Conciliar con los hijos de los demás

Tener hijos.

No quiero, por el momento. A lo mejor ni siquiera puedo.
Lo que sí sé, con toda claridad, es que no puedo porque no me dejan.
Mis compañeros de trabajo.

Sé que no es culpa suya. Sé que, en su situación, quizá haría lo mismo. O puede que no.
Porque una cosa es querer estar en el primer balbuceo de tu hijo; en el primer partido; en el último festival del cole; en su graduación de primaria, de secundaria, de universidad.
Y otra muy distinta que esa ausencia se supla con mi presencia. Porque sí. Porque yo no tengo hijos.

Tus hijos no son míos.

Tú has tenido hijos sin preguntarme a mí, pero yo te tengo que preguntar a ti si puedo irme a casa, quizá, a tener hijos. O a mirar cómo crece la grieta del salón.

Tus hijos son tus hijos. Son tu problema, cuando lo sean.
Nunca deben ser mi problema, ni cuando no lo sean para ti.

Si se pone enfermo y no tienes a nadie para cuidarlo es tu problema.
Y yo te podré ayudar. En lo que pueda. Cuando pueda.
Pero no como obligación.
Ni cuando abuses.

Es culpa de la empresa. Lo sé. Al menos en un cierto grado.
Por dejarte hacer lo que quieres. Y cargarme a mí con tu trabajo. Con tus hijos.
Por no dejarte hacer lo que quieres. Con tus hijos y con el trabajo.
Conciliar.

Pero yo también quiero conciliar.
Conmigo, con mi pareja, con mis amigos, con mi gato, con mi salud, con los árboles del parque.
Planes tan importantes como los que tienes tú con tus hijos.
No son comparables. No quiero que lo sean. Pero son igual de importantes.

Tu decisión de tenerlos es tan válida como la mía de no tenerlos.
Pero no me obligues a mí a no tenerlos para que tú puedas tener los tuyos.

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