Cita frustrada

Ella se fijó en él. En su distracción se golpeó en la cabeza de forma ridícula cuando pulsaba el botón para bajarse en la próxima parada. Él sonrió. Ella, a pesar de la rojez de sus mejillas, también. Él sacó un boli de la mochila y le garabateó en la mano su teléfono. Ella rodeó su cuello con la bufanda y saltó en el último instante a la acera. Se giró, quería verlo por última vez. El autobús arrancó y la bufanda, enganchada entre las dos puertas, le apretó la garganta como él le había apretado el corazón.

Derecha invertida

Enseñaba el revés paralelo a mi alumno más novato. Él en la línea de fondo, yo muy cerca de la red.
Y no la vi venir. Tan fuerte, tan directa, tan eufórica. Como su dueña.

Tan hacia mi garganta desprotegida, esa que ya no me sirve porque la derecha invertida de mi alumna más aventajada impactó de lleno en ella, cortándome la respiración y la vida.

Le enseñé bien. Entró.

Champán

Me tocó. Por no haberme terminado las uvas me tocó pringar para abrir el champán.

Aquello estaba duro de narices, pero el vino que regó la comida comenzó a hacer efecto y me envalentoné.

Pasó de ser un marrón a un ejercicio de amor propio.

Era el tapón o yo.

Tanto fue mi empeño que no me di cuenta de que el tapón cedía poco a poco hasta que fue demasiado tarde y no pude corregir la dirección.

La fuerza con la que salió aquel maldito trozo de corcho me pilló desprevenido.

También a mi ojo, que acabó hundido en mitad de mi cerebro.

Fue él.

Feliz Año Nuevo.

Lapicero bicolor

Salió de la tienda con el orgullo superando su metro diez de altura.
No dejaba de mirar su flamante lapicero nuevo. Rojo por un lado, azul por el otro.
Ya veía a sus amigos asomándose en su pupitre y admirando su estuche del que sobresaldría la punta roja. Ahora tan afilada que pinchaba.
Ya veía su cuaderno decorado con los títulos en rojo, las explicaciones en azul, con esa punta ahora tan afilada.

Tan cerca lo estudiaba y lo examinaba que su cara quedó a pocos centímetros del lapicero.

Con tanto deleite lo observaba con sus enormes ojos azules que no se percató de que su vecino lanzaba el balón para que lo recogiera al salto su cocker spaniel. Ágil como solo lo pueden ser  estos perros, saltó en busca de la pelota, y para ello, empujó la espalda del admirador del bicolor.

El golpe, tan certero como repentino, impulsó el pequeño cuerpo hacia el suelo.

Su mano, aferrada con fuerza al lapicero, no pudo girarse lo suficiente para caer con el bicolor plano.

Esa punta roja, que iba a decorar los títulos, ahora tan afilada, entró suave en el ojo.

Esa punta roja, ahora tan afilada y tan adentro, se volvió más intensa, mientras el cocker spaniel se relamía los bigotes que, como la pelota, se iba tiñendo del mismo color.

La fiesta de cumpleaños

“El salón lleno de globos para cuando se despierte”.
“Qué buena idea, vamos a hacerlo”.
Genial, pensé. Los globos, todavía muertos encima de la mesa nos esperaban.
Uno tras otro fueron cobrando vida.
Algunos perecieron en el intento, tanta vida que llevaban en su interior.
Era verde el siguiente que me tocaba.
Respiré hondo, cogí aire y se lo regalé.
Él, como muestra de generosidad, quiso devolvérmelo.
Mis pulmones no pudieron acoger todo el regalo.
Se hincharon demasiado.
Tanto, que explotaron.
“El salón lleno de globos cuando se despierte”.

Entre ellos, yo.

Día de lluvia

Lo vi llegar. Al principio indeciso, descolocado. Con furia y velocidad después. Cogió la directa, hacia mí, sin intención de girar ni virar en el último minuto.
Era elegante, grande, con ese gancho para colgar en cualquier parte, con ese apéndice tras la tela que temo siempre que atraiga a los rayos. Era negro, señorial, portentoso.
Atónito, no supe reaccionar.
Su dueño tampoco.
Una corriente de aire le había arrancado de su mano para dirigirse hacia mí.
No nos esquivamos.
Su apéndice de metal se incrustó en mi pecho.
Quedamos ahí, tendidos en el suelo, boca arriba los dos.
Él, grande, poderoso, negro, elegante, señorial, recogía agua impasible a la sangre que lo manchaba por el centro.

Mi sangre. En mi último aliento lúcido logré verme desde fuera.

Yo, que nunca tuve paraguas.

Amigo Héctor

Escuchó su nombre, de lejos.

Afinó el oído. Otra vez. Alguien le estaba llamando, ahora un poco más cerca.

Fijó su vista hacia donde indicaba la voz. Lo vio.

Héctor, su amigo.

En la escalera mecánica de bajada. Él subía.

Se asomó.

Saludó.

Error. Héctor, su amigo, no avisó.

El anuncio de colonias le seccionó el cuello.

Bueno, ya no necesita perfumarse.