica que abusan de la confianza de sus fieles para abusar después sus cuerpos, su integridad, su dignidad, su vida entera. Con convicción, -una de otra época-, y con el férreo amparo de los jefes sacado de otro mundo -«Bullshit», escupe Ruffalo a Keaton en un choque de discrepancias periodísticas-, Michael Rezendes, Sacha Pfeiffer, Matt Carroll y Walter «Robby» Robinson investigan durante meses la entramada red que defendía las barbaridades de los clérigos. Uno, trece, noventa… «manzanas podridas» que, valiéndose de su supuesta superioridad moral, física, económica y educacional, y con la ayuda de dios, humillaban a miles de niños, cómplices por obligación de sus vergüenzas. Víctimas estigmatizadas para siempre. Estigmas externalizados en las lágrimas y en los agujeros de los brazos. Picos de miedo, rabia, vergüenza, impotencia, culpa atascados en las venas. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Con Michael Keaton, John Slattery y Liev Schreiber como jefes, tan convincentes en su papel como anhelados en la realidad, Ruffalo, Rachel McAdams, y Brian d’Arcy atraviesan con firme cautela la intrincada telaraña de hipocresía, engaños y complicidades para rescatar de debajo de la alfombra los miles de abusos dentro de la Iglesia Católica. Cuatro pantallas como cuatro bofetones ocupan todas las localidades del mundo en las que se ha demostrado y documentado el acoso indiscriminado a menores. Curas que incluso lo reconocen sin pudor y se muestran víctimas del sistema. Verdugos que no encontraron castigo sino complicidad por parte de sus superiores y la otra mejilla de quienes mantenían bajo su yugo moral, físico, económico, educacional. Con la ayuda de dios.

El cine ejerce sobre mí el mayor de los influjos. Y olvidé los recelos del «basado en hechos reales», al menos, durante los 120 minutos de metraje en los que la oscuridad produce sueños. Las investigaciones en los tribunales, las frustraciones personales, las búsquedas en las hemerotecas, las negociaciones con los abogados, las conversaciones con las víctimas, incluso las dudas en la propia redacción, con las discrepancias entre jefes y redactores, «bullshit». Un thriller con el espíritu de lucha y de rebeldía y emoción por el trabajo periodístico rescatados de otras épocas: Luna nueva, Primera plana, Todos los hombres del presidente… Meses de trabajo, horas robadas al sueño y a la familia que desembocan, gracias a las rotativas, en un reportaje dominical que convulsiona la pacífica, superficial e hipócrita cotidianidad de Boston. El periodismo cumple su función, a pesar y por encima de todo.

Todavía con la sonrisa de la reconciliación en la cara, resonando en mis oídos los cientos de llamadas que llegaban a la pequeña redacción de Spotlight, la salida del cine me frustró algo la ilusión. Siempre es un trauma para mí que se enciendan las luces y tener que chocar con la realidad a la que no me apetece volver después de una buena película. Pero un sonido en mi teléfono multiplicó mi rabia por salir de la magia de los 35 milímetros. Otra baja en la redacción. Otro despido. Otra bofetada. Sin jubilaciones, sin aplausos, sin discursos cariñosos.

«Bullshit», grité para mis adentros. Pero no soy Mark Ruffalo, y esto no es el Boston Globe. ¿Basado en hechos reales? No, Spotlight es ciencia ficción. Esto es la vida real; y el periodismo, cada día más un milagro. Un acto de fe.

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