Lo que aprendí de cine

Una vez a la semana, o incluso tres.
Estudié algo parecido a «Cine», pero nada comparado con mis sesiones maratonianas de séptimo arte.

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Lo que aprendí de cine
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Nebraska

Es largo, pero esa noche parece infinito, inalcanzable el otro lado de ese pasillo que lo mismo sirve para hacerle un regate a tu madre para evitar entrar en la cocina que una carrera a tu hermano porque ha dejado la portería en forma de mesita de salón totalmente vacía. A veces de verde, otras de blanco, las paredes envuelven el misterio de las migajas de infancia que dejas a tu paso.
El quicio de la puerta que lo inicia, decorado horizontalmente de lápiz graduador de alturas, te indica la lentitud que se toma el tiempo para hacerte mayor, la rapidez que se toma el tiempo para hacerte mayor. La puerta que lo hace desaparecer es un velo de incertidumbre, cristal translúcido que transforma la irrealidad en deseos, anhelos, ojalás y porfavores, porfavores, porfavores con puños apretados que esconden dedos cruzados.
Son las seis de la mañana. Muy temprano para la vida mundana, muy tarde para tus desvelos, ocultos debajo de la cama desde que el camión de la basura que cierra el desfile te golpeara un año más en el estómago para recordarte que los Reyes Magos habían pasado ya en sus carrozas, para recordarte que cada vez faltaba menos para que hicieran realidad unos sueños que los tres construían en tu mente, sin tú saberlo.
Los pasos, sigilosos como los de un gato que nunca tendría -nunca he perdido la esperanza-, recorren la negrura blanquecina sin detenerse en las rendijas del parqué por cuya estrechez se cuelan goles, derrapes, lágrimas y sangre en las rodillas. La mirada al frente, la mente inquieta imaginando lo inimaginable, lo intangible, lo inaprensible. Un soplo de vértigo por la sorpresa, el si me gustará y el por supuesto. Son los Reyes.
El velo translúcido de la puerta distorsiona mi mirada. La penumbra que ofrece el otro lado de la pantalla borrosa desdibuja mi visión. Esas sombras en forma de deseos no estaban ayer cuando dejé el zapato, reluciente como no lo será hasta dentro de 365 días, en el rincón. Y el sueño que me cerraba los ojos cuando empecé a caminar hacia el otro lado del pasillo me despierta de golpe, me coge de la mano y me abre la puerta de par en par.

Estás tan cerca. Quiero creer que me has invitado. Un roce sutil con eco en el corazón, que bombea con prisas sin saber de dónde viene la urgencia. Una ligera presión que encoge el alma y enciende los sentidos. Un movimiento robado a la razón que envuelve un cielo azul primaveral y las fantasías que llueven con él. En la oscuridad del misterio, tus dedos han cobrado vida empujándome hacia ti. Creo saber lo que quiero. Tan cerca. Sin apartarte. Centímetros de incertidumbre, de pasión embadurnada de deseo, de deseo escondido en la timidez. Estás tan cerca. ¿Habrá un «no» al otro lado de esos labios? Quiero creer que me has invitado. ¿Y si hay un «sí» al otro lado de esos labios?

Esto es Nebraska.

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