La reconquista

¿De qué va “la Reconquista”?, me pregunta un amigo. Y me quedo ahí pensando, sin contestarle. ¿De qué va? Dejamos de hablar de cine por un rato mientras pido otro zumo de tomate. Casi me lo he terminado cuando respondo, aunque ya la conversación deriva hacia la política y el fútbol: “Va de nosotros, de ti, de mí, del que está sentado aquí al lado. Aunque no nos haya pasado eso, o nunca nos pase, va de eso, de cada uno de nosotros”.

Así es como me sentí yo, al menos, cuando me bajé de la moto que conducía Olmo o cuando le pasaba el cuaderno a Manuela después de garabatear unas frases con el bolígrafo de colores. Porque en “La Reconquista” puedes ser cualquiera de los dos protagonistas, o incluso los dos a la vez. Tal es la realidad que desprenden en la película de Jonás Trueba.

Olmo y Manuela se reencuentran después de muchos años sin verse y poco queda de los que se descubrieron a sí mismos mientras descubrían al otro en su amor de instituto. No obstante, ambos atraviesan la noche pero también el tiempo, su pasado, su presente, su vida. Con el alba, descubren que queda, en realidad, mucho de aquellos dos muchachos que crecieron con los miedos y también las seguridades de quien se cree invencible porque todo está por descubrir y por hacer, porque todavía puede pensar en el futuro con frases como “Cuando tengamos treinta años…”.

Pero los treinta años llegan sin haber hecho demasiado caso a quienes pretendían ser cuando tenían quince. La vida, las circunstancias, las decisiones, obstaculizan con más o menos intención ese proyecto que se inició en ese cuaderno de cuadros grandes que se pasaban de pupitre a pupitre, y que, sin querer y sin saber cómo, desemboca en una vida ajena a aquellas letras inmortalizadas en una carta, en un diario, en una canción.

Itsaso Arana (Manuela) y Francesco Carril (Olmo) representan en pantalla los sueños incumplidos, o cumplidos solo a medias, de un invierno treintañero en el que se reencuentran consigo mismos mientras se reencuentran con el otro. Comparten silencios, cada vez menos incómodos, cervezas y güisquis sin saber por qué, castañas y conciertos -quizá demasiado largo- para romper sus treinta años y dejar salir sus quince en un baile improvisado y frenético. Como si con él, Olmo pudiera exorcizar los miedos, los compromisos y las convencionalidades a los que se ha visto abocado, como si con él, Manuela pudiera recuperar la seguridad perdida en una vida que no dejó escrita y tuvo que inventar sobre la marcha.

Candela Recio y Pablo Hoyos protagonizan la rebeldía incomprendida, los sentimientos de inmortalidad que otorga la adolescencia, la viveza del verano y la brillante luz que el sol se refleja en sus ojos. Tan abiertos al mundo, tan deseosos de recorrerlo entero porque la edad los convierte en superhéroes. Frescos y sin más heridas todavía que las de las rodillas por caerse en los columpios. Aunque entendiendo ya que puede que la vida sea algo más que llamadas por teléfono para no decirse nada.

Son estas demasiadas palabras para intentar describir una película que se ve con los ojos, los oídos, la piel. Pero lo que mis ojos, mis oídos y mi piel dicen no tienen que coincidir con lo que dicen los tuyos. Quizá sí que coincida con los del chaval de quince años que fuimos, el de treinta que somos y, muy posiblemente, el de ochenta que seremos. Eso, que trata de nosotros.

Cartel de La reconquista