Y la vida siguió

Le extendí la mano y me correspondió añadiendo dos besos. Su sonrisa parecía franca, sobre todo cuando le preguntaba por cómo quería mejorar, cómo podía aprender más. Volví en el tren recordando sus gestos, no sé por qué.

A la misma hora que su mano se desprendía de la mía, pero al día siguiente, me recorrió un mareo frío. Un calor insano se me coló en el cuerpo. Leí el comunicado y el cerebro y los pulmones se me bloquearon unos segundos. Creo que todavía no he reaccionado, pero la vida siguió, así, como si nada. Un poco más cruel que de costumbre cuando me enfrenté a sus palabras, sus risas enlatadas en mi grabadora.

No soy capaz de cuantificarlo, pero escuchar su voz, mezclada con la mía, es una de las cosas más difíciles que he hecho. Había mucho ruido, pero tengo buena memoria para las conversaciones, para los gestos en ellas. Una maldición. Con sus risas y sus respuestas también estaban el movimiento incesante de sus manos, su apretón inicial, sus dos besos finales, su ceño fruncido, sus ojos oscuros, sus balanceos, su momento para pensar… Y mi desafortunado “Te va a salir todo fenomenal este fin de semana”, que no está registrado porque corté antes, y todavía creo que duele un poco más así. Solo yo fui testigo. Un escalofrío de culpa que no se me va.

En mi absurdo intento por retener la vida me guardo las mejores entrevistas para volver a escuchar; borro las demás. Y no sé qué hacer con esta. Esta es otra cosa…

Imposible borrarla. Imposible volver a escucharla. Y está ahí, sin tocar, como si pudiera mantenerlo vivo de algún modo por tener su voz encerrada en una grabación.

Sin capacidad para pensar, todavía hoy, dibujé con letras y como pude nuestro breve encuentro. Tan absurdo me pareció en ese momento como ahora. Pero ahí quedó, un texto inclasificable porque nada tenía sentido. Como ahora.

Se me pasará porque el cerebro no está hecho para pensar en la muerte, pero ese “va a salir todo fenomenal”… joder, cómo duele.

Pienso en mis estúpidas frustraciones y mis absurdos problemas y me sacude otro latigazo de culpa.

Lo siento, Luis, no estuve a la altura.

No hubo tiempo para aterrizar en la realidad. La vida siguió, como si nada, al día siguiente, rumbo a París. A la misma hora que le daba la mano, el comunicado. A la misma hora que el comunicado, Garbiñe Muguruza ganaba Roland Garros. Con 48 horas de diferencia.

Lo siento, Garbiñe, no estuve a la altura.

Tan irreal, tan confuso y tan ficticio que apenas podía creerme una cosa ni la otra. Como si todo sucediera muy lejos aunque yo estuviera allí, tan cerca del uno y de la otra. Como si entre ellos no los separara absolutamente todo. Una vida.

Una vida que siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.