Mi capa de superhéroe

Salir de mi zona de confort. Ese es el objetivo que me marco cada año. Aunque siempre me imagino un lugar más allá del confort, mis pasos no siempre responden. Salen de esa zona, aunque con múltiples destinos que no siempre corresponden con la idea original. Quizá todos esos intentos desperdigados me permitan, poco a poco, darme cuenta de que puedo dar el paso definitivo. Afrontar el abismo… y caer al otro lado, sin demasiados rasguños.

Salir de mi zona de confort. Superar mis límites físicos para comprobar que también puedo ir más allá de los mentales. Agrandar la mente lo suficiente para mirar a los ojos a la persona que soy y que me espera al otro lado del miedo. Cuando estoy allí… merece la pena el esfuerzo, aunque sea por un segundo, para descubrir que guardo un disfraz de superhéroe entre la piel y la conciencia. Y el sentido común.

Salir de mi zona de confort. Un duatlón. Cross. Con Fújur, una bicicleta que ya ha cumplido la mayoría de edad y ha pasado la infancia en las rugosidades de mi inconsciencia adolescente y las cuestas de un pueblo del Pirineo.

Tenía razón M: “Estás como una puta regadera”. Solo esa inconsciencia adolescente que conservo me privó del miedo y quizá me llevó a ese éxito relativo, tan personal que casi da vergüenza. Terminar ese reto: cinco kilómetros de carrera a pie, quince en bicicleta y tres de nuevo a pie. Aunque los obstáculos logísticos comenzaran mucho antes: un metro, un autobús, más de media hora de miedos (otra vez ellos) por si Fújur resultaba herido en el camino, una escalera demasiado estrecha, diez minutos con Fújur entre pulpos y bacas.

Superados esos pequeños baches, M seguía teniendo razón: “Estás como una puta regadera”. A pesar de eso, salió el sol y llegamos al punto de salida. Ante lo desconocido, solo incertidumbre, no hubo miedo esta vez. Inconsciencia. Las piernas temblaban. Y no era frío.

El pitido y cinco kilómetros por delante, con piedras, ramas, cacas de vaca, tierra y yo. Hacia lo desconocido. Hacia los límites de mis propios miedos. Hacia una meta que parecía que nunca iba a llegar. “Pues luego, esto, en bici”, dijo alguien que me adelantaba mientras mis pulmones me chillaban ya que abriera la boca para respirar. Mis pies, ajenos a todo, seguían un camino entre la hierba y la tierra, bajo árboles y ramas, con compañeros que envalentonaban mis energías. Entre ánimos y reportajes gráficos superé la primera parte de la prueba. Llegó la bici, y casi no pude ni bajarla del agarre. Dejé la sudadera en contra del sentir de uno de los organizadores, mi desobediencia me hizo sonreír al principio, y aliviarme al final porque ya estamos casi en primavera y el sol ya no es de pega.

Fue duro enfrentarme a esas bajadas en las que temí que Fújur no aguantara más y me hiciera bajar del sillín con un empujón hacia la frustración de no haber superado el reto. Fue duro acometer las subidas que nunca se acababan, los requiebros de un camino que no tenía fin. Fue duro ver que en el límite de mis posibilidades, otras bicicletas me superaban con pasmosa facilidad. Fue duro decidir que jamás, ni con Fújur en sus mejores momentos, podría superar el río en el que casi todos se hundían hasta la mitad de la rueda. Me vi en medio, sin poder avanzar ni retroceder. Un cámara me dijo que sí que podía. El miedo me invitó a ir por un puentecillo. Saludé a una vaca que me miraba como diciendo: “Estás como una puta regadera”. Le di la razón, y sonreí. Fue duro comprobar que todavía no había llegado a la mitad y que había gente que ya emprendía los últimos tres kilómetros a pie. Fue durísimo entender que, a pesar de los aplausos que me llegaron en la última curva, quedaba otra vuelta, entera, al mismo circuito que casi no había podido superar.

Saber en qué punto me encontraba de fuerzas pareció aliviar un poco la carga. En ningún momento me planteé la posibilidad de abandonar. Como si en mi cerebro no entrara esa opción. Para mi sorpresa. Para mi propia desesperación cuando vi que casi pesaba más Fújur que la horrible cuesta que me separaba de la meta. Solo me planteé que pasaría una cosa: terminaría en último lugar. ¿Quedaría alguien al final de mi camino? Miraba hacia atrás y no había nadie. Por un momento, tampoco hacia delante encontré otro compañero al que alcanzar. Y entonces, “vamos, que puedes”, “venga, un poco más, que ya lo tienes”. Al miedo que me producían los gritos de “derecha”, “izquierda” que me orientaban de por dónde me iba a pasar la siguiente bicicleta, se unió una emocionante retahíla de ánimos de los que, como yo, afrontaban un duatlón como único objetivo del día. Alcancé a Adri, un chico de once años con una bici supersónica que me hizo volver a mi infancia. Con él me fui hacia la meta. Un “ánimo, chavales, que lo estáis haciendo fenomenal” me hizo encontrar las energías que necesitaba para enfocar el último tramo.

Volví a sonreír a cámara y a entrar en los últimos tres kilómetros a pie. Luego descubrí que eran dos y algo, pero me pareció un maratón. Un compañero que llevaba ya un tiempo descansando de la prueba me comentó que llevaba el casco puesto todavía cuando iniciaba la marcha. Ni eso me pesaba ya. Los gemelos gritaron, pero incluso agradecí a los pobres voluntarios el vaso de agua que me ofrecían. Tres kilómetros (bueno, dos y algo) más lejos estaba la meta. Tres kilómetros (bueno, dos y algo) más cerca, mi misión.

Después de otra cuesta infernal, escuché tan cerca el megáfono que me dio por subir la velocidad. Me frenó ver que todavía quedaba un requiebro que me desviaba del pabellón donde todo acabaría. Pero ya estaba tan cerca que mi cerebro ya no frenó en imaginar la entrada en meta, las últimas curvas, los tímidos aplausos, los ánimos de los que ya llevaban descansando un buen rato, mis incondicionales fans. Ni siquiera vi los números, pero sí noté mi sonrisa. A pesar de todo, no podía dejar de sonreír. Era yo, al otro lado del abismo. Uno pequeñito, físico, poco que ver con el que realmente me asusta. Pero quizá, de verme al otro lado de la meta, mi mente entre en razón, y pueda dar por fin ese salto. Y caer al otro lado, donde tan bien me sentí cuando recuperé la conciencia, y me vi, en el reflejo del cristal de un autobús, con mi capa de superhéroe.

Superhéroe

 

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