Doha nunca tiene sueño (2)

Había mar al otro lado de la noche. Uno ingente, infinito, desproporcionado como la ciudad. Pero sin olor. Lo impiden los árboles de hierro y cristal que lo custodian.

Doha amanece envuelta en una neblina como de lugar irreal, artificioso.

Una mosca qatarí me dio la bienvenida tras un vuelo pausado que terminó en mi brazo. Dos pájaros qataríes me acompañaron durante un trayecto de mi viaje hacia el centro del cuento. Fueron los únicos habitantes de la ciudad que vi durante un camino de 20 minutos. Sin aceras, sin semáforos, sin atisbo de vida humana. Esta apenas se deja intuir a través de los cristales, de los hoteles y de los coches. Pantallas oscurecidas de vida con las que podías adivinar que sí, que hay humanos en esta ciudad que no tiene bosques, pero que los ha construido con ladrillos, bloques de hormigón y prisas por hacerse existir en el mundo.

Aquí no se camina, se conduce. Aquí no se baña uno en el mar, solo en las playas privadas de hoteles como el Hilton, pero ni siquiera, porque parece un adorno más en el diseño del edificio que un lugar donde refugiarse y sentirse vivo, en contacto con otros seres. Aquí se compra, en uno de los lugares marcados por los mapas como de obligada visita, un centro comercial a escala de la ciudad en el que no, tampoco venden alcohol.

No hay cielo en Doha si resides por el Corniche. Lo tapan las plantas 27, 28, 29 y 30 de los edificios que siguen creciendo mientras duermes, comes, bostezas. Hasta que llega la noche, que no es más que un día sin sol. Entonces el cielo se despliega ante tu propia pequeñez. Las estrellas le ganan a las piscinas en los áticos de los edificios. Surge la vida humana detrás de los cristales. Continúa la vida automática de los coches, las máquinas de perforar, las taladradoras. Y con ocho despegues en veinte minutos Doha te enseña que nunca tiene sueño. Vive en él.

Había mar detrás de la noche
Había mar detrás de la noche

 

Doha desproporcionada (1)

Seis horas y media hasta el destino, indicaba la pantalla de la que no podía apartar los ojos porque los cambios de presión nunca se me han dado muy bien. Seis horas y media para tirar miedos por la borda. ¿Y para qué más? ¿Qué se hace en seis horas y media en un avión? Tantas cosas que me dio pena que se terminara.

Todavía no había digerido el zumo del desayuno cuando oí otra vez el carrito. Una salsa de tomate con trocitos de pan y una bebida fría. Es lo que Mahmid me dejó en la bandejita. Ni siquiera me había dado tiempo a dar un vistazo rápido por el menú de las películas cuando Mahmid regresó con el segundo ágape de la tarde: bebida caliente, alcohol, zumo, agua, su sonrisa siempre al punto. Pocos segundos después de haber elegido ya mi sesión de cine y Mahmid, de nuevo, con la comida. Once de la mañana, pero es la una. ¿Cuándo hemos pasado el huso horario?

“Paneer Makhni Masala, it is very tasty”. Su sonrisa, ni demasiado hecha ni demasiado cruda, me hizo aceptar. No iba a tener muchas más oportunidades de probar este plato de arroz, guindillas verdes, queso, cebolla frita y salsa de tomate que acompañó a una ensalada de cuscus y garbanzos, un trocito de pan con mantequilla y queso, una mini tableta de chocolate, un zumo de tomate y un poco de agua de primavera envasada. Literal: “Natural spring water”. Y la sonrisa de Mahmid, crujiente, cuando regresó para retirar los desperdicios.

Una película, medio libro, conversaciones, planes, aterrizaje. Entonces descubrí cómo debería llamarse esta aventura: el viaje desproporcionado. El oso de peluche más grande del mundo me saludó como si nos conociéramos de toda la vida. En cuanto nos despedimos, una novia apareció de la nada como el gato de Alicia en el País de las Maravillas. Salvo que en lugar de sonrisa enigmática llevaba un velo más enigmático. Resaltando la blancura impecable de su vestido de manga larga, su rostro, oscurecido, velado, tenue, como a punto de desaparecer. Como así hizo. Puf.

Y de la nada, el mar.

El mar es lo primero que me recibió en Doha. Su aroma, su capacidad para hacerme ir a otros mundos. Cerré los ojos y lo vi, aunque tardaría unas horas en comprobar si nos habíamos juntado en el mismo sueño. Porque donde yo encontré su aroma, solo había oscuridad. Eran las seis de la tarde y el sol hacía rato que había desaparecido. Como la novia. Pero había dejado al mar como anfitrión.

El mar continuó acompañándome durante una hora de trayecto hacia la ciudad. Una ciudad de led, de luces, de neones. Una ciudad surgida de la nada, pero que lo había ocupado todo: la tierra, el mar, el cielo. Su perfil, cercano a cualquier película de Las Vegas, se quedó en mi retina. Asia a un lado, al otro, Europa, y allá a su frente, el artificio.

Un artificio de treinta plantas plantado junto a otros artificios más descomunales todavía. Desproporcionado. Como el traje de la niña que se sentó a mi lado. Niña en sus ojos, todo lo que vi de ella. Desproporcionado. Como el pantalón corto y la camiseta del niño que la acompañaba. Desproporcionado, como la habitación, el armario, la cama, lo servicial del servicio, mi cansancio.

Antes de cerrar los ojos, el mar. La intuición del mar, otra vez allí a mi vista. ¿Será mar o será un sueño de mar?

o solo un sueño de mar?
¿Será el mar?