Ante todo no hagas daño

Era miércoles. Trabajé de mañana y me encontré con una tarde entera para mí. El sol de invierno empezaba a dejar de ser de mentira para empezar a calentar. Las cuatro. Me senté en mi butaca. Cogí el libro que ocupaba la primera posición de la columna de «pendientes». Una última adquisición regalo de mi amigo J. Lo abrí. Empecé a leerlo. Cuando me di cuenta eran las dos de la madrugada. Hacía horas que el sol que ya no es de mentira había desaparecido. Ni siquiera fui consciente de cuándo me levanté a encender la lámpara o de si había ido a hacer pis en algún momento. Eran las dos de la madrugada. Y no podía parar.

«Ante todo no hagas daño» me había fascinado desde la portada. Por el tema: la neurocirugía; por el autor: Henry Marsh, uno de los mejores neurocirujanos del planeta. Por esa foto del doctor mirándome con esa sonrisa solo intuida. Como si solo pasara por allí con todo lo que hace en su trabajo, con todo lo que es. Como si intentara averiguar, sin decírmelo directamente, qué pasaba por mi cerebro. A través de sus páginas, como si en vez de palabras utilizara un escalpelo, me hizo también aprender algo más de lo que ocurre en mi cabeza, el enigma más inescrutable del ser humano. Y de todo lo que me gustaría aprender.

Eran las dos de la madrugada cuando ya había engullido gran parte de su vida, que me reconcilió con la mía porque descubrí que el más experto de los neurocirujanos no fue médico hasta los 30, y sin haber pasado por una formación puramente científica. Aún tengo tiempo. A través de sus años, miles de operaciones en Inglaterra, en Ucrania. Miles de casos diferentes con cientos de patologías diferentes que utiliza para ilustrar los capítulos. Casos con nombres y apellidos, con vidas truncadas, planes imposibles, futuros frustrados. Por la naturaleza, la genética, la mala suerte o sus manos. Situaciones tremendas de las que Marsh no escatima detalles. Tampoco los más íntimos, como esas confesiones a uno mismo y sus conflictos morales de los que poca gente puede salir indemne: ¿es mejor operar sin saber el resultado o dejar morir?

Casi dieron las tres cuando pensé que debía irme a dormir. También, que quería, casi necesitaba seguir leyendo. Me quedaban solo un par de capítulos por descubrir y por subrayar. Opté por la primera opción. Guardarme unas pocas páginas para continuar al día siguiente. Quería alargar lo más posible mi conversación con Marsh. Él hablaba de sus operaciones, de sus triunfos y sus fracasos. Yo le interpelaba desde mi imaginación para ver si podría observar mis preguntas a través de la sofisticada tecnología que utilizaba para sus operaciones. No, me contestó desde sus páginas. Todo lo que hacemos es puramente químico: las mejores ideas del ser humano, y todas sus pasiones y emociones, se reducen a las interconexiones cerebrales, los bichitos azules de «Érase una vez la vida». ¿No es increíble? No pude dormir. Mi cabeza bullía con las lecciones de humildad y anatomía que me ofrecía el cirujano. Con los misterios que me proponía. Quería saber más sobre mi cerebro. Quería saberlo todo. Quería que Marsh me lo explicara.

Pero él no lo sabe todo. La persona que, posiblemente, más cerebros ha visto y sentido en sus propias manos en el mundo, confiesa ser un ignorante en cuanto a su funcionamiento [¡cuando alguien nos manipula directamente el cerebro, tendríamos que tener un segundo cerebro para sentir dolor!]. Aunque sí deja claro que sin el cerebro solo seríamos robots, Marsh antepone a la ciencia de su discurso la humanidad de su persona. Ese doctor que se da cuenta de su propio envejecimiento y prefiere no pensar en ello. Ese doctor que sufre, siente pena y rabia por sus pacientes, que debe convivir y malvivir con sus errores. Errores que no son que la página no llegue a tiempo a la imprenta, ni que las cuentas no salgan al final del día, ni que los tornillos salgan un poco defectuosos. No, sus errores son parálisis, cegueras, comas cerebrales, hemorragias insalvables. Sus errores son muertes. Cada día. Sin tiempo para autocompadecerse porque ya tiene otro paciente en la mesa de operaciones que ha puesto, además, las esperanzas de recuperación, las esperanzas de seguir viviendo un poco más, en sus manos.

Sin haber dormido más de un par de horas seguidas, me levanté con el cielo todavía rosa y abrí de nuevo el libro. Volví a leer el último capítulo de la noche anterior, y me embarqué en las últimas páginas. No podía parar. Marsh continuaba enseñándome algunos de sus casos más relevantes de su tremendo historial. Yo seguía sus explicaciones apuntando a cada momento lo que se me escapaba y consultaría más adelante. Sobre la anatomía humana, sobre la vida.

Más de trescientas páginas de emoción, tensión, dulzura, tristeza, alegría, soledad, lágrimas… De una vida tan real que se convertiría en ficción en manos de guionistas. De lecciones de humanismo, profesionalidad y humildad. Más de trescientas páginas en las que Marsh subraya que cuanta más confianza demuestra al paciente, más aterrado está él. Que los cirujanos no son dioses, como así los ven sus pacientes. Y en cambio, al enfrentarme con disgusto a la contraportada después de terminar de leer sus agradecimientos, pensé que sí era un dios. Humano, que yerra, que triunfa, que sufre, que enseña, que me ha fascinado. Y que va a trabajar en bicicleta.

Hacía años que no me encontraba un libro así. Hacía años que una lectura no me atrapaba tanto, me llenaba tanto, me absorbía tanto. Sin menospreciar a todos los libros que han pasado por mis manos en mi vida, sentí que no había experimentado tanta fascinación -esa es la palabra- desde «Las brujas». Lo leí catorce veces seguidas en un verano. Sí, las conté (y las marqué en una de sus páginas). Sí, tenía otros libros ese verano (que leí también). Ninguno me dejaba tal sensación de placer como el de Roald Dahl.

Hasta Henry Marsh. Voy por la tercera lectura. Sí, las voy marcando en una de sus páginas. La que habla de que cuando tienes un objetivo, la vida resulta más fácil. Escribir una carta a Marsh. Darle las gracias. Y estudiar el cerebro, o lo que se pueda de él. Ese es mi objetivo a corto, medio, largo plazo. No sé si mi vida ahora resulta más fácil, pero sí mucho más fascinante. Y voy en bicicleta.

PS: A la editorial, un aplauso enorme. Es uno de los poco libros que he leído en los últimos años con una excelente edición ortográfica, incluso evita el «leísmo admitido». Un libro perfecto, por fin. Gracias.Ante todo no hagas daño