Y la vida siguió

Le extendí la mano y me correspondió añadiendo dos besos. Su sonrisa parecía franca, sobre todo cuando le preguntaba por cómo quería mejorar, cómo podía aprender más. Volví en el tren recordando sus gestos, no sé por qué.

A la misma hora que su mano se desprendía de la mía, pero al día siguiente, me recorrió un mareo frío. Un calor insano se me coló en el cuerpo. Leí el comunicado y el cerebro y los pulmones se me bloquearon unos segundos. Creo que todavía no he reaccionado, pero la vida siguió, así, como si nada. Un poco más cruel que de costumbre cuando me enfrenté a sus palabras, sus risas enlatadas en mi grabadora.

No soy capaz de cuantificarlo, pero escuchar su voz, mezclada con la mía, es una de las cosas más difíciles que he hecho. Había mucho ruido, pero tengo buena memoria para las conversaciones, para los gestos en ellas. Una maldición. Con sus risas y sus respuestas también estaban el movimiento incesante de sus manos, su apretón inicial, sus dos besos finales, su ceño fruncido, sus ojos oscuros, sus balanceos, su momento para pensar… Y mi desafortunado “Te va a salir todo fenomenal este fin de semana”, que no está registrado porque corté antes, y todavía creo que duele un poco más así. Solo yo fui testigo. Un escalofrío de culpa que no se me va.

En mi absurdo intento por retener la vida me guardo las mejores entrevistas para volver a escuchar; borro las demás. Y no sé qué hacer con esta. Esta es otra cosa…

Imposible borrarla. Imposible volver a escucharla. Y está ahí, sin tocar, como si pudiera mantenerlo vivo de algún modo por tener su voz encerrada en una grabación.

Sin capacidad para pensar, todavía hoy, dibujé con letras y como pude nuestro breve encuentro. Tan absurdo me pareció en ese momento como ahora. Pero ahí quedó, un texto inclasificable porque nada tenía sentido. Como ahora.

Se me pasará porque el cerebro no está hecho para pensar en la muerte, pero ese “va a salir todo fenomenal”… joder, cómo duele.

Pienso en mis estúpidas frustraciones y mis absurdos problemas y me sacude otro latigazo de culpa.

Lo siento, Luis, no estuve a la altura.

No hubo tiempo para aterrizar en la realidad. La vida siguió, como si nada, al día siguiente, rumbo a París. A la misma hora que le daba la mano, el comunicado. A la misma hora que el comunicado, Garbiñe Muguruza ganaba Roland Garros. Con 48 horas de diferencia.

Lo siento, Garbiñe, no estuve a la altura.

Tan irreal, tan confuso y tan ficticio que apenas podía creerme una cosa ni la otra. Como si todo sucediera muy lejos aunque yo estuviera allí, tan cerca del uno y de la otra. Como si entre ellos no los separara absolutamente todo. Una vida.

Una vida que siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

Donde una vez fuimos felices

En el fondo sé que te gustó, chipirón. Aunque ni siquiera tú te des cuenta. Quizá, algún día, mientras te comas con esa lentitud tuya el plátano de la merienda se te encienda en la cabeza una luz, naranja, y recuerdes lo grande que era la pista de tenis. Lo arriba que estabas, lo alta que estaba la música.

En el fondo. Porque ni siquiera dijiste más de seis palabras en el paseo que dimos entre partido y partido. Pero fueron seis palabras que me guardaré en la hucha de cosas imborrables: “Vamos a ver el partido ya”.

Ni siquiera yo me di cuenta de la ilusión que me hicieron esas palabras hasta que llegué a casa, todavía carcomiéndome la duda de si te había dado todas las herramientas necesarias para que disfrutaras ese día. “Vamos a ver el partido ya”.

Viste la final de las chicas: Simona Halep-Dominika Cibulkova, casi sin levantarte de la silla. El baile entre juego y juego te animó, y solo el pis te obligó a perderte cómo le daban la copa a Halep.

Y quisiste regresar corriendo a tu asiento cuando supiste que iba a empezar Novak Djokovic-Kei Nishikori.

“Vamos a ver el partido ya”.

Seis palabras. Mis dudas difuminadas en la sonrisa que se me quedó en la cara ya de noche, repasando tu día y el mío. Seis palabras. Y me hiciste feliz.

A ti, R. Sé que te gustó. Que aquel que iba al Príncipe Felipe a ver a Yevgeny Kafelnikov y a Carlos Moyá es el mismo tipo que disfrutó haciéndose la primera foto ya en la entrada, o con la raqueta gigante en la mano. O en el stand de la radio. Viendo tenis otra vez. Donde una vez fuimos felices, creamos recuerdos nuevos para volverlo a ser ayer. Gracias.

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Ante todo no hagas daño

Era miércoles. Trabajé de mañana y me encontré con una tarde entera para mí. El sol de invierno empezaba a dejar de ser de mentira para empezar a calentar. Las cuatro. Me senté en mi butaca. Cogí el libro que ocupaba la primera posición de la columna de «pendientes». Una última adquisición regalo de mi amigo J. Lo abrí. Empecé a leerlo. Cuando me di cuenta eran las dos de la madrugada. Hacía horas que el sol que ya no es de mentira había desaparecido. Ni siquiera fui consciente de cuándo me levanté a encender la lámpara o de si había ido a hacer pis en algún momento. Eran las dos de la madrugada. Y no podía parar.

«Ante todo no hagas daño» me había fascinado desde la portada. Por el tema: la neurocirugía; por el autor: Henry Marsh, uno de los mejores neurocirujanos del planeta. Por esa foto del doctor mirándome con esa sonrisa solo intuida. Como si solo pasara por allí con todo lo que hace en su trabajo, con todo lo que es. Como si intentara averiguar, sin decírmelo directamente, qué pasaba por mi cerebro. A través de sus páginas, como si en vez de palabras utilizara un escalpelo, me hizo también aprender algo más de lo que ocurre en mi cabeza, el enigma más inescrutable del ser humano. Y de todo lo que me gustaría aprender.

Eran las dos de la madrugada cuando ya había engullido gran parte de su vida, que me reconcilió con la mía porque descubrí que el más experto de los neurocirujanos no fue médico hasta los 30, y sin haber pasado por una formación puramente científica. Aún tengo tiempo. A través de sus años, miles de operaciones en Inglaterra, en Ucrania. Miles de casos diferentes con cientos de patologías diferentes que utiliza para ilustrar los capítulos. Casos con nombres y apellidos, con vidas truncadas, planes imposibles, futuros frustrados. Por la naturaleza, la genética, la mala suerte o sus manos. Situaciones tremendas de las que Marsh no escatima detalles. Tampoco los más íntimos, como esas confesiones a uno mismo y sus conflictos morales de los que poca gente puede salir indemne: ¿es mejor operar sin saber el resultado o dejar morir?

Casi dieron las tres cuando pensé que debía irme a dormir. También, que quería, casi necesitaba seguir leyendo. Me quedaban solo un par de capítulos por descubrir y por subrayar. Opté por la primera opción. Guardarme unas pocas páginas para continuar al día siguiente. Quería alargar lo más posible mi conversación con Marsh. Él hablaba de sus operaciones, de sus triunfos y sus fracasos. Yo le interpelaba desde mi imaginación para ver si podría observar mis preguntas a través de la sofisticada tecnología que utilizaba para sus operaciones. No, me contestó desde sus páginas. Todo lo que hacemos es puramente químico: las mejores ideas del ser humano, y todas sus pasiones y emociones, se reducen a las interconexiones cerebrales, los bichitos azules de «Érase una vez la vida». ¿No es increíble? No pude dormir. Mi cabeza bullía con las lecciones de humildad y anatomía que me ofrecía el cirujano. Con los misterios que me proponía. Quería saber más sobre mi cerebro. Quería saberlo todo. Quería que Marsh me lo explicara.

Pero él no lo sabe todo. La persona que, posiblemente, más cerebros ha visto y sentido en sus propias manos en el mundo, confiesa ser un ignorante en cuanto a su funcionamiento [¡cuando alguien nos manipula directamente el cerebro, tendríamos que tener un segundo cerebro para sentir dolor!]. Aunque sí deja claro que sin el cerebro solo seríamos robots, Marsh antepone a la ciencia de su discurso la humanidad de su persona. Ese doctor que se da cuenta de su propio envejecimiento y prefiere no pensar en ello. Ese doctor que sufre, siente pena y rabia por sus pacientes, que debe convivir y malvivir con sus errores. Errores que no son que la página no llegue a tiempo a la imprenta, ni que las cuentas no salgan al final del día, ni que los tornillos salgan un poco defectuosos. No, sus errores son parálisis, cegueras, comas cerebrales, hemorragias insalvables. Sus errores son muertes. Cada día. Sin tiempo para autocompadecerse porque ya tiene otro paciente en la mesa de operaciones que ha puesto, además, las esperanzas de recuperación, las esperanzas de seguir viviendo un poco más, en sus manos.

Sin haber dormido más de un par de horas seguidas, me levanté con el cielo todavía rosa y abrí de nuevo el libro. Volví a leer el último capítulo de la noche anterior, y me embarqué en las últimas páginas. No podía parar. Marsh continuaba enseñándome algunos de sus casos más relevantes de su tremendo historial. Yo seguía sus explicaciones apuntando a cada momento lo que se me escapaba y consultaría más adelante. Sobre la anatomía humana, sobre la vida.

Más de trescientas páginas de emoción, tensión, dulzura, tristeza, alegría, soledad, lágrimas… De una vida tan real que se convertiría en ficción en manos de guionistas. De lecciones de humanismo, profesionalidad y humildad. Más de trescientas páginas en las que Marsh subraya que cuanta más confianza demuestra al paciente, más aterrado está él. Que los cirujanos no son dioses, como así los ven sus pacientes. Y en cambio, al enfrentarme con disgusto a la contraportada después de terminar de leer sus agradecimientos, pensé que sí era un dios. Humano, que yerra, que triunfa, que sufre, que enseña, que me ha fascinado. Y que va a trabajar en bicicleta.

Hacía años que no me encontraba un libro así. Hacía años que una lectura no me atrapaba tanto, me llenaba tanto, me absorbía tanto. Sin menospreciar a todos los libros que han pasado por mis manos en mi vida, sentí que no había experimentado tanta fascinación -esa es la palabra- desde «Las brujas». Lo leí catorce veces seguidas en un verano. Sí, las conté (y las marqué en una de sus páginas). Sí, tenía otros libros ese verano (que leí también). Ninguno me dejaba tal sensación de placer como el de Roald Dahl.

Hasta Henry Marsh. Voy por la tercera lectura. Sí, las voy marcando en una de sus páginas. La que habla de que cuando tienes un objetivo, la vida resulta más fácil. Escribir una carta a Marsh. Darle las gracias. Y estudiar el cerebro, o lo que se pueda de él. Ese es mi objetivo a corto, medio, largo plazo. No sé si mi vida ahora resulta más fácil, pero sí mucho más fascinante. Y voy en bicicleta.

PS: A la editorial, un aplauso enorme. Es uno de los poco libros que he leído en los últimos años con una excelente edición ortográfica, incluso evita el «leísmo admitido». Un libro perfecto, por fin. Gracias.Ante todo no hagas daño

 

Mi capa de superhéroe

Salir de mi zona de confort. Ese es el objetivo que me marco cada año. Aunque siempre me imagino un lugar más allá del confort, mis pasos no siempre responden. Salen de esa zona, aunque con múltiples destinos que no siempre corresponden con la idea original. Quizá todos esos intentos desperdigados me permitan, poco a poco, darme cuenta de que puedo dar el paso definitivo. Afrontar el abismo… y caer al otro lado, sin demasiados rasguños.

Salir de mi zona de confort. Superar mis límites físicos para comprobar que también puedo ir más allá de los mentales. Agrandar la mente lo suficiente para mirar a los ojos a la persona que soy y que me espera al otro lado del miedo. Cuando estoy allí… merece la pena el esfuerzo, aunque sea por un segundo, para descubrir que guardo un disfraz de superhéroe entre la piel y la conciencia. Y el sentido común.

Salir de mi zona de confort. Un duatlón. Cross. Con Fújur, una bicicleta que ya ha cumplido la mayoría de edad y ha pasado la infancia en las rugosidades de mi inconsciencia adolescente y las cuestas de un pueblo del Pirineo.

Tenía razón M: “Estás como una puta regadera”. Solo esa inconsciencia adolescente que conservo me privó del miedo y quizá me llevó a ese éxito relativo, tan personal que casi da vergüenza. Terminar ese reto: cinco kilómetros de carrera a pie, quince en bicicleta y tres de nuevo a pie. Aunque los obstáculos logísticos comenzaran mucho antes: un metro, un autobús, más de media hora de miedos (otra vez ellos) por si Fújur resultaba herido en el camino, una escalera demasiado estrecha, diez minutos con Fújur entre pulpos y bacas.

Superados esos pequeños baches, M seguía teniendo razón: “Estás como una puta regadera”. A pesar de eso, salió el sol y llegamos al punto de salida. Ante lo desconocido, solo incertidumbre, no hubo miedo esta vez. Inconsciencia. Las piernas temblaban. Y no era frío.

El pitido y cinco kilómetros por delante, con piedras, ramas, cacas de vaca, tierra y yo. Hacia lo desconocido. Hacia los límites de mis propios miedos. Hacia una meta que parecía que nunca iba a llegar. “Pues luego, esto, en bici”, dijo alguien que me adelantaba mientras mis pulmones me chillaban ya que abriera la boca para respirar. Mis pies, ajenos a todo, seguían un camino entre la hierba y la tierra, bajo árboles y ramas, con compañeros que envalentonaban mis energías. Entre ánimos y reportajes gráficos superé la primera parte de la prueba. Llegó la bici, y casi no pude ni bajarla del agarre. Dejé la sudadera en contra del sentir de uno de los organizadores, mi desobediencia me hizo sonreír al principio, y aliviarme al final porque ya estamos casi en primavera y el sol ya no es de pega.

Fue duro enfrentarme a esas bajadas en las que temí que Fújur no aguantara más y me hiciera bajar del sillín con un empujón hacia la frustración de no haber superado el reto. Fue duro acometer las subidas que nunca se acababan, los requiebros de un camino que no tenía fin. Fue duro ver que en el límite de mis posibilidades, otras bicicletas me superaban con pasmosa facilidad. Fue duro decidir que jamás, ni con Fújur en sus mejores momentos, podría superar el río en el que casi todos se hundían hasta la mitad de la rueda. Me vi en medio, sin poder avanzar ni retroceder. Un cámara me dijo que sí que podía. El miedo me invitó a ir por un puentecillo. Saludé a una vaca que me miraba como diciendo: “Estás como una puta regadera”. Le di la razón, y sonreí. Fue duro comprobar que todavía no había llegado a la mitad y que había gente que ya emprendía los últimos tres kilómetros a pie. Fue durísimo entender que, a pesar de los aplausos que me llegaron en la última curva, quedaba otra vuelta, entera, al mismo circuito que casi no había podido superar.

Saber en qué punto me encontraba de fuerzas pareció aliviar un poco la carga. En ningún momento me planteé la posibilidad de abandonar. Como si en mi cerebro no entrara esa opción. Para mi sorpresa. Para mi propia desesperación cuando vi que casi pesaba más Fújur que la horrible cuesta que me separaba de la meta. Solo me planteé que pasaría una cosa: terminaría en último lugar. ¿Quedaría alguien al final de mi camino? Miraba hacia atrás y no había nadie. Por un momento, tampoco hacia delante encontré otro compañero al que alcanzar. Y entonces, “vamos, que puedes”, “venga, un poco más, que ya lo tienes”. Al miedo que me producían los gritos de “derecha”, “izquierda” que me orientaban de por dónde me iba a pasar la siguiente bicicleta, se unió una emocionante retahíla de ánimos de los que, como yo, afrontaban un duatlón como único objetivo del día. Alcancé a Adri, un chico de once años con una bici supersónica que me hizo volver a mi infancia. Con él me fui hacia la meta. Un “ánimo, chavales, que lo estáis haciendo fenomenal” me hizo encontrar las energías que necesitaba para enfocar el último tramo.

Volví a sonreír a cámara y a entrar en los últimos tres kilómetros a pie. Luego descubrí que eran dos y algo, pero me pareció un maratón. Un compañero que llevaba ya un tiempo descansando de la prueba me comentó que llevaba el casco puesto todavía cuando iniciaba la marcha. Ni eso me pesaba ya. Los gemelos gritaron, pero incluso agradecí a los pobres voluntarios el vaso de agua que me ofrecían. Tres kilómetros (bueno, dos y algo) más lejos estaba la meta. Tres kilómetros (bueno, dos y algo) más cerca, mi misión.

Después de otra cuesta infernal, escuché tan cerca el megáfono que me dio por subir la velocidad. Me frenó ver que todavía quedaba un requiebro que me desviaba del pabellón donde todo acabaría. Pero ya estaba tan cerca que mi cerebro ya no frenó en imaginar la entrada en meta, las últimas curvas, los tímidos aplausos, los ánimos de los que ya llevaban descansando un buen rato, mis incondicionales fans. Ni siquiera vi los números, pero sí noté mi sonrisa. A pesar de todo, no podía dejar de sonreír. Era yo, al otro lado del abismo. Uno pequeñito, físico, poco que ver con el que realmente me asusta. Pero quizá, de verme al otro lado de la meta, mi mente entre en razón, y pueda dar por fin ese salto. Y caer al otro lado, donde tan bien me sentí cuando recuperé la conciencia, y me vi, en el reflejo del cristal de un autobús, con mi capa de superhéroe.

Superhéroe

 

Spotlight

Recuperé la tentación del cine. Tentación que me llama y que he tenido que aprender a alejar por obligación. Y duele. Regresé, como digo, a la tentación del cine, de las buenas historias en 35 mm, aunque el anuncio de Discine haya aniquilado todo el glamur de Movierecord y las antiguas bobinas ahora se despachen en un USB, tan simple, tan frío. Adiós Toto.

Se me pasó en cuanto se apagaron las luces y las voces. Sin anuncios, Thomas McCarthy me enredó en su propia ilusión «basada en hechos reales». Un título del que recelo siempre. Primera muestra: Escena 1, interior, día: en la redacción del Boston Globe, los periodistas reunidos en corro despiden a un compañero. Se jubila. Esas rara avis que tanto escasean en nuestro presente real. Jubilado. Da la sensación de que dentro de poco esta palabra perderá tanto sentido como cuando repites zapato una y otra vez. Jubilado. Jubilado. Jubilado. Recibe el discurso de sus jefes, el cariño, el aplauso, el reconocimiento de todos. «Hechos reales»… el aterrizaje de Matt Damon en Marte (The Martian) me lo tragué con más facilidad que esa primera escena.

Pero traté de inmiscuirme en esa miniredacción llamada Spotlight, ese grupo ultrasecreto que trabaja con sus tiempos, sus convencidos pasos, su confianza en el instinto, su calma para masticar los hechos, digerirlos y ofrecérselos a los lectores en una bandeja de plata. Mascullé entre dientes otro «hechos reales, fuck» mientras resoplaba y me cambiaba de posición en la butaca, señal inequívoca de que no me estaba sentando bien este inicio. Pero la magia del cine ejerce su influjo sobre mí sin que pueda ni quiera hacer nada por evitarlo y ya no volví a moverme. Thomas McCarthy, y las notas de Howard Shore, consiguieron meterme detrás de las gafas de Liev Schreiber y en los bolsillos de Mark Ruffalo, donde escondía siempre sus manos, sus nervios, su emoción por lo que estaba a punto de pergeñar. Y sí, poco a poco todos terminaron por convencerme de que debía recuperar algo de la confianza perdida en la profesión periodística. Es el cine, su magia, mi ilusión, mi inocencia. Toto.

Es Spotlight el camino tortuoso de este grupo de periodistas dispuestos a todo para desenmascarar el mezquino mundo de las «manzanas podridas» de la Iglesia Católica que abusan de la confianza de sus fieles para abusar después sus cuerpos, su integridad, su dignidad, su vida entera. Con convicción, -una de otra época-, y con el férreo amparo de los jefes sacado de otro mundo -«Bullshit», escupe Ruffalo a Keaton en un choque de discrepancias periodísticas-, Michael Rezendes, Sacha Pfeiffer, Matt Carroll y Walter «Robby» Robinson investigan durante meses la entramada red que defendía las barbaridades de los clérigos. Uno, trece, noventa… «manzanas podridas» que, valiéndose de su supuesta superioridad moral, física, económica y educacional, y con la ayuda de dios, humillaban a miles de niños, cómplices por obligación de sus vergüenzas. Víctimas estigmatizadas para siempre. Estigmas externalizados en las lágrimas y en los agujeros de los brazos. Picos de miedo, rabia, vergüenza, impotencia, culpa atascados en las venas. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Con Michael Keaton, John Slattery y Liev Schreiber como jefes, tan convincentes en su papel como anhelados en la realidad, Ruffalo, Rachel McAdams, y Brian d’Arcy atraviesan con firme cautela la intrincada telaraña de hipocresía, engaños y complicidades para rescatar de debajo de la alfombra los miles de abusos dentro de la Iglesia Católica. Cuatro pantallas como cuatro bofetones ocupan todas las localidades del mundo en las que se ha demostrado y documentado el acoso indiscriminado a menores. Curas que incluso lo reconocen sin pudor y se muestran víctimas del sistema. Verdugos que no encontraron castigo sino complicidad por parte de sus superiores y la otra mejilla de quienes mantenían bajo su yugo moral, físico, económico, educacional. Con la ayuda de dios.

El cine ejerce sobre mí el mayor de los influjos. Y olvidé los recelos del «basado en hechos reales», al menos, durante los 120 minutos de metraje en los que la oscuridad produce sueños. Las investigaciones en los tribunales, las frustraciones personales, las búsquedas en las hemerotecas, las negociaciones con los abogados, las conversaciones con las víctimas, incluso las dudas en la propia redacción, con las discrepancias entre jefes y redactores, «bullshit». Un thriller con el espíritu de lucha y de rebeldía y emoción por el trabajo periodístico rescatados de otras épocas: Luna nueva, Primera plana, Todos los hombres del presidente… Meses de trabajo, horas robadas al sueño y a la familia que desembocan, gracias a las rotativas, en un reportaje dominical que convulsiona la pacífica, superficial e hipócrita cotidianidad de Boston. El periodismo cumple su función, a pesar y por encima de todo.

Todavía con la sonrisa de la reconciliación en la cara, resonando en mis oídos los cientos de llamadas que llegaban a la pequeña redacción de Spotlight, la salida del cine me frustró algo la ilusión. Siempre es un trauma para mí que se enciendan las luces y tener que chocar con la realidad a la que no me apetece volver después de una buena película. Pero un sonido en mi teléfono multiplicó mi rabia por salir de la magia de los 35 milímetros. Otra baja en la redacción. Otro despido. Otra bofetada. Sin jubilaciones, sin aplausos, sin discursos cariñosos.

«Bullshit», grité para mis adentros. Pero no soy Mark Ruffalo, y esto no es el Boston Globe. ¿Basado en hechos reales? No, Spotlight es ciencia ficción. Esto es la vida real; y el periodismo, cada día más un milagro. Un acto de fe.

Spotlight

Entre la fila 4 y la 5

Darle a aceptar y que la máquina escupiera los papelitos fue el primero de los síntomas. Algo bueno pasaba en mi cabeza, en mi cara, en mi estómago. Comprobar que eran correctas, uno más. Guardarlas en el mejor bolsillo de la chaqueta, protegiéndolos del viento, la lluvia y los despistes hicieron que comenzara a respirar con dificultad. Pero para bien, esos momentos de tensión buena que hacen que cortes sin querer la bocanada de aire, como cuando estás desenvolviendo un regalo, o abres un mensaje importante o cuando esperas que todavía quede algo de nocilla en el bote después de que tu hermano se haya adelantado. Así guardé yo los papelitos. Con qué cosa tan tonta, pensé, puedo hacer que un día fantástico se convierta en uno todavía mejor. Un sábado en mitad de la semana, con lluvia y frío que se calentó en el instante en el que comprobé, por decimocuarta vez, que los papelitos seguían en mi bolsillo.

Reconozco que se me hizo un poco largo el tiempo que pasó desde que la máquina escupió los papelitos hasta que los pude usar. Quise comerme el perrito caliente de un solo bocado para que el tiempo fuera más rápido, pero el reloj no me hizo ni caso, así que opté por comerme también todas las patatas.

Ni siquiera noté la lluvia mientras ya nos dirigíamos a utilizar los papelitos. Mi chaqueta, mis gafas y mi pelo un poco más, pero nada que no solucionara un secador de manos. Tan nerviosa me puse que noté que mi voz no era mi voz cuando saqué los papelitos del bolsillo, comprobé que estaban ilesos y se los entregué al señor de la puerta. «Aquí, tenga las entradas». «Ya», debió pensar el hombre de la puerta, a quien llamaremos Pedro, por aquello de que me hizo entrar en mi cielo.

Un cielo oscuro, acolchado, con olor a sal, a murmullos y a incertidumbre. Esa de la que hablaba antes, tan buena que se te escapa la sonrisa tonta y no la quieres disimular. Elegir los asientos en el cielo no es algo baladí. Y no utilizo la palabra «baladí» porque quiera ser más interesante. Es que la palabra «baladí» forma parte del ritual de entrar en el cielo. Pero esa es otra historia. La de hoy comenzó con esos papelitos, continuó eligiendo los asientos y siguió cuando las luces se apagaron.

Mientras ellas se apagaban, mis ojos se iluminaron. Comencé a respirar más rápido, incapaz de detener mi nerviosismo. Apagué el teléfono, se lo pedí internamente a todos los de la sala. No, señoras, no, señores, poner en silencio NO es apagar. El vibrador SUENA, ¿lo saben, verdad? Pues vayan aprendiendo. Cuando vayan al infierno se les quemará el teléfono, y ya veremos qué hacen entonces. grito

Y entonces, BUM. Esa música de Eurimages que se comió a Movierecord, pero que me produce en el estómago las mismas cosquillas que los Peta Zetas cuando me estallaban en la boca. Quizá hasta tengan el mismo sabor a felicidad, a regresar a la infancia y esperar a que me sorprendan con un truco de magia, con un regalo inesperado, con un sugus de cereza, con un lacasitos de los pequeños. Fue este el momento en el que descubrí que algo de mí pertenecía a este lugar. Volver al cine es volver a la felicidad. No es «Joy» quien me lleva a ella (buff, qué martirio sería eso. Lo siento, Pixar, esta vez no), soy yo volviendo a un espacio en el que todo puede pasar. En el que quiero que todo pase y que no se acabe nunca. En el que puedo sentir que vivo infinitas veces. En el que me siento más yo sin ser yo ningún protagonista. En el que me siento en paz con el mundo. En el que el mundo desaparece, yo desaparezco, y solo queda la magia, el sueño, la vida a 24 fotogramas por segundo. There is no place like London, dicen. There is no place like cinema, digo.

El truco puede ser una comedia, un drama, ciencia ficción o incluso Garci (bueno, de esto algo menos). Puede durar 80 minutos, 140 o 230. Puede tener un plano o millones. Puede ser mudo o un musical. Puede ser de aquí o de allá. Todo pasará en minutos por mis ojos y se quedará para siempre en mi cabeza. No tengo memoria, apenas recuerdo datos que debería saber, casi no recuerdo nada de lo que debería acordarme. Pero dame un fotograma y te diré al instante qué película es.

3, 2, 1. Silencio, que empieza una nueva vida para mí.

 

No, no les cuento qué vi. ¿Para qué? Eso es lo de menos.

Nunca me gustó la sensación de que la película se acabara. De salir de la sala y comprobar que ya no había, pongamos, daneses alrededor, o naves espaciales. o seres de otros planetas. O que ni siquiera es de noche como en la cinta. La claridad me produce tal bofetón que me empuja hacia dentro de nuevo. No salir al exterior, al mundo real si es que el cine no lo es incluso más durante esos 80, 140 o 230 minutos. Y como en los aeropuertos, nada más bajarme del avión ya quiero volver a subirme en otro. Uno cualquiera, que me lleve donde sea. Como en el cine. De inmediato compraría otra entrada. Una cualquiera, que me lleve donde sea, que me haga ser quien quiera. A mí enterradme sin miedo, a la izquierda, entre la fila cuatro y la cinco. No quiero perderme ningún estreno. Ninguna vida.